Rita guerrera Guerrero

POR Óscar Garduño Nájera
Para las mujeres
dolorosamente ausentes.
Marcaste a miles de jóvenes ensoñadores que emprendieron combate franco contra una clase política podrida desde entonces, una clase política que no consiguió opacar las marchas por donde tus pasos anduvieron, los micrófonos por donde gritaste
(revistaevolucionjaguar.com)
Sólo alguien como tú podía fallecer amamantando a la muerte: dolorosa paradoja de quien termina sus días herida por donde la vida emana. Y así fue, Rita: tras tanta agonía te entregaste con los brazos abiertos a ese descanso Azul casi morado. No consiguió opacar tu voz: quizás un lamento Qué te pasó, o quizás una fiesta donde la alegría consagró tu amplia sonrisa; en ocasiones las dos expresiones se parecen y para diferenciar resulta una chinga.

Sólo alguien como tú poseía las cualidades precisas para arquitectónicamente ser la artista total: pasaste del rock a la música barroca, de la conducción de programas de televisión (además de participar en la telenovela Martín Garatuza) al teatro y la docencia, saltando de aquí para allá mientras con tus alas de mariposa oscura hechizabas a los que se rendían ante tu voz. Y en cada disciplina cosechaste triunfos, pues eso era lo tuyo, triunfos que tantos aplausos y aplausos vinieron a significar desde que comenzaste tu instrucción musical a los diez años en el departamento de Bellas Artes de la Universidad de Guadalajara, lugar de donde saldrías a los 20 años para ingresar al Centro Universitario de Teatro de la UNAM, en una ciudad de México donde también habrías de participar activamente con algunos conciertos en la huelga estudiantil de 1987. Ya para entonces eras la artista que había comprobado que el mundo no es más que un escenario y que Calderón de la Barca no hace más que darnos las pistas en su Gran Teatro del Mundo.
Cual personaje de alguna tragedia de Shakespeare (pienso en el Rey Lear, Coroliano, Timón de Atenas) decidiste emprender la partida en silencio tras iniciar, en febrero de 2010, un tratamiento contra el cáncer de mama: eras la estoica y la que no paraba incluso con los achaques horrorosos de la enfermedad. Fue entonces cuando muchos de tus amigos te rindieron un emotivo homenaje para recaudar recursos económicos que en algo vinieran a ayudar lo oneroso de tu tratamiento. Si te fijas bien, Rita, ese era un problema, y lamentablemente ha sido la constante de tantos otros artistas (pienso ahora en Daniel Sada, pienso en José Cruz, pienso en Humberto Dupeyron, pienso en Jorge Arturo Ojeda y digo “¡carajo!”) que se han visto en la necesidad de pedir limosna frente a secretarías, consejos y presupuestos culturales donde los intelectuales y artistas parecen importar una reverenda chingada.
(weheartit.com)
Ahí los que te seguían, Rita: cientos y cientos de personas que en su memoria hoy llevan tu cicatriz: canto de trapecista equilibrado entre polos de tonalidades que al principio parecen opuestas en rango, y que tú logras ensamblar con una maestría sin igual lo mismo en Santa Sabina, que en el exquisito Ensamble Galileo, o dando el ejemplo como directora del coro de la Universidad del Claustro de Sor Juana, grupo que adoptó tu nombre tras de tu muerte, ese nombre que hoy enarbolan los que se siguen entregando al arrebato luminoso de la voz.
Cuesta entenderlo, Rita, pero sólo alguien como tú moriría de una muerte tan estúpida y peligrosa. Cuesta entenderlo, Rita, pero deberías de enterarte que aun el día de hoy son miles las mujeres que se visten de miedo, que se calzan las zapatillas de la desinformación, macabros peldaños por donde trepa paso a paso el demonio idiota del cáncer de mama.
También tú, la fiel combatiente, guerrera Guerrero, cuando convertiste tu voz en arma para colocarte del lado de los desprotegidos en lugar de permanecer en la apatía inculcada por los reflectores. Sólo tú con esa voz de sello tan propio y original: quien ahora te escucha por primera ocasión agradece el primer acercamiento musical que tu padre puso en tus manos, y aunque falleció cuando apenas tenías nueve años, una y otra vez reiteraste que gracias a él nació tu inquietud  por las artes.
Por cierto, Rita, marcaste a miles de jóvenes ensoñadores que emprendieron combate franco contra una clase política podrida desde entonces, una clase política que no consiguió opacar las marchas por donde tus pasos anduvieron, los micrófonos por donde gritaste, los mismos puños que permanecían en alto al lado de los que siempre consideraste tu raza, pues de ahí venías y ahí pertenecías, y para ellos, Rita, para los que hoy te admiran, es que continúas entregando tu canto, y al hacerlo, Guerrero, es como si continuaras con vida, como si tu pecho hubiese milagrosamente sanado.