Musas de la histeria: el espectáculo del estigma femenino

POR Kathryn Harrison
Como showman tanto como médico, Jean-Martin Charcot, quien influyó en la teoría de la neurosis de Freud, daba cátedras que incluían demostraciones diseñadas para cautivar a un público acostumbrado a sesiones de espiritismo
(gonsalves.anat.org.au)
Los lectores que no pueden identificar a Jean-Martin Charcot como el nombre del neurólogo francés del siglo XIX cuyas experiencias con la hipnosis influyeron en la teoría de la neurosis de Sigmund Freud, quizá puedan reconocer el trabajo que realizó en el Hospital Saltpêtrière de París. Las fotografías e ilustraciones de los pacientes Charcot –en todas, las mujeres padecen histeria— están vigentes, 140 años después de que fueron tomadas, aunque ahora son más una curiosidad que documentos clínicos útiles. Sin embargo, una vez vistas, estas imágenes –por ejemplo, una mujer vestida con una maraña de sábanas, con una expresión que lo mismo puede ser de “éxtasis” que de “delirio”, fija en su objeto invisible de “amorosa súplica”— no se olvidan fácilmente. Poses clasificadas como “actitudes apasionadas”, tienen el aspecto inquietante de pornografía que se hace pasar por la investigación intelectual.

Charcot, como queda en claro en el libro Medical Muses de Asti Hustvedt, se enfocó intensamente –aunque de forma miope, se puede decir—en la utilización de la hipnosis para inducir la histeria y hacer de sus “histéricas, con sus inquietantes gestos y espasmos, especímenes médicos ideales”. Pero, la conducta provocativa de aquellos “especímenes” transformó Saltpêtrière en algo más cercano a un carnaval que a un hospital universitario. Como showman tanto como médico, Charcot daba dos horas de clases semanales frente a un anfiteatro repleto, cátedras que incluían demostraciones diseñadas para cautivar a un público acostumbrado a sesiones de espiritismo, por lo que Charcot organizaba exhibiciones de mesmerismo o telepatía. Uno de los alumnos de Charcot describió el potencial dramático de exhibir a las mujeres hipnotizadas: “Podemos cortarlas, pincharlas y quemarlas, y no sienten nada”.
Y aún más: de Charcot puede decirse, como se apunta en su nota necrológica, que fue el maestro artístico más que intelectual de Freud en el terreno de enfermedades actuales que, como la histeria, existen, Hustvedt apunta, “en la frontera problemática entre los desórdenes somáticos y psicosomáticos”: anorexia y bulimia nerviosa; automutilación, fatiga crónica idiopática, trastorno disociativo de identidad. Charcot murió en 1893 sin haber encontrado la lesión cerebral que él creía que causaba los síntomas de confusión en sus pacientes. Dos años después, Freud declaró que la histeria era resultado de “recuerdos e ideas reprimidos”, y en 1925 impugnó a los neurólogos por fallar en el examen de la psicología de lo que él consideraba las manifestaciones de la emoción reprimida.
Más contagiosa que nunca
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En 1977, un científico de la Universidad de Rochester, George L. Engel, planteó el actual paradigma “biopsicosocial”, un ejemplo preciso de la analogía del gatillo aplicada con frecuencia a la anorexia nerviosa, en la que, como se suele decir, “los genes cargan la pistola y el medio ambiente aprieta el gatillo”. Como Elaine Showalter concluye en Hystories, su polémico estudio de las manifestaciones de histeria del siglo XX, la enfermedad, “reetiquetada para una nueva era”, es más contagiosa que nunca, resultado de los medios de comunicación cada vez más instantáneos. Pero no importa cómo la histeria puede mutar, al igual que un virus, de una edad a otra, en la imaginación del público sigue siendo lo que Hustvedt señala, y que en parte siempre ha sido: “Una enfermedad de mujer en una época en que los roles femeninos estaban estrictamente limitados”.
Entonces, ¿cómo anunció la histérica del siglo XIX su condición? La evidencia de su acicalamiento –“el cuidado que se tomaba en el toilette, la estilización de su cabello, las cintas con las que lo adornaba”— fue suficiente para que el discípulo de Charcot, Désiré-Magloire Bourneville, diagnosticara que los tirones de pelo, los pellizcos y los pinchazos la confirmaban [como histérica]. Los ataques que seguían –que podían incluir desmayos, contorsiones, parálisis, vómito, gritos, alucinaciones y convulsiones— proveían de hallazgos a los médicos. “La histérica siempre parece estar fuera de la norma”, explicó Bourneville.
Estudiadas como insectos
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A menudo percibidos erróneamente como un déficit voluntario de atención, la histeria y la neurastenia de ayer, los desórdenes de alimentación de hoy, y toda conducta problemática emergerán en el futuro, desafiando a las estrechas mentes médicas. Se resisten al tratamiento. A veces, la negativa de las víctimas a ser consideradas y estudiadas como insectos clavados en un tablero, inspiraron el sadismo. Por su parte, Charcot, señala el autor, “confrontado el caos del cuerpo histérico femenino” y descubiertas “las zonas histerógenas”, privilegió los ovarios y las mamas que, cuando son estimuladas, ninguno provoca o detiene los síntomas histéricos. Ciertamente, su “ovario compresor”, un dispositivo cuya ilustración merece su inclusión en un catálogo de instrumentos de tortura, llamaba la atención de sus pacientes como ningún otro artefacto, permitiendo a los médicos de Saltpêtrière administrar lo que “se parecía mucho a un asalto sexual” con distanciamiento clínico, sin ensuciar las manos de nadie.
Si dichas terapias no eran intencionadamente misóginas, fueron impuestas, lo explica Hustvedt, por “los saludables, educados y burgueses” médicos varones a “las mujeres enfermas, no educadas y de clase baja” que eran remitidas, a menudo de por vida, a una bodega no sólo para locos sino también para personas sin hogar, para mujeres embarazadas y solteras, y otras más que se negaban a acatar las convenciones de una sociedad asfixiante –en otras palabras, las mismas mujeres privadas de sus derechos que, siglos antes, podían ser juzgadas y ejecutadas por brujería. El atractivo vouyerista convirtió a las pacientes histéricas en celebridades, en musas de sus médicos y para un público que consideraba la “condición de ser mujer” como “alguien que en cualquier momento puede cambiar o perder el control, y que por tanto requería regulación médica”. Pero si el minucioso análisis de Hustvedt sobre la metodología de Charcot proporciona evidencia de la explotación de lo que él llamó a su gran “reserva de material”, también demuestra que los pacientes colaboraron en lo que fue una condición iatrogénica, “forjada entre el paciente y el médico”.
La Reina de la Histeria
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La “carrera” de Marie Wittmann, conocida en toda Europa como la Reina de la Histeria, comenzó con mucho en contra. “Destacada por su espíritu de duplicidad, mentira y simulación” (como se decía de todas las mujeres que padecía histeria), Wittmann, llamada “Blanche” por Charcot, llegó a Saltpêtrière porque no tenía a donde ir después de una infancia marcada por sus violentas rabietas que le impidieron ir a la escuela, la depredación de un padre demente, la muerte prematura de la madre y de cinco de sus ocho hermanos, y los ataques de un peletero lujurioso que le provocaron convulsiones y pérdida del conocimiento. A los 18 años, agotada por la miseria y los conflictos, ingresó al hospital, donde pasó el resto de sus días.
Inicialmente también “impredecible y rebelde” para ser de valor clínico, Wittmann fue transferida de las habitaciones de los histéricos “a una celda en el pabellón de los locos. Le permitieron regresar a la atención de Charcot después de siete meses y medio de lo que fue concebido como un castigo por romper las ventanas y destrozar la ropa de cama; trabajó para asegurar su lugar en la creciente obra magna de la medicina, el pabellón de la histeria, que ofrecía libertad y comodidades negadas a los pacientes de otros pabellones. Ahí, la ubicuidad de las “fotografías, dibujos y moldes de cera estimulaban a cualquier paciente a reproducir el perfil ideal de la histeria. Una vez que Wittmann se convirtió en la “más hipnotizable” (y por lo tanto previsible) de las histéricas, pasó a ser la intérprete de estrella de Charcot; sus síntomas “moldeados, modificados y ajustados encajaron en la nosología ya elaborada. “Incluso pidió que se le aplicara el “compresor de ovario”.
¿Es progreso reemplazar la antigua noción del útero errante con la presunción de que no había ninguna histeria que no pudiera tratarse de manera efectiva al “comprimir” los órganos en que reside la feminidad? Aunque “equiparar los síntomas histéricos con los inducidos hipnóticamente” permitió a Charcot sentar las bases para el psicoanálisis, él necesariamente fracasó en curar lo que Medical Muses revela cómo el desafío de las mujeres a las estructuras patriarcales.
Asti Hustvedt. Medical Muses. Hysteria in Nineteenth-Century Paris. 372 pp. W. W. Norton & Company.
Tomado de: “Sunday Book Review”. The New York Times. Junio 17, 2011.
Traducción: José Luis Durán King.