Groucho Marx y T.S. Eliot: amigos de ocasión

POR Intelligent Life
Un día de 1961, Groucho recibió por correo una nota de Eliot pidiéndole una fotografía autografiada. Al recibirla, el poeta le dijo al comediante que su imagen colgaría en la pared al lado de otros amigos famosos como W.B. Yeats y Paul Valéry
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El segundo volumen de las cartas de T.S. Eliot fue publicado recientemente por la Yale University Press, con nuevos materiales y misivas inéditas. Este es un buen momento para reflexionar sobre la correspondencia más fascinante de Eliot. ¿Ezra Pound? Bueno, no. ¿James Joyce? Hmm, no. Paul Valéry, ¡tampoco! Me refiero a Groucho Marx. Y no, esto no es una broma. Las cartas entre T.S. Eliot y Julius Henry Marx figuran entre las epístolas más extrañas y deliciosas jamás creadas.

Por desgracia, el volumen nuevo sólo llega hasta 1922, así que no incluye esa notable correspondencia, que comenzó en 1961 y parece haber terminado en 1964, poco antes de la muerte de Eliot. Digo “parece” porque el conjunto completo de cartas nunca, que yo sepa, ha sido publicado. Un puñado de misivas aparece en Las cartas de Groucho, una selección publicada en 1965. En su biografía de Groucho, Stefan Kanfer cita extractos de cartas que no están en la selección, por lo que se puede suponer que al menos unos cuantos tesoros inéditos están ahí fuera, en alguna parte.
En este punto debo insertar una reflexión, algo relacionado con la línea “Dos personajes más improbables no podían haber sido ser concebidos”, etcétera. Y en la superficie, los dos hombres que sin duda son una pareja sorprendentemente extraña. Como Anthony Julius dice en su libro, T.S. Eliot, Anti-Semitism, and Literary Form, Eliot fue “capaz de colocar su antisemitismo al servicio de su arte. El antisemitismo suministró parte del material con que creó su poesía”. Y no sólo su poesía. En polémicas como After Strange Gods y The Idea of a Christian Society, Eliot elaboró su argumento de que los judíos no tenían lugar en la vida moderna.
Polos opuestos
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Entra Groucho, cuyo ingenio fue tan judío como universalmente cómico. Donde Eliot era el famoso defensor de la tradición, el orden y el gusto civilizado, el quid del humor de Groucho era burlarse de la tradición, fomentar el caos y ultrajar el buen gusto. Por ejemplo, en una ocasión dijo: “Recuerdo la primera vez que tuve relaciones sexuales… me quedé con el recibo”. Y: “El secreto de la vida es la honestidad y el trato justo. Si puedes fingir eso, la tienes hecha”. En cuanto a la actitud de Groucho hacia la exaltación de Eliot del arte y el conocimiento, el primero señaló: “Bueno, el arte es arte, ¿no? Sin embargo, por otro lado, el agua es agua. Y el este es el este y el oeste es el oeste, y si tomas los arándanos y puré de manzana como estofado, tienen un sabor mucho más parecido a las ciruelas pasas. Ahora dígame lo que usted sabe”. Lo que Eliot consideraba “el desierto” de la vida moderna –el desarraigo, el cinismo y el materialismo profano— fue la leche materna de Groucho.
Sin embargo, un día de 1961 Groucho recibió por correo una nota nada menos que del propio Eliot. Expresando su admiración por el comediante, Eliot le pidió una fotografía autografiada. Groucho, sorprendido, le envió una fotografía de estudio suya, sólo para recibir una segunda misiva del icono de la poesía moderna solicitando, en lugar de una imagen icónica de Groucho, la del grueso bigote, la sonrisa pícara y el puro. La segunda foto fue enviada y un feliz Eliot escribió a Groucho para agradecerle: “Esto es para hacerle saber que su retrato ha llegado y que me ha dado una gran alegría; pronto aparecerá con su marco en la pared al lado de otros amigos famosos como W.B. Yeats y Paul Valéry”. A cambio, Groucho pidió un retrato a Eliot, y éste felizmente le envió uno más adelante. Entonces, el famoso poeta malhumorado terminaba su misiva con una broma. “Posdata”, escribió, “me gustan demasiado los puros, pero no hay ninguno en mi retrato”. Bueno, fue una especie de broma.
Reconocimiento mutuo
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La atracción de Eliot por Groucho puede parecer una sorpresa –que sin duda lo fue para Groucho—, pero siempre hubo señales soterradas de esa disposición. Por un lado, en sus primeros días de expatriado en Londres solía usar polvo de color verde pálido en la cara, a veces acompañado de lápiz labial. Por otra parte, expresó su gran entusiasmo por la escena de la defecación en Ulises, que tanto horrorizó a Virginia Woolf. V.S. Pritchett describió Eliot como “una compañía de actores dentro de un traje, cada uno silbando a los demás”. Uno piensa en los hermanos Marx encerrados en un pequeño camarote de papel en Una noche en la ópera.
El poeta estadounidense nacido en St Louis, que fue llevado a Londres para una prolongada caracterización de un inglés, sabía todo acerca de la comedia suprimida en el corazón de la actuación. Horrorizado por las ideologías modernas sin sentido del humor como el comunismo, Eliot pudo haber imaginado a Groucho a modo de alternativa de la revolución. Parece que estuvo de acuerdo con Irving Berlin de que “el mundo no estaría en un lamento de haber estado Groucho Marx en lugar de Karl”. Eliot también estaba experimentando por primera vez la felicidad matrimonial con su segunda esposa, Esme Valerie Fletcher, hasta el punto de que había dejado de escribir poesía por completo. Con el sexo, quizá, llegó la risa.
En cuanto a Groucho, su amor por los libros y la cultura fue descarado e incesante. “Aparte de un perro”, proclamó una vez, “un libro es el mejor amigo del hombre. El interior de un perro es demasiado oscuro para leer”.
Franqueza compulsiva
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En el intercambio epistolar, el puñado de preciosas misivas revela el mutuo calor y respeto. Por debajo hay reconocimiento, recelo y fascinación. En un lapso de tres años hablan de reunirse antes de que Groucho y “la señora Groucho”, como Eliot la llamaba, lleguen al apartamento de los Eliot en Londres para una cena en 1964. A lo largo de su correspondencia, Groucho es casi alarmantemente provocativo con Eliot. “Yo suelo decir algunas cosas bastante insultantes”, afirmó a uno de sus biógrafos. “La gente piensa que estoy bromeando. No lo estoy”. En su nuevo amigo por correspondencia, Eliot había reconocido a Tersites de Troilo y Crésida de Shakespeare, quizás el caso más conocido de la parresía –franqueza compulsiva— en la literatura. Daba la impresión de que por el simple hecho de ser invitado por Eliot a su club, por así decirlo, incitó a Groucho a no querer ser un miembro de derecho pleno.
Groucho no puede resistir el impulso de recordar a uno de los expatriados más famosos de la literatura: “Querido Tom… Creo que he leído en alguna parte que su primer nombre es el mismo de Tom Gibbons, un boxeador que una vez vivió en St. Paul”. Es bastante abierto en su ignorancia de los detalles públicos de la vida del poeta. “Lo mejor para usted y para su encantadora esposa, quien quiera que sea”. Arroja a la cara de Eliot sus orígenes. En otra carta le llama “estadounidense antiguo (no quiero decir que eres un mueble viejo sino un fugitivo de St. Louis)…” En la misma carta subraya a Eliot que “el nombre de Tom se ajusta a muchas cosas. Había una vez un famoso actor judío llamado Thomashevsky. Todos los gatos machos se llaman Tom, a menos que se los hayan fijado”. Concluye que “estaría interesado en leer sus puntos de vista sobre el sexo, así que no dude. Confíe en mí”.
La bien conocida actitud de Eliot hacia los judíos era algo que los provocadores judíos no podían pasar por alto. Si la comparación de Eliot a Thomashevsky no era suficiente desafío, en otra ocasión Groucho promete a Eliot que lo visitará “en mi camino de regreso de Israel”. (Nunca lo hizo.) Eliot inteligentemente respondió: “Envidio que te vas a Israel, y me gustaría poder ir allí también si el clima de invierno es bueno, ya que tengo una admiración entusiasta por ese país”.
Eliot, el gran afitrión
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Aunque la carta más intrigante de Groucho a Eliot no es una que envió al poeta, sino la descripción de la cena que finalmente se realizó. Groucho escribió un recuento para su hermano Gummo.
Groucho escribe que una semana antes de la cena: “Leí Asesinato en la catedral en dos ocasiones; La tierra baldía, tres, y, para que, en caso de que hubiera un cuello de botella en la conversación, pasé por el Rey Lear. Empiezan con cocteles. Una pausa en la conversación propone Groucho para citar un párrafo de The Waste Land. Eliot “esbozó una sonrisa”. Sintiéndose tal vez despreciado por ese hombre, Groucho escribe que “dio un golpe tomado del Rey Lear”, argumentando que el monarca era “un viejo increíblemente estúpido”. Pero Eliot, molesto o desconcertado, hace caso omiso de la invitación de Groucho para reflexionar sobre “Lear”, prefiriendo hablar de Animal Crackers y Una noche en la ópera. “Ahora”, cuenta Groucho triunfalmente, “era mi turno de sonreír discretamente”. De repente son como dos personajes de una obra coescrita por Samuel Beckett y Neil Simon.
La conversación cojea, Groucho insistía en que Lear era un idiota, mientras que Eliot da paso a una disertación sobre Duck Soup. La cena se sirvió a continuación, la cual “incluyó buena carne, un sólido corte inglés, muy bien preparado”. Groucho concluye con una nota de sinceridad: Eliot “es un hombre querido y un anfitrión encantador”. A pesar de que un mayordomo estuvo presente, Eliot insistió en servir él mismo el vino, “y ningún maitre lo pudo haber servido más generosamente”.
Tomado de: The Economist. Noviembre-diciembre, 2011.
Traducción: José Luis Durán King.