Éter es (donde lo divino se revela) de Pura López Colomé

POR Gabriel Ríos
La poética de Pura López Colomé es parte de la ley que no puede estar en la voluntad de Dios como lo creen los ocasionalistas, sino en el cuerpo mismo, en la naturaleza como fuerza de actuar y padecer al mismo tiempo
(poetryfoundation.org)
Primero habla de la discontinuidad de su vida, luego de una lectura sobre la fotografía del instante y en seguida del sueño donde aparece la sintaxis de la ausencia. Ofrece un vistazo al pliegue, cosa que reconforta.
Los poemas de Pura López Colomé surgen de la materia errante, cuya imagen es un estanque que se llena de flujos y ondas; de la desviación o el precepto de la muerte; es la voz de una poeta que se torna imprescindible cuando se refiere a las almas de la nostalgia.

López Colomé escribe de la pasión como de un sentimiento pasivo, por lo tanto de nuestro poder de ser afectados que se encuentra en calma desde el comienzo de nuestra existencia por ideas inadecuadas.
De acuerdo con Gilles Deleuze un modo cambia de cuerpo o de relación, saliendo de la infancia o entrando a la vejez entre cambios inservibles. La relación que caracteriza a un cuerpo y su poder goza de un límite. La fuerza quieta nada expresa, salvo la imperfección del finito.
En ese sentido, la poética de Pura López Colomé es parte de la ley que no puede estar en la voluntad de Dios como lo creen los ocasionalistas, sino en el cuerpo mismo, en la naturaleza como fuerza de actuar y padecer al mismo tiempo; entonces, abreva en el surco del conatus o la causalidad, que es el camino de Dios.
(mexicosf.com)
En Éter es, López Colomé menciona el efecto, que no es otra cosa que la huella de un cuerpo sobre otro; una serie de pequeñísimos dolores que se manifiestan en el nacimiento del placer, en la depuración del alma y el lenguaje que se expresa al no poder recordar el Padre Nuestro ni la evidencia hoy borrosa de ese reino. Además del miedo de no poder decir algo en español y de las estrellas que no reflejan su existencia en el óvulo.
De ahí en adelante el poema Espíritus habla con intervalos a esa segunda persona, de la vanagloria y el quebranto, de la penitente o peregrina a la que sólo la podrá resarcir la memoria.
López Colomé va sola y por su cuenta: mira las estrellas del Celeste y llora. Hace El recorrido de San Juan y un rato después adivina añicos, creyentes, tiaras, hábitos, estolas. Su poesía muestra el ritmo de las Esferas celestes, vivas, con Hybris mayúscula; la Transfusión, en la cual apenas deja de padecer su ignorancia y deja de ser en una serie de horrores que se manifiestan en el nacimiento del deseo. Es entonces cuando se infiltra por vez primera el éter, llueve y esplenden las flores.
El Discurso o los claroscuros del alma; de donde la sombra que reverdece no la deja mirar nada; se acuerda y reza y surge una imagen de una poza que se llena de pronto de inmateria (una voz profunda de pozo, de diarios íntimos me ordena rezar, rezar incesantemente): Ya te vi.
Los reflejos de agua han sido poblados. Es una declaración lumínica de Pura López Colomé quien descubre al Cordero en la Cantata; entramos al surco, como sería el encontrar la letra o el mensaje: hijito, acuérdate mucho de mí; del Santo Niño de Atocha a la figura de Seamus Heaney, quien ha podido ver lo divino en el fondo del pozo y lo ha compartido.