El Dorado de Edgar Allan Poe y Naipaul

POR Alfredo C. Villeda
La pérdida de El Dorado es la más extensa y documentada crónica sobre la fiebre expedicionaria en busca de la mítica Ciudad de Oro. Si hay un país que no aparece citado, ni una sola vez, es Panamá, donde se hizo el hallazgo arqueológico
El lugar fue hallado en la zona arqueológica de El Caño, situada en la provincia central de Coclé (Notimex)
El Nobel V. S. Naipaul ha escrito que, en esencia, El Dorado es un delirio español. La ciudad trinitense de San José, con su puerto que llaman “de España” –la colonia que sir Walter Raleigh atacó—, se fundó como base para El Dorado. “Fue el logro absoluto de un conquistador de 75 años; surgió al final de uno de los grandes viajes de los españoles por América del Sur. Para el conquistador, la aventura de El Dorado acabó en secuestro, soledad y locura. Su provincia –el sueño del tercer marquesado español en el Nuevo Mundo, tras México y Perú— pasó a ser la provincia fantasma del Imperio español”.

Simón Bolívar escribió en falso desde Caracas: “¡Ojalá no hubiera permitido Dios que se descubriera El Dorado!”
Cuenta el narrador que hubo un hombre de oro, el dorado, en lo que ahora es Colombia: “un jefe que una vez al año se embadurnaba con trementina, le cubrían de polvo de oro y después se lanzaba a un lago. Pero la tribu del hombre dorado había sido conquistada una generación antes de que Colón llegara al Nuevo Mundo. Era un recuerdo de los indios en cuya busca iban los españoles, y el recuerdo se confundía con la leyenda, entre los indios de la selva, del Perú que ya habían conquistado los españoles”.
Los indios, dice Naipaul, siempre hablaban de un pueblo rico y civilizado a escasos días de marcha. A veces se trataba de piezas de oro, finamente trabajadas; en una ocasión se encontró un templo del Sol en la selva; en otra, regresó un explorador enloquecido hablando de una ciudad enorme de calles largas y rectas, con los templos llenos de ídolos de oro. “Después de México, Perú y Nueva Granada, todo era posible”, dice en consonancia con aquel mapa surrealista del siglo XX en el que sólo los dos primeros países citados figuran en toda América Latina.
Allá por 1590 se hablaba de un hombre llamado Albujar, quien pasó 16 años en la selva, único sobreviviente de una expedición en busca de El Dorado casi olvidada, y por las Indias circulaban diversas versiones de su aventura. Debido a fallas en su encomienda como encargado de las municiones, fue condenado a muerte dejado a la deriva en el Orinoco. El resto del grupo fue exterminado, pero el sentenciado, por el contrario, recibió protección de los indios que lo llevaron con ojos vendados a la Gran Manoa, la ciudad del hombre dorado.
“Nadie le vio. Murió en Puerto Rico. Nadie vio las cuentas de oro. Podría no haber existido”, dice Naipaul, mientras que El Dorado, que había comenzado como una búsqueda de oro, se estaba convirtiendo en algo más: una fantasía del Nuevo Mundo, la jauja del ensueño, el mundo perfecto, inviolado.
Hasta ahí Naipaul, que acaso haya escrito, con este título La pérdida de El Dorado (Debate 2001), la más extensa y documentada crónica sobre la fiebre expedicionaria en busca de la mítica Ciudad de Oro. El fusilero releyó al vuelo el texto y, tras una minuciosa revisión de su índice, constata que si hay un país que no aparece citado, ni una sola vez, es Panamá, donde se hizo el hallazgo arqueológico difundido el jueves pasado, un sitio denominado El Caño. No en Brasil, no en Ecuador, no en Venezuela: en Panamá.
El Dorado, este sueño embriagador no sólo de españoles, sino también de los ingleses del siglo XIX, fue alguna vez inspiración de Edgar Allan Poe, quien escribió un poema con ese nombre:
Arrogante y orgulloso,
Un armado caballero,
Por la luz y por la noche, alucinado,
Y cantando
Sus canciones, fue vagando
En busca de la tierra de Eldorado.
Pero vano fue su esfuerzo
Y ya anciano el caballero,
Sintió el corazón preso de la sombra
Al pensar que nunca llegaría el día
En que hallara aquella tierra de Eldorado.
Ya agotado, vacilante,
Encontró una sombra errante.
“Sombra” –díjole febril y esperanzado-
A mi súplica responde:
“¿Sabes dónde
Hallaré, la ignota tierra de Eldorado?”
–En la luna, detrás de extrañas
Y fatídicas montañas,
en el Valle de las Sombras-
Respondióle: –Adelante, peregrino,
Si es que buscas esa tierra de Eldorado.