Sobre la mejora de la buena nueva

POR Gabriel Ríos
El filósofo alemán se consideraba un lector de sí mismo, entendido el hecho por el agresivo ejercicio, realizado desde su propia persona; había descubierto que el sexo y el miedo encubrían algo verdaderamente diabólico: la forma más dañina de crear al mundo
(davemckay.co.uk)
Soy un alegre mensajero, decía Nietzsche, agradecido de la vida. Es claro que lo expresaba en un momento de precisión iluminada. Podría ser un segundo, lo suficiente para considerarlo, refiere Sloterdijk en el libro Sobre la mejora de la buena nueva, e insiste en que tal regalo lo hemos recibido, muchos años después, innumerables lectores, no importando si todavía conservamos ciertos rencores.

Sloterdijk duda de los santurrones, estafadores y explotadores de la filosofía de Nietzsche, que bajo un sistema muy sencillo, el de recortar y pegar, encuentran que no hay divertimento mayor del público y auditorio que la imaginación del mundo globalizado. Por supuesto que el life style de Nietzsche nada tuvo que ver con el fenómeno, pues el dibujo propio del pensador alemán tiene sus bases en la generosidad, en asegurar referencias visibles, que no tienen  nada que ver con lo kitsch o la reproducción mecánica del éxito.
La famosa frase nazi de no sentirse bien si no se desprestigia a los otros, se actualiza a cada momento. Esto lo leo en una librería ubicada en un centro comercial, la más sofisticada de la Ciudad de México.
Ahora me explico por qué tengo tantos problemas interpersonales, si desde hace algunos años hago causa común con los desposeídos, con los débiles de espíritu. Recuerdo vívidamente mis visitas continuas a la cantina El Tío Pepe; esa noche memorable, en la que Alfredo, el cantante, nos obsequió con unas copas, producto de sus ahorros. ¿Acaso sabía ese hombre que iba a morir de hipotermia la madrugada siguiente, en el quicio de la puerta?
Era cierto que los asiduos considerábamos Así habló Zaratustra de Nietzsche nuestro himno. En lo personal a mí me gustaba, porque se dirigía a los ególatras, a lo mejor, y por qué no, a borrachos como nosotros.
Peter Sloterdijk (top-people.starmedia.com)
Sloterdijk afirma que Nietzsche más que un sol es un cuerpo de resonancia, un auténtico líder de tendencias. Con razón se consideraba un lector de sí mismo, entendido el hecho por el agresivo ejercicio, realizado desde su propia persona: había descubierto que el sexo y el miedo encubrían algo verdaderamente diabólico: la forma más dañina de crear al mundo.
A propósito, comenta Peter Sloterdijk, autor de Esferas, que todo lo que hasta la fecha se presenta como el orden moral lleva la firma de la venganza.
El impulso más primario, asegura Nietzsche, es el afecto religioso, la auténtica confesión de fe, que entra en abierta oposición con las teorías del siglo XX, las del discurso, del psicoanálisis o la deconstrucción. Qué flojera invertir nuestro tiempo en practicar el poder o intentar destapar expresiones inconscientes, si sabemos que el camino al fondo se le llama terapia.
Remontándonos en el tiempo, en el que se consideraba que el Evangelio no necesitaba una mejora, el tramposo Thomas Jefferson redacta la Declaración de Independencia Norteamericana, fundiéndola con una nueva versión de los Evangelios, dejando vivo el deseo de dejar a un Jesús inteligible.
El acto de Jefferson, indica Sloterdijk, nos enseña que las condiciones necesarias para asumir posiciones ventajosas de la tradición cristiana ya eran problemáticas un siglo antes de la intervención de Nietzsche, a quien le interesaba el reordenamiento entre confesiones de fe y cadenas de citas.
Escribe Peter Sloterdijk que lo sugerido por Nietzsche fue renovar desde sus fundamentos lo elogioso del lenguaje y liberarlo de aquello que le fue impuesto por una real actitud de resentimiento metafísicamente codificado.