Myra Hindley/Ian Brady: fueron más de cinco

POR José Luis Durán King
Tras permanecer en el encierro por varias décadas, un par de asesinos decidió dar pistas de una serie de homicidios que la policía no pudo resolver en su momento
Jenny Tighe (escritoconsangre1.blogspot.com)
Para Jenny Tighe, de 14 años, el 30 de diciembre de 1964 fue un día muy especial. Se había arreglado para la ocasión con su abrigo azul y su collar de terciopelo. Eran casi las 4 de la tarde y debía apresurarse o, de lo contrario, perdería el estreno de Goldfinger, la tercera película de la saga de James Bond. Su viejo padre le había dado dinero para el boleto. Jenny sabía que era muy fácil quitarle unas monedas a su progenitor, a quien su esposa lo había abandonado para irse con otro hombre. Jenny se había quedado con él y eso le concedía ciertos beneficios, no obstante que su papá se había vuelto a casar.

De prisa, Jenny salió de su casa en Knotts Lane, Odham, en el Reino Unido, y caminó hacia la parada del autobús que la llevaría al centro. Eso fue hace casi 46 años y, desde entonces, nadie la volvió a ver.
Jenny era una adolescente un tanto descarriada. A la escuela iba cuando quería y prefería quedarse en su habitación y escuchar los programas de radio dedicados a los Beatles. Pese a ser hija del primer matrimonio, su madrastra la traba bien y no se metía en la forma en que su esposo la educaba. Pero la madrugada del 31 de diciembre de 1964, al ver que Jenny no llegaba y después de haber recorrido los clubes nocturnos de Manchester y de pedir la colaboración de la policía para encontrarla, le reprochó su falta de carácter para meter a la joven en cintura.
Asesinos maduros
Ian Brady (mirror.co.uk)
Desde mediados de los años 80, dos asesinos maduros, un hombre y una mujer, permanecían tras las rejas, solicitando cada año su libertad bajo palabra. Ambos alegaban que habían pagado su deuda con la sociedad. La mujer era una fumadora fuerte y en el encierro había desarrollado el gusto de acostarse con otras internas. El hombre comenzaba a padecer cataratas, lo que no le impedía entregarse a su verdadera pasión en el aislamiento: la lectura. Cuando salía de su celda era para dar clases de Braille a sus compañeros ciegos. Esa actividad le proporcionaba un sentimiento de superioridad sobre otros reclusos. De hecho, siempre se había sentido por arriba de la humanidad.
En 1987, pese a que la pareja no se había visto desde 1965, en un intento por alcanzar su libertad bajo el supuesto de que deseaban estar limpios al momento de abandonar la prisión, confesaron el asesinato de Keith Bennett y Pauline Read, de 12 y 16 años, que, sumado a otras víctimas, daba hasta el momento la cifra de cinco homicidios en una saga que abarcó de 1963 a 1965.
La confesión contribuyó para que el caso de la mujer fuera revisado y, cuando al parecer, estaba más cerca de alcanzar su anhelo por tantos años acariciado, la asesina murió en 2002 de enfisema, a los 60 años. Antes, sin embargo, conversó con su amante Linda Calvey, una viuda negra con la que compartía las asperezas de la prisión, y le confesó que ella y su novio habían matado a otras personas, además de los asesinatos del conocimiento público.
El abogado del diablo
(mirror.co.uk)
¿A cuántas personas más se refirió la mujer? Un intento de respuesta lo proporcionó el asesino que sobrevivió. Cuando le fue notificado que todavía pasarían muchos años antes de que incluso se planteara su probable liberación, el hombre comenzó una huelga de hambre en protesta por lo que él consideraba una injusticia. Para emprender una batalla legal contrató a Giovanni di Stefano, conocido en el medio jurídico como El Abogado del Diablo, debido a que representó a Saddam Hussein y al peor asesino serial que ha brotado en suelo británico, el doctor Harold Shipman.
Pese a su experiencia y su mote, Di Stefano se impactó con las historias que el asesino le narró. Cambiando prácticamente de bando, el profesionista convocó a una conferencia de prensa para declarar que tenía sospechas fundadas de que su cliente y la novia de éste habían terminado con la vida de al menos 20 personas.
Como parte de la investigación para soportar la defensa, el asesino le confesó dónde tenía guardadas algunas pertenecías personales que la policía no pudo confiscar al momento de ser detenido. Entre esas cosas había varias fotografías y objetos, entre los que el abogado encontró una tarjeta postal enviada a Jenny Tighe.
Con la nueva información y los trofeos, la policía tenía en su haber 17 posibles asesinatos que en su momento no se resolvieron, entre ellos el de Jenny Tighe, quien nunca llegó a la parada del camión que la acercaría al cine, pues al parecer en el camino se encontró a sus “amigos” Ian Brady y Myra Hindley, que se ofrecieron a darle un aventón que la acercara a su destino. Y así fue, aquel aventón la llevó a su destino final: morir como parte de la diversión de la pareja más sádica de asesinos de Inglaterra.