La conquista de América y la Nueva España: ideas y pensamientos

POR Fernando Montoya
Primera parte de varias entregas sobre el estudio de la filosofía y pensamiento subyacente en la conquista de América y en la Nueva España. El presente artículo hace la vez de introducción
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El descubrimiento del nuevo mundo despertó innumerables inquietudes y preguntas entre los hombres de letras. En la obra Historia general de las Indias, Francisco López de Gómara apuntaba que el mayor hecho después de la creación del mundo, con excepción de la muerte y la encarnación, fue el hallazgo de estas nuevas tierras.
Claro está que para la visión europea dicha hazaña colombina atrajo consecuencias ideológicas de gran envergadura. Por un lado, en lo que se refiere al conocimiento geográfico, se vive en un mundo aún más grande y complejo, con una fisonomía distante de las tierras frías de Europa.

Como bien apuntó Antonio de Ulloa en su Relación histórica del viaje a la América Meridional, no sólo se hallaron países hasta entonces desconocidos sino que ellos vinieron a ser el medio e instrumento mediante los cuales se llegó al perfecto conocimiento del mundo antiguo. En lo que respecta al conocimiento de la ciencia natural, los españoles se encontraron con nuevas especies botánicas y zoológicas, con las que inició una amplia polémica que se extendió hasta el siglo XVIII, acerca de la calidad de ellas en comparación con las europeas.

Sin embargo, la procedencia del hombre de América será, sin duda, el tema que por antonomasia dejará huella en la antropología filosófica del nuevo mundo. Si bien estos problemas no se confinan al campo de la ciencia antropológica sino que se mezclan con preocupaciones filosóficas, religiosas y políticas.
El origen y naturaleza del hombre americano, por ejemplo, se explica a través de las tradiciones bíblicas, aunque el padre José de Acosta en su Historia natural y moral de las Indias ya tiene el acierto científico de señalar la ruta que por el norte comunica con Asia:
Y pues por una parte sabemos de cierto, que há muchos siglos que hay hombres en esas partes, y por otra parte no podemos negar lo que la divina Escritura claramente enseña, de haber procedido todos los hombres de un primer hombre, quedamos sin duda obligados a confesar, que pasaron los hombres acá los hombres de allá de Europa, o de Asia, o de África; pero el cómo, y porqué camino vinieron, todavía lo inquirimos, y deseamos saber (…) Así como en las partes del orbe antiguo, que son Europa, Asia y África el grano más común a los hombres es el trigo, así en las partes del nuevo orbe ha sido y es el grano de maíz… (Acosta, José de, 1590,  pp. 47, 226).
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No es de esperarse, incluso, que desde antes del descubrimiento colombino, se creía en la existencia de especies monstruosas de hombres. Habló de ellas Plinio en su Historia natural, específicamente en los libros V y VI, donde el autor se propone hablar de África y Asia. Claro está que sus explicaciones en muchos casos se basan en fuentes que no precisa y que tienen bastante carga legendaria. En su camino hacia Egipto, Plinio cita una serie de pueblos extraños y fantásticos, como los blemias, que son descritos como seres sin cabeza y con la boca y los ojos en el pecho. Algunos de estos personajes monstruosos aparecerán luego en textos medievales y renacentistas, y en emblemas y grabados, especialmente los blemias o “acéfalos”, que, de acuerdo con los autores renacentistas, se encuentran no sólo en África, sino en Asia y, después del descubrimiento del nuevo mundo, también en América. En Ciudad de Dios de San Agustín, siglos más tarde, se menciona que en las historias de los gentiles (por ejemplo, el rito a Jano) aparecían tales monstruos planteándose la duda acerca de si pertenecían a la especie humana, y por tanto, si descendían de Adán.
Gracias a la exploración de América se pudo contribuir a demostrar la inexistencia de aquellos seres fantásticos de los que hacían referencia nuestros autores citados; sin embargo, España no encontró un continente vacío. Por ello, su actuación tuvo que ser política, ya que tuvieron que entablar una relación con otros hombres agrupados en sociedad (no importando si fueran chichimecas, por citar un ejemplo), o bien, con imperios aun más desarrollados, como fueron los aztecas y los incas.
En consecuencia, la colonización de América dio origen a una abundante literatura política que tendía a dilucidar cuestiones como la siguiente: ¿cómo justificar los tratos de los europeos con los pueblos indígenas? ¿Qué títulos e instrumentos se utilizarían para ello? ¿Cómo se ha de gobernar a los hombres recién hallados? O incluso aún más allá: ¿qué tipo de ser habita en el nuevo mundo?
Cierto es que en tales momentos la significación ideológica de un tema como el de la conquista de América aparentaba ser escasa, en relación con el papel de hombres que carecían de una mente ilustrada, como ocurre con Francisco Pizarro, conquistador del Perú. Pues, aun así, cuando los militares supieran leer y escribir o tuvieran la asesoría de religiosos y escribanos, ¿realmente su empresa no obedecía al ánimo de satisfacer, mediante las armas, el deseo de codicia y explotación disimulado con la apariencia de una cruzada cristiana?
El punto de vista de Salvador Dalí
Bajo estas cuestiones conviene puntualizar que existe un pensamiento al que se encuentran unidos los hechos de la Conquista. De tal manera que puede llegar a comprenderse la posibilidad de la campaña que iniciaron eclesiásticos y funcionarios cultos para reducir la conducta de los conquistadores y pobladores a principios de mayor justicia.
Cabe mencionar que la teoría política tuvo por objeto al nuevo mundo; sin embargo, los elementos ideológicos en que se fundaba provenían de Europa. Luego entonces, ¿las ideas que se gestaron en aquella época correspondían a América propiamente o simplemente de una etapa más del pensamiento europeo en vinculación con hechos que sucedieron en ultramar? No hay duda que la contribución esencial en el orden de ideas a nuestro continente fue la europea; empero, contra la suposición de un papel pasivo de América es oportuno apuntar que el recurso de las ideas europeas para interpretar los problemas del nuevo continente estuvo acompañado de modificaciones que la novedad, la euforia y el asombro del descubrimiento introdujo en aquella cultura tradicional.
La filosofía política de la Conquista se debió en buena parte a pensadores que jamás visitaron las Indias. En cambio, otros fueron propiamente indianos, es decir, europeos con experiencia en la vida de ultramar y en el descubrimiento de nuevas tierras. Es perceptible cierta diferencia entre unos y otros lo que ayudó a que pronto surgieran matices criollos, mestizos e indígenas en la visión de América.
En todo caso, los hechos que ocurrieron en la Conquista contribuyeron, sin duda alguna, a establecer los contornos de los problemas de doctrina, esto es, darles un contenido práctico que se traduciría en un gran reto para el pensamiento europeo. A la par, la actitud ideológica influyó sobre el desarrollo de nuestra historia, de ahí que pueda explicarse la relación tan estrecha entre el pensamiento político de la época con las instituciones (jurídicas principalmente) de América destinadas a regular la convivencia de los europeos con los nativos, esto es, una filosofía política que estuviera en contacto con problemas concretos y que puedan ser asentados en las nuevas tierras.
Valdría la pena afirmar que la teoría acerca del primer contacto del nuevo mundo con Europa, además de tener un significado de interés histórico, posee una significación moderna ya que no pocas veces han resurgido las circunstancias que rodean a la expansión de naciones poderosas y al gobierno de pueblos coloniales. Esto autoriza a interpretar la conquista española de América como un antecedente valioso de la presente experiencia internacional y política, aunque no sea idéntica la terminología histórica.