Raymomd Carver: un adicto a la intuición

POR Gabriel Ríos
Con la vista y el olfato, el ensayista se burla de sí mismo y los demás; camina por el corredor poblado de comercios que se despliegan a lo largo de la calle, pensando en Carver, quien le contaba historias de otro país
(zouchmagazine.com)
Raymond Carver nos adentra en la vivencia y nos revela el teatro de la conmoción social. Su legado nos ayuda a enfrentar la vida y a quienes no tienen posibilidad de amar. Quizá el objeto de sus cuentos sea erradicar la creencia de la materia replegada en un universo extendido que celebra el acontecimiento.
Son las historias cruzadas de quien es adicto a la intuición, como si no tuviera ganas de imaginarse a solas o en la simpleza del pensamiento; es el diestro narrador quien aborda la vida y observa su propio destino. La única fórmula para magnificar el cuento es saberlo en un estado de pérdida.

Descifrar el ideograma es lo que nos acerca al inicio de una danza, pequeña luz en fuga. La obra de Raymond Carver es sentimiento, del que se pueden refrendar las maneras del bienestar común. Volvemos a su literatura para hacer visibles las circunstancias de una sociedad que se mancha por las noches.
Inventarios del Gordo y un tal Señor Arreglos
En el primer libro de Raymond Carver, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, se describe en el primer cuento al Gordo, quien influye a tal grado a la mesera y al lector, que lo padecen como si fuese su gemelo; se parecen tanto a él que se piensa como el ser de nuestros días, de censura progresiva, en la cual se exalta el narcisismo; se escribe fragmentariamente para simular la ilusión, se deconstruye para sentirse coherente, y ante la ausencia de Dios se juega a la perversidad.
El vacío, es decir, la trivialización de la vivencia, nos hace guardar la imagen del Gordo que a todos nos ridiculiza. También es cierto que nos obliga a mirar la paja en el ojo ajeno, y sin quererlo nos produce una especie de mística. Habría que precisar que el Gordo, a pesar de su embriaguez, siempre puso el dedo en la llaga y representó al môlla, el que usaba zapatillas como W.H. Auden; ese apremio lo subraya su alter ego que sabe mucho de frases hechas.
El segundo relato del título aludido nos hace asomarnos al cuarto de baño de la mujer que descuelga su ropa íntima. Durante unos instantes todos nos congregamos en la tibieza del espejo verde que reflejaba la copa de un árbol y a nosotros en el cielo. Al fin, después de envolver por completo a la luminosa mujer en ese oleaje de caricias etéreas, el vapor traslució el fruto inmemorial y la muchacha cantó sus jugos. Sus Vecinos la envidiamos.
La actitud es la misma, el miedo comienza a roer, pero pasa como por su casa y los inquilinos no se dan cuenta. La desmesura de lo ínclito en Escuela nocturna, donde no hay nada salvo una especie de desdoblamiento en el tipo. En ¿Qué hacía usted en San Francisco? la pregunta la hace sin querer una beatnik al postman que no siente el desapego, pues se ha convertido en híbrido.
Del poeta Rainer Maria Rilke aparecerá su fantasma entre la maleza literaria de Carver. Nos recuerda lo esencial en el cuento Escuela nocturna, por los sueños y su intrascendencia, ante personas tan racionales que sólo se quedan con los mejores recuerdos –como aquella vez que te leí Las mil y una noches, estabas embarazada y tu cabello era negro como ala de cuervo.
Manto ilusionista
(gordonlisheditedthis.wordpress.com)
Quizá en la mujer recaiga la repulsa de la sociedad, por lo tanto la escritura y el temor por encontrar su propia experiencia; el montaje no es nada sencillo. Todo mundo hace lo que tiene que hacer, sin embargo se contradice para bien del lector, abriendo el relato a las mieles de lo insano: Póngase usted en mi lugar.
La intervención del escritor estadounidense en sus cuentos es de una infinita reflexión, de adentrase en el sí mismo; es un valiente de la literatura. Entre una mirada escrutadora como lo acostumbran las sociedades modernas, cuestionaba a mister Hamilton: ¿Todo es cuestión de dejar de fumar? La vida propone otra idea que no tiene que ver nada con el verdadero problema. La representación de la familia se complica mucho al interactuar la cultura del resentimiento y la vergüenza, produciéndose un manto ilusionista para adoradores de imágenes y objetos.
Señales indelebles de una obra tan admirada y reconocida, por los reflejos y las provocaciones acusadas por la ignorancia, el primitivismo que sonríe y emprende una disputa sobre un suceso del pasado: el intercambio de pareja en una fiesta, el haberse acostado con otro y acordarse de ello en un momento de calma chicha en el hogar, se suma a la brutalidad del juego cuerpo a cuerpo.
Desde el personaje primero de De qué hablamos cuando hablamos de amor se puede entender la soledad. En las páginas siguientes se acerca al humor negro de películas, como la de Sebastián Gutiérrez, Judas Kiss. Nada más un vistazo a la anciana, madre del narrador que se besa con un anciano, y su mujer alcohólica se enamora de un compañero de grupo, apodado el Señor Arreglos.
Un lugar aparentemente agradable, si no fuera por la falla del hombre que se mete con la muchacha del servicio en el motel. Discute el problema, bebiendo con su mujer, que es lo mismo a tragarse el tiempo. Podrás ver hasta las cosas más minúsculas es la frase de uno de los cuentos más logrados: la impresión causada por una mujer que se quiere fugar, recordando instantes conciliadores del sueño americano o la maravillosa idea de hacer catarsis familiar.
Más calidad se expresa el cuento El baño, con el ambiente de hospital y la falta de comunicación. Diles a las mujeres que nos vamos nos pone a escuchar a Elvis Presley y a Bill Halley, desde un domingo de asado en el jardín de la casa nueva, donde los hombres liberan el instinto y asesinan a dos corzas.
Plumas, desde su estructura más sencilla, plantea arribos y llegadas inciertas. La molestia despierta en la voz de la protagonista que no le importan las reuniones ni los regalos, y sin embargo, suelta su alma ante gente de su mismo nivel, de quien obtiene la emoción más pueril y clara de su vida.
Se escapa otro alcohólico de sus reuniones secas, para recuperar su pasado y ante una nimia amenaza limpia escrupulosamente la casa y espera una vez más la catástrofe junto al rostro incrédulo de su esposa: Conservación.
Raymond Carver atiende sin previo aviso, legitimando las cortinas íntimas del lecho mortuorio, el último suspiro de Anton Chéjov, y a la protagonista de La gaviota, su esposa Olga; la historia alterna del que recibió un balazo en la guerra y por obra de quien ha enloquecido aparece para descifrarnos la huella de la noche memorable: la botella de champaña Moët y lo que pudiese caracterizar  el aprendizaje y la enseñanza del autor del libro Tres rosas amarillas.
Bajo el influjo sentimental del cuentista
(northcoastjournal.com)
Al intentarlo de nuevo descubro a otro personaje de Carver que se entusiasma por el rechinido de los trastes, sacándole chispas al desayuno; canta y se mezclan los ruidos de la sartén caliente que se ahoga en agua. Se siente contento por la colección de juguetes de su hijo. Piensa en su ex mujer que ladeaba la cabeza cuando caminaba por la playa. El lugar contaba con unas sillas metálicas con respaldos de hule color naranja. Entra al baño, se lava la cara, luego se seca. No está seguro pero por ahí pasa un ángel vivo.
Con la vista y el olfato, el ensayista se burla de sí mismo y los demás; camina por el corredor poblado de comercios que se despliegan a lo largo de la calle, pensando en Carver, quien le contaba historias de otro país que despertaban en la nariz de la loca el olor de los árboles que desfilan a su paso y la motivaban a pensar en algo inapropiado. En el nudo del centro comercial ha recordado a una pareja que compraba la serie de los libros ositos educados para su niño. Se distrae mirando las nubes y los ojos le pican.
Del bar salió con el deseo de matarse e iniciar otra historia; después de haber pasado una noche de desgracia, soñó con bocas de calles empedradas y cruces. Aseando el cuarto y boleando zapatos que no son suyos, la escuchó y amó con más fuerza. Se miró y se sintió al límite.
El rollo que se hace infinito y él caminando al lado del niño de la caja de vidrio; también conversó de cómics y dinosaurios, que en sus formas más variadas representaron los días de insomnio. Pasearon y compraron víveres en la tienda cercana a la sala de cine. En el recuerdo inmediato, pensaba en ella, y el detalle del dinero; el niño se lo llevó a su recámara, donde a veces jugaron los tres; ella saltó del lecho dejando en silencio al otro hombre; pretendió atravesar su cara reflejada en la luna del espejo; el viento helado de madrugada en la frontera de la existencia, quizá barro del estanque.
La demoniaca vinculación de un hombre con su única mujer, dice Sam Shepard. Ella le dijo que era mucho dinero, que ya le había dado la semana pasada. La película se cubre de gloria: los pies del niño abrazan las caderas de la madre. De vuelta a casa le pareció que se estaba dejando llevar por la miseria, el tiempo quebrado.
Después de darle un conejito blanco al niño, metérselo en la bolsa del pantalón como una caricia, en la calle se realizó entre mansas obleas, y la locura se desató para ahondar en la herida; el grito primordial, el dolor y el tránsito hacia el frío es la estocada que nos lleva a donde el creador fortifica.
Es cierto que cada vez se alejaba más, y eso carecía de importancia, porque en medio de la emergencia pensaba en ti y sólo en ti, escribe Sam Shepard en Crónicas de motel, y hasta ahora hace el recuento.
Lo que escucha el hijo: ese mediodía salió de casa y se subió a un taxi que lo dejó en el bar, donde lo recibió el guitarrista; algo restallaba y a su espalda la investida de madre, una puta, la misma que caminando por las vías del ferrocarril le pareció siempre verla desnuda.
El hombre reinició la marcha, lleno de rencores y tristezas. Como a Leopold Bloom, la alcahueta le gritó trompa de falopio. En una noche de borrachera absoluta se encontró con su Waterloo.