La biblioteca Peña

POR Alfredo C. Villeda
Cuando un político con licenciatura sólo atina a balbucear el título de la Biblia como uno que lo marcó, y acto seguido todo se nubla, queda exhibido el exoesqueleto del hombre que todas las encuestas ponen como favorito de las masas para ser el nuevo presidente
El escenario, inhóspito para los ajenos a los libros (viajes.aeromexico.com)
La escena invoca el comienzo del Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, cuando un conductor se detiene en el semáforo rojo y ya no sabe más, porque una vez que la luz cambie a verde, él habrá perdido la vista. Descontrol, nerviosismo, estrés. El entorno se vuelve inhóspito, sus habitantes hostiles, pero por la discapacidad del extraño. Como ese personaje, Enrique Peña Nieto manejaba la situación hasta que llegó a un punto en el que se le marcó alto con una solicitud inocente, cajonera, obligada en un acto como la Feria Internacional del Libro: que citara tres lecturas. Y como el cochero de la novela del portugués, el mexiquense hizo agua.

Qué más quisiera el ciudadano que los gobernaran hombres sabios. Pero esa esperanza queda relegada siempre por las necesidades inmediatas: alimento, seguridad, techo… El círculo rojo, dependiendo de sus filias y fobias, demandará congruencia, pragmatismo, altura de miras y todo ese vocabulario con el que se entretiene durante sus juegos de vencidas. Al gran Platón le parecía natural pedir de un gobernante incluso destrezas gimnásticas y José Vasconcelos, a juzgar por algún fragmento de Ulises criollo, tomó el consejo al pie de la letra, al grado de presumir entre líneas sus atléticos brazos gracias a las argollas.
Ni la gimnasia ni la lectura, pues, garantizan un buen gobernante. ¿Quién se acuerda ahora de Vaclav Havel, el dramaturgo que encabezó la República Checa y designó ministro de Cultura al músico Frank Zappa? Pero qué mejor tener autoridades leídas. Porque si además de su depauperación intelectual son torpes en el manejo de la administración pública, en la detentación del poder, la trama se complica. Sin temor al error se puede aventurar que nueve de cada 10 mexicanos deben declararse marcados por la Biblia, esa primera gran obra de la literatura escrita en lenguas vulgares, sea porque en efecto le han dado su hojeada, sea porque se las resumen desde los púlpitos cada domingo.
(sdpnoticias.com)
Así que cuando un político con licenciatura sólo atina a balbucear, desesperado, incómodo en un presídium libresco –que le origina urticaria por el abismo que los separa—, el título de la Biblia como uno que lo marcó, y acto seguido todo se nubla, pierde el control, cierra los ojos y cuando los abre se da cuenta de su ceguera, cuando eso pasa queda exhibido, en una pieza, el exoesqueleto del hombre que todas las encuestas ponen como favorito de las masas para ser el nuevo presidente. La Biblia, dijo. A falta de algún título, la Biblia.
Pero en primaria debieron mencionarle el Quijote, que en un cuento grandioso Jorge Luis Borges atribuye a Pierre Menard. En secundaria, Enriquito debió saber de Juan Rulfo y El llano en llamas. En la prepa el programa incluye a Shakespeare, a Dante, a Molière, a Poe. Sí, sí, el fusilero habla desde su condición de ex estudiante de escuela pública, de ex alumno de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, pero conoce de cursos en el ámbito privado que no desdeñan la literatura. Mas no, Peña Nieto eligió la Biblia. Ni siquiera los panistas, en medio de sus errores ante la misma pregunta, se atrevieron a dar esa respuesta, antes bien prefirieron jugársela y hacer el ridículo, como Ernesto Cordero con “Isabel” Restrepo y José Ángel Córdova diciendo que su favorito es El Principito, de Maquiavelo.
Quien haga suya la prepotencia de dar consejos a un político sólo puede ser otro político, es decir, un ejemplar de la misma especie, aunque más despreciable. Por eso quizá baste citar un poema del gran José Emilio Pacheco, titulado “El libro” e incluido en la recopilación Tarde o temprano del FCE, que debiera figurar en la biblioteca Peña: “Lo compré hace muchos años. Pospuse la lectura para un momento que no llegó jamás. Moriré sin haberlo leído. Y en sus páginas estaban el secreto y la clave”.