Maria desdichada Callas

POR Óscar Garduño Nájera
Fra le tazze più viva è la festa.
Violetta Valéry. La Traviata.
(listal.com)
Supongo que me enamoré de ti por La Traviata de Verdi y por tu hermoso papel de Violetta Valéry. Desde entonces acudo a tu voz cuando dejo las fuerzas de lado, cuando una manera más de perder el tiempo es abrazarse a unas caderas femeninas, beber cerveza, llorar y maldecir entre dientes, galopando a lomo desnudo a tu lado, pues múltiples son los caminos que conducen a tu bel canto, ya que siempre tienes los brazos abiertos para quien quiere encontrar ahí el consuelo que tú nunca tuviste durante tantas desgracias que vino a significar una vida por demás llena de triunfos y fracasos.

Uno puede trepar por el aire con tu voz y tender trapecios de un circo cuyas funciones son el drama y la comedia, la alegría y la desdicha, ese encumbramiento tuyo más allá del éxito y tu caída estrepitosa. ¿De dónde tanta voz, Callas adorada? ¿De las constantes presiones que tuviste durante tu infancia, de que te calificaran de “gorda” al compararte con tu hermana? ¿De ese amor tuyo tan maldito como dicen deben ser los “buenos amores” aunque los “buenos amores” siempre terminen por irse al carajo?
Del impulso primigenio de tu garganta te dedicaste a conquistar el mundo tras debutar en el Teatro Lírico Nacional de Atenas con la opereta de Boccaccio, y te diste a la tarea de rechazar las propuestas de Edward Johnson, director general del Metropolitan Opera House, cuando te ofreció importantes papeles en Fidelio de Beethoven, y Madama Butterfly de Puccini, porque sabías bien que no era ese tu momento, porque habías llegado para devorar un mundo y ese apenas era el comienzo.
Luego conseguiste enfrentar a mamá, superar regaños y comparaciones, convertirte en la mejor exponente dentro del género del bel canto, porque ahí, tú lo sabías bien, no era suficiente cualquier esfuerzo y todo parecía irse a la chingada; tenías que ir más allá hasta experimentar una luminosa transformación de la que incluso tú misma te mostraste asombrada: pararte en el escenario, aguardar a que el telón se abra, y entonces sí, querida Callas, conseguir que tu existencia fuese algo más que un recuerdo en boca de extraños para viajar en ese canto que a la vez erigía monumentos.
(i-italy.org)
Hay al menos dos trazos de un ilustrador malvado que te persiguieron durante toda la vida. El primero de ellos es la desconfianza que siempre experimentaste frente a tus magistrales capacidades, la exigencia más allá de cualquier limite en busca de una perfección que llega tras mucho trabajo, tras andar sobre la cuerda floja del rigor que exige cualquier disciplina artística. Por eso también bajaste de peso para representar a una exigua Violetta en una puesta en escena de Luchino Visconti y, quizás, en el fondo, las reprimendas de aquella madre tiránica nunca consiguieron desaparecer del todo; también te decepcionaste de tu público, aquella inerte bestia capaz de las más puntiagudas crueldades con tal de obtener su propia satisfacción: hedonismo rampante forjado en torno al espectáculo. Y cuando les fallaste, Callas, cuando en 1961 te abuchearon al presentar fallos vocálicos, supiste que frente a ellos toda ofrenda está condenada, que siempre habrán de pedir más y más hasta acabar incluso con su objeto de adoración.
El otro trazo, mi temperamental Callas, es el de tus amores. Y aquí, chingao, sí dejaste la vida. Aunque, a decir verdad, ese último gran romance fue el que tejió la pendiente por donde habrías de rodar, mi amorosa Callas, cuando Aristóteles Onassis decidió cambiarte por una auténtica histérica y pintar desiertos frente a tu canto, pues acaso antes que cantar para los otros, para ese público canalla, cantaste para él, embelesada en cada tono con la flor de sus besos en ese estúpido amor que posteriormente él intentó retomar para toparse con la mudez ahora sí de tu indiferencia. Pero ya te había jodido la vida, mi Callas, y con esta también se desmoronaba tu voz.
Era la hora de emprender la retirada y comprobar que de nada te serviría la fama, el dinero y los halagos si el destino, tan semejante al que experimentaban tus mejores personajes, te había arrebatado los extraños mecanismos que te llevaban día a día a ponerte de pie: el amor y el canto, los dos tan unidos pero tan distantes, justo como quedarías tú al tomar la decisión de abandonar los escenarios para que tus cenizas trazarán sombras perennes en la piel del mar Egeo, donde ahora mismo, aseguran, se escucha tu canto por las noches.

1 thought on “Maria desdichada Callas

  1. Me parece que esta serie de textos sobre mujeres prominentes, que siento tan forzado, es un total desperdicio de tu gran talento como escritor de narrativa y articulista. El primer y más grande error es colocar un adjetivo en medio del nombre de cada mujer sobre quien escribes. ¿Rita “guerrera” Guerrero”? ¿Realmente? Con la sutileza de tu pluma y la capacidad que tienes para la ironía, ¿por qué aceptaste este trabajo por encargo?

Comments are closed.