Plegaria del corazón

POR Gabriel Ríos
Con esa otredad en la vida, Juan García Ponce, ilustra sus asertos con elementos irracionales. Como en la pintura de Alberto Gironella, destructivos de impulso bárbaro hacia los orígenes
(letraslibres.com)
Repetición y diferencia en sus temas profundamente sexuales: Juan García Ponce ofrece siempre el anhelo del espíritu adolescente en su narrativa, pero también en sus ensayos literarios y de arte. Es el humor de la corza, la emoción plena, la irrupción de la lujuria.
Obra pasional, como la de Roger von Gunten, donde las mujeres se traicionan a sí mismas, se sirven de su belleza, y un oscuro elemento de destrucción las amenaza. La multiplicidad de los sentimientos de Juan García Ponce es plegaria del corazón que nos lleva al sentido animal satisfecho.

La violencia del pensamiento tan querido por nosotros sus lectores se da porque nunca se instala en la comodidad que ofrece la cultura, sino en el entorno de los protagonistas de novelas como Santuario de William Faulkner: también, por sus aproximaciones a las prostitutas de imaginación suprema.
Todo lo que quisiéramos sería fundirnos en lo real e imaginario “para que los justos se indignen”, se lo decía Luis Buñuel a Max Aub. La creación da vida al creador, refiere García Ponce, al platicarnos de la obra de Inés Arredondo, de sus grandes y complicados personajes.
García Ponce anota sobre la autobigrafía de Reynaldo Arenas: de Antes que anochezca, entresaca una aventura erótica del escritor cubano, que con los árboles de tallo blando, como lo es el papayo, de niño los abría para introducir su sexo.
Entre la vida y la muerte, las obras de San Juan de la Cruz y William Styron; los trazos del escritor estadounidense y su tendencia a la melancolía; sin duda, la precisión y la coincidencia con la que aborda la literatura de Raymond Carver: la ironía va implícita, pues Cuentos del primer mundo es la esencia misma del ser del ciudadano estadounidense.
Los libros no son la vida, pero como las obras de arte nos dan la imagen más precisa de la vida, y al hacerlo se crean a sí mismos, lo explica Juan García Ponce, prendiendo la mecha de un diálogo sostenido sobre el mundo de Julian Barnes, autor de El loro de Flaubert, “una novela que hace critica y se realiza así como novela”.
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Al abordar a Klossowski, el asunto se torna realmente asombroso; de ahí en adelante todo quedará en manos de otro artista para hacer real la aventura. Las voces se multiplican. De ellas va surgiendo el suceso, pero entonces sabemos que no es casual, es un incidente deseado. En otro momento, García Ponce expresa que la misión del arte es provocar resurrecciones, tan fáciles para los mitos y tan difíciles para el artista que sólo cuenta con el poder del lenguaje.
El carácter fantasmagórico del sucesor que transforma o revela mejor la naturaleza de cada acontecimiento: El hombre sin atributos, novela de Robert Musil, en la cual se conservan las dos vertientes que hacen visible a Kakania, antes de la aparición de Agathe, e incluso cuando ella se va a casa de su hermano en Viena y es testigo de una parte de la Acción paralela.
Podríamos tomar un respiro para releer Crónica de la intervención o De ánima, sólo para recobrar la memoria del orgasmo; mediante una virtual erudición, analogía y descripción de su autor, Remember to Remember; asistimos de igual forma a los escritos de Henry Miller, desde los dos polos de su amor: Brenda y Cora Stewart.
A propósito de algunos comentarios que le brinda a Octavio Paz, recordamos el libro del poeta, La llama doble, donde el erotismo es el chasquido de ramas en la espesura de la noche. El dios Pan es el propio miedo que precede a la pasión. El placer de la protagonista del poema de Teócrito, Los filtros mágicos, Simeta, invoca a Selene y evaporada de sí hace uso de Cantos y Carmen: el efecto de la incantatio, el azar de un gesto, lo crudo de la seducción, el desafío, la inauguración del amor loco, el que se percibe mejor a sí mismo y se mide en el dolor y enfriamiento de que es capaz.
Los ensayos de Juan García Ponce están sustentados en la disciplina, en el amor al arte; es una farsa del cuerpo, el secreto del erotismo que es una mentira que oculta una verdad: es la obligación por parte de autor, para permitirnos alcanzar la categoría de esa mujer vestida de sol.
Con esa otredad en la vida, Juan García Ponce, ilustra sus asertos con elementos irracionales. Como en la pintura de Alberto Gironella, destructivos de impulso bárbaro hacia los orígenes. Para hacerlos renacer en el nuevo orden cósmico que incluye la intimidad que se produce al vivir en un mundo de sucesos garantizados por su singularidad.