Elogio de la sombra

POR Gabriel Ríos
Junichiro Tanizaki escribe, casi al final de su texto, que el Tokio de los años 30 es el lugar donde se muestra la intoxicación de la luz que ha llegado desde Occidente
Imagen de 1964, tomada de la adaptación de Sueño carmesí de Tanizaki (vertigomagazine.co.uk)
¿Minimalismo de Junichiro Tanizaki cuando exorciza la transexualidad del teatro noh? Descubrimos su parte oscura en La transparencia del mal, de Jean Baudrillard. Es un comediante que en la intimidad de la escena recupera su cuerpo que se pierde y recupera en el placer de defecar sobre un retrete de madera.
Lo imitamos, y al sentarnos en el “trono” pensemos en cómo nos hubiera ido si las culturas del mundo fuesen diferenciadas. Saboreamos el sushi, como se describe en El elogio de la sombra.

Nos permitimos un comentario sobre una lectura relacionada con el México antiguo: cierta mañana colonial, cuando entre la bruma espesa, fray Francisco de Ajofrín confundió al zopilote con una avestruz negra, imaginándolo seguramente en la mesa, listo para degustarlo, con un grano de maíz en el pico.
De la misma manera que a las cocineras mexicanas del siglo XIX les encantaba el uso de las especias, esa gran contribución de las culturas morisca, judía y española, así también les hacían asco a los utensilios de peltre que volvían insípida la receta.
Pensamos lo mismo del platillo sugerido por Tanizaki, que nos recuerda canciones de amor, como “Tristesse”, interpretada por Tino Rossi, o “La vie en rose”, por Edith Piaf.
Aprovechando el envío, en cintas francesas recientes admiramos con amplitud la tez femenina de jóvenes que posibilitan y se muestran sin titubeos, por lo que Junichiro Tanizaki se considera orgulloso de su predilección por la sombra, el agua de la vida.
(mutanteggplant.com)
La sola idea de exhumación de Tanizaki, nada más por el gusto de recordar el papel húmedo, silencioso y terso, nos hace transpirar en la superficie de las paredes del toko no ma, la marca que impone el ensayo del autor de Hay quien prefiere las ortigas.
Tanizaki escribe, casi al final de su texto, que el Tokio de los años 30 es el lugar donde se muestra la intoxicación de la luz que ha llegado desde Occidente.
No es casual que al usar palabras como transexual, la mirada del esteta japonés tenga el sentido que da Jean Baudrillard, en su libro De la seducción: el cuerpo es la prótesis o el juguete de la conmutación de los signos del sexo: un objeto semiúrgico.
El engaño sobre el otro al que hemos llegado nos permite no repetirnos hasta el infinito: el artefacto aparece inaprehensible, escribe Baudrillard. El deseo es en sí mismo inseparable e inaccesible al análisis, eternamente versátil, irónico, decepcionante.
Mofándose de las manipulaciones, las japonesas pierden la huella propia, y sólo obedecen a algo inhumano que no está inscrito en la interioridad, sino en el vértigo o centelleo.
Esa es la disipación en la que vivimos, y sólo nos queda disimular que aceleramos en el mismo sentido, pero en realidad, como les pasa a los personajes de la obra del cineasta Bruno Dumont, viajamos en el vacío.
Como hijos de Dios aparecemos en la saturación y exterminación. En esta fase fractal, dice Baudrillard, ya no existe equivalencia, sólo una epidemia de valor.
En El elogio de la sombra llama la atención que Junichiro Tanizaki evoque a  mujeres, a través de fragmentos de piel de actores adolescentes.