Orlan: la belleza transgredida

POR Melissa Mota
Por muy excelentes que podamos encontrar las imágenes griegas de dioses  y por muy dignos y perfectos que podamos ver representados a Dios Padre, a Cristo y a María, de nada sirve: ante ellos ya no hincamos las rodillas.
Hegel
(Foto: Elyasaf Kowner)
Desde la creación del concepto de arte, la belleza ha sido su pieza clave. Sin embargo, como todo concepto, su significado es cambiante y se ha adaptado a los intereses de cada contexto histórico. Hoy en día, en una etapa tan compleja como la posmodernidad, vivimos quizá la resignificación más importante del término.
La francesa Orlan, quien utiliza su cuerpo para cuestionar los paradigmas de la belleza, es una de las artistas que mejor ejemplifica la transformación del concepto en la contemporaneidad. Para abordar la crítica que realiza con sus múltiples performances es importante hacer un repaso por los cambios que ha tenido este término a lo largo de los siglos.

En la antigüedad, la belleza estaba ligada a la idea del bien y de lo verdadero. Para Platón, la belleza se encontraba contenida en la Idea misma y no, como después se pensará, en el objeto artístico. Mientras que para Aristóteles lo bello era aquello dotado de proporción y simetría; idea retomada en el Renacimiento, que perduró hasta el siglo XIX. A pesar de que en la actualidad este es un concepto obsoleto (por haber nacido en un contexto distinto al nuestro), sigue muy presente en la idea colectiva sobre el arte.
La definición moderna de belleza fue acuñada por Imanuel Kant, quien rompió con lo anteriormente dicho al afirmar que lo bello no está en el objeto sino en la razón de quien mira el objeto, y a partir del gusto subjetivo reconoce la belleza en él. Además enlazó lo bello con el comienzo de lo terrible, con lo que da cabida a la fealdad dentro del arte (aunque ésta debía de ser representada de forma bella).
Tras la industrialización y las dos guerras mundiales, la belleza comenzó a dar un cambio radical. La representación de lo terrible, lo grotesco, la angustia y el dolor comienzan a ser considerados arte, y, posteriormente, el concepto se convierte en el protagonista y ya no la pieza de arte.
Identidad en juego
(FEMINAXES)
El siglo XX se caracterizó por el cuestionamiento de los límites artísticos. Fueron décadas de experimentación, en los aspectos técnicos y de transgresión de ideologías políticas, sociales y religiosas. Desde las vanguardias se comienza a hacer uso del cuerpo como expresión artística, lo que dio por resultado una “obra de arte viviente”. Inspirados en este soporte artístico surgieron nuevas formas de arte como el Happening, el Performance, el Living Sculpture y el Body Art. Muchas de estas obras destacaron por ser transgresivas. Sin embargo, quien ha llevado a un extremo las posibilidades del uso de su propio ser como expresividad artística es Orlan, ya que con sus obras el cuerpo pierde su sacralidad y su inviolabilidad.
La identidad del ser humano está determinada, en gran medida, por el aspecto físico. Orlan juega con esta identidad, modificando su exterior, a partir de cirugías plásticas, para crearse múltiples identidades; de esta forma adquiere un sí-mismo, ya no determinado desde el nacimiento y por herencia, sino por ella misma. Su taller artístico es entonces la sala de operaciones, donde reestructura constantemente su imagen. Con cada operación busca renacer y convertirse en una “hija nacida sin madre”. Rechaza el cuerpo que la genética o Dios le ha dado para ser ella misma su propia creadora.
Lo que busca es inscribir su autorretrato directamente en su carne, cuando antes se hacía en lienzo o en piedra. Entre las auto transformaciones que se ha generado se encuentran imágenes de religiosidad como madonas, vírgenes, santos y dioses hindúes.
Paradigmas de la belleza
Incidental Striptease (1974-75) (slagheap)
Los temas elegidos se basan en el concepto de belleza y tienen la intención de adaptarse a su definición social. La crítica es poderosa e interesante, pues toma casos paradigmáticos de lo bello y se los apropia de manera tangible, pasándolos a la realidad y obteniendo como resultado un perfil siniestro acompañado de lo grotesco. Un ejemplo de ello es el performance en el que, a partir de imágenes que suponen representar el paradigma de la belleza en pintura, copia partes del cuerpo de ellas, eligiendo el mentón de la Venus de Botticelli, la nariz de Psyche de Gerome, los labios de Europa de Francois Boucher, los ojos de Diana de una pintura de la escuela de Fontainebleu y la frente de la Mona Lisa de Leonardo da Vinci.
¿Dónde recaería entonces la diferencia entre las partes de las pinturas elegidas por Orlan reconstruidas en su rostro y las partes pintadas en el lienzo? Si no se considera bello aquel elemento tomado de la pintura por la artista, entonces tampoco debería ser considerado bello el mentón de Venus o la frente de la Mona Lisa. Con esto pone en una encrucijada al concepto de belleza clásico y moderno que están vigentes en la postmodernidad. La pregunta planteada se dirige hacia los motivos que hacen que algo sea bello. Los conceptos de belleza anteriormente planteados son ridiculizados. La belleza que expone no es una sombra, es la Idea misma. Tampoco puede estar concentrada en un dios, si ella le ha quitado el poder de su creación, y al no representar la belleza universal, ella como objeto no puede despertar el sentimiento de lo bello en la razón del espectador.
El concepto contemporáneo de belleza es, como ha sido en todos los casos, un reflejo del contexto. La comunicación, los medios masivos, las nuevas tecnologías y la multiculturalidad (que implica una paulatina pérdida de identidad), son las principales características que conforman esta era y que Orlan explota en sus piezas artísticas. Lo interesante es que sus obras han sido vistas como agresivas e inmorales; frente a ellas se vive un horror que bloquea el ejercicio de reflexión en torno a la belleza que ella plantea.
Nos encontramos en un periodo de transición y no podemos evadirlo. La sociedad debe desaferrarse de conceptos que no fueron creados en nuestra época y que, por lo tanto, no concuerdan con nuestro contexto, ni con nuestras necesidades. Con esto no se pretende olvidar o desvalorizar a la belleza clásica o a la moderna, sino que a partir de su comparación con la contemporaneidad, como lo hace Orlan, se resignifique y fortalezca nuestra identidad como seres contemporáneos. La belleza actual no tiene que ver ya con la proporción, con la verdad o con el bien, sino con el concepto que se disfraza de arte.