Cesaria descalza Evora

POR Óscar Garduño Nájera
Para Jimena y su canto en portugués bajo la lluvia.
(brooklynvegan.com)
Triste, con los brazos abiertos en la misma tristeza de Vallejo. Es momento oportuno para guardar silencio, para arrellanarse en el sillón que se tenga a la mano, dejar la ventana abierta, extraviarse en el cielo casi azul de invierno y permitir que las palabras se vayan tras de cualquier nota musical, como bien lo harían si decidieran colgarse de las alas de algún cuervo. No pensar en nada. Sumergirse en uno mismo en esa interminable lección de los griegos. Eso es lo más importante al lado de tu música.

Una máquina del tiempo irreverente que nos atrapa. Quizás también calma los dolores que se abren al vivir, como buen analgésico; aunque cabe también la posibilidad de que éstos se hagan más fuertes: invisibles agujas que aparecen cualquier día y se clavan en el alma para alimentar nuestras tiernas pesadillas. Así es como me siento y bien se puede ir al carajo la Navidad y todas sus ridiculeces. Tu muerte es aguijón que parpadea y justo ahora una paloma detiene su vuelo en la orilla de la ventana, abre sus alas, parece devorarme mientras suena la guitarra en el inicio de Sodade.

Y eso, mi negra de sonrisa de sol, tú lo aprendiste desde la infancia. Quisieron los lomos de días aciagos ocultar el resplandor de tu canto, dejarnos acá sin tu enorme presencia frente al micrófono, mientras parecías arrastrar las letras de tus canciones sobre la música, como si extrañas tipografías arrebataran a las notas para hacer de ellas sus putas, jugar una pasión prohibida; y como sabemos bien, toda pasión así tiene tarde que temprano sus recompensas aunque en ella se entregue la vida.
Se nos nubló el cielo de tantas tristezas y vino tu muerte, sorpresiva y certera, tal y como lo fue también tu vida, la cual no te cansaste de machacar con los pies descalzos, entregándote a los tuyos, a los tantos y tantos sin tierra, esos de mirada cuarteada y manos callosas condenados a causa de una insultante pobreza que parece multiplicarlos cual conejos, justo como no se puede multiplicar la igualdad, la justicia.
Así llegó tu canto: una práctica fervorosa de un cachito de consuelo, iglesia de tus brazos abiertos y garganta labrada donde hombres y mujeres de todo el mundo llegaron a rezar, apoderándose de tus letras, tratando de imitar la felicidad que parecías desperdigar por cada uno de los escenarios por donde anduvieron tus pies descalzos, señal de una protesta que habrías de llevarte a la muerte incluso con ese humo tatuado de tu último cigarrillo: víbora que serpentea a tu alrededor, se trepa por tus mejillas de montañas sagradas, traza una palabra: Ausencia.
(ziaruldebacau.ro)
Tantos y tantos encontraron la puerta de tu casa abierta, y tú ahí, gurú que ha aprendido que el dolor es pasajero y sus lecciones eternas, con el corazón en las manos: ofrenda de consonantes y vocales de quien padece por los demás sin encontrar cura alguna, y la melancolía erigida sobre tu canto en pleno combate frente a una alegría que tardó en llegar.
Entonces basta escucharte con los ojos cerrados para entender un poco de la esperanza, para no saltar del barco al primer tambor batiente de olas salvajes. Nos queda tu ritmo y el movimiento, el baile lento de las calles de Cabo Verde imitando los lengüetazos que sobre las palmeras da el viento en ese portugués tan tuyo, tan adoptado. Alguien subirá el volumen en algún inhóspito lugar y aparecerás de vez en cuando moldeada por una vestimenta de nubes.
También diste otras batallas y clausuraste tu voz para alimentar a tu familia; luego vino el cara a cara frente a los demonios del alcohol y bautizaste esos años como tus Dark Years: Que le dio luz a mi vida, apagándola después.
Pienso en tu voz, negra, como esa patria a donde hombres y mujeres llegaron a vivir, porque eras grande y tremenda no sólo por las capacidades que demostraste por el canto a temprana edad, cuando las presentaciones al lado de tu hermano en la plaza principal de Cabo Verde, sino también por lo que significaste como mujer rebelde, pues acaso tu voz consiguió hacer de droga al hipnotizar a los perros de la pobreza, al incendiar los recovecos siempre presentes del alma y recordar a quienes te escucharan la enorme delicia, inmejorable placer, de vivir.