Cuando el tamaño de los pechos no importaba

POR Carlos Suasnavas
El poeta romano Marcial ya había escrito acerca de los pechos perfectos, que “no debían desbordar el tamaño de la mano masculina”, y todos sabemos que en el sentido estético los romanos no dejaban nada al azar
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Los pechos grandes del tipo de Sofía Loren o de la bella Marilyn Monroe muy pocas veces fueron admirados a lo largo de la historia de la civilización occidental. Es lógico que los hombres actuales nos neguemos a creerlo, cuando hasta hace pocos años la obsesión por aumentarse el tamaño de los senos llegó al nivel de caricatura. Las conejitas de Playboy tipo Pamela Anderson, de cuerpos delgados pero con tallas de copa triple D, hubiesen sido consideradas una atracción de feria hace 200 años en la mayoría de países europeos o en los mismos Estados Unidos.

En primer lugar serían vistas demasiado flacas, con trasero de hombre y sus enormes pechos hubiesen recibido (con suerte) respeto maternal y no miradas libidinosas. Los pechos grandes se los asociaba o eran más usuales en las mujeres del campo, que cada año tenían un nuevo vástago bajo el brazo. Y es que contrariando la tendencia actual, no siempre fueron atractivos los pechos grandes.
El poeta romano Marcial ya había escrito acerca de los pechos perfectos, que “no debían desbordar el tamaño de la mano masculina”, y todos sabemos que en el sentido estético los romanos no dejaban nada al azar. Las mujeres de la antigua Roma utilizaban un corpiño llamado fascia pectoralis, una tela ligera a manera de ropa interior cuya única función era aplastar, oprimir los senos.
Agustín Cabanès fue un médico historiador francés del siglo XIX y detallaba: “Este dispositivo (la fascia) fue creado para atrofiar el crecimiento de los senos en las mujeres”, decía, “tal cual lo hicieron las mujeres chinas, que reducían el tamaño de sus pies, atrofiándolos con pequeños zapatos apretados”.
También en la antigua Grecia, durante la Edad de Oro de Aristóteles y Esquilo, los pechos femeninos igual pasaban desapercibidos como las orejas. Más bien era muy apreciado el derriere, a tal punto que había un templo dedicado a Afrodita Kallipygos, también conocida como “Afrodita del hermoso trasero”. De hecho hasta los dramaturgos griegos escribían consejos de belleza a las prostitutas recomendándoles oprimir, esconder sus grandes pechos y más bien preocuparse de las caderas.
“Al igual que nosotros, los griegos también detestaban los pechos voluminosos”, afirmó Cabanès en 1895; “los signos de la belleza fueron la elevación del derriere, la pequeñez de los senos y la regularidad de contorno”. Estos parámetros de belleza también fueron los que marcaron la Europa renacentista, que tuvo en el corsé su mejor herramienta para regular ese contorno.
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El corsé como prenda obligatoria era un suplicio despiadado. Dejaba los senos tan brutalmente aplastados que algunos textos médicos discutían la manera de curar los pezones invertidos, causado por el continuo uso de la prenda.
A diferencia de los brassieres actuales, el desafío de la moda siempre fue reducir al mínimo, subestimar, esconder, evitar llamar la atención de las miradas. Las fórmulas para la reducción y achique de las mamas fueron innumerables y muy solicitadas, por ejemplo, El Bastiment des receptes, un manual francés renacentista aconsejaba:
“Para lograr que los senos pequeños permanezcan de ese tamaño y para reducir los que son grandes, tomar las principales vísceras de una liebre (corazón, hígado, bazo, pulmones), picarlas y mezclarlas con una parte igual de miel. Aplicar en forma de cataplasma sobre los pechos y las zonas circundantes y renovar la aplicación en seco”.
Incluso si damos un breve vistazo al arte y la escultura a través de los tiempos veremos medidas que poco se asemejan a las de nuestras divas actuales, más bien todas se asemejan a las venus y afroditas griegas, que hoy en día serían consideradas más bien mujeres rellenitas y sin mucho tetámen.