Andrew Urdiales: el asesino que creía en la beneficencia

POR José Luis Durán King
Tras desnudar a una de sus ocho víctimas antes de asesinarla, Andrew Urdiales regaló la ropa al Ejército de Salvación, pues sabía que ahí harían un mejor uso de las prendas
(cbsnews.com)
Después de ser sentenciado a muerte por el homicidio de una de sus ocho víctimas, Andrew Urdiales tuvo tiempo de platicar con el detective Don McGrath, quien no sólo fue uno de los protagonistas en la captura del agresor, sino que también testificó contra el predador en el caso del sacrificio de Cassandra Corum, quien perdió la vida el 13 de julio de 1996 en Indiana. Al final de la breve charla, Urdiales confesó al detective sentirse muy feliz. Cuando éste preguntó por qué, la respuesta lo dejó con la boca abierta: “Bueno, usted sabe, siento una especie de alegría de que me hayan capturado. Ya comenzaba a sentir la urgencia [de matar] nuevamente.”

Andrew Urdiales era un psicópata, un hombre violento, solitario, con problemas para hablar. Nada le importaba, sólo la gratificación que obtuvo de sus ocho presas. Conoció a Cassandra Corum en un bar de Hammond. Tras acordar tener relaciones sexuales se dirigieron a Wolf Lake. Sin embargo, la pareja comenzó a discutir dentro del vehículo. Urdiales la golpeó a puñetazos, la obligó a desnudarse y la bajó de la unidad en la oscuridad. La mujer, para entonces rogaba por su vida. Cuando estaba a punto de decir algo, recibió un disparo en el rostro. Pero resulta que Urdiales continuaba enojado, por lo que sacó su navaja y la hundió varias veces en el cuerpo muerto de Cassandra. “Sólo era una puta”, dijo con desprecio. Tiempo después, al referirse a su temperamento, afirmó: “Fui entrenado para matar por el cuerpo de Marines”.
Lo peor del caso es que era cierto. Andrew Urdiales provenía de una familia con antecedentes de enfermedad mental tanto por el lado del padre como de la madre. Asimismo, se sabe que el individuo fue abusado sexualmente por algunos de sus familiares y sufrió castigo físico y emocional por parte de sus propios padres. Tras graduarse en la high school Thornbridge de Doloton, Illinois, donde nunca fue popular, se unió al cuerpo de Marines de Estados Unidos.
A la caza del predador
(whomurderedrobbinbrandley.com)
El 14 de noviembre de 1996, el patrullero Warren Fryer, de Hammond, Indiana, detuvo al conductor de una pick up que conversaba con una prostituta. Al practicar una revisión de rutina a la unidad, el oficial halló un revólver plateado calibre .38 especial. Urdiales fue conducido a la comisaría, donde quedó libre después de que el arma le fue confiscada. Para entonces, las autoridades de Riverside y San Diego, a muchos kilómetros de Indiana, andaban a la caza de un homicida serial de mujeres. Pero en ese momento nadie relacionó el arma de Urdiales con la cadena de asesinatos en el oeste estadunidense.
Menos de seis meses después, en abril de 1997, Fryer recibió una llamada que le reportaba una pelea en una de las habitaciones de un motel. Al llegar, el oficial se encontró que uno de los protagonistas de la gresca era un viejo conocido: Andrew Urdiales. La otra parte en la disputa era una prostituta, quien dijo que el motivo del pleito era que ella se había negado a acompañar a su cliente a Wolf Lake, y no sólo eso, la quería llevar esposada y en la caja de la camioneta. Fryer se limitó a decir “¡Ups!, no hagan eso. Hemos encontrado algunas chicas muertas ahí”.
Aparentemente, Fryer no tomó importancia al reporte. Sin embargo, de inmediato recopiló toda la información disponible en torno a Urdiales y se comunicó con el Departamento de Policía de Chicago. La llamada fue atendida por el detective Don McGrath, quien preguntó sobre el arma confiscada a Urdiales en Hammond. El examen balístico resultó positivo con el de las ojivas utilizadas en el asesinato de siete prostitutas, por lo que el sospechoso fue arrestado el 22 de abril de 1997.
Al ver que estaba acorralado, Urdiales comentó a los agentes que tenía “algunos detalles que les podían interesar. Los “detalles” se referían a los homicidios (ocho en total) que había cometido en California (dos de ellos) y el resto dividido entre Indiana e Illinois. Adujo, no obstante, que no era un criminal sin entrañas, ya que la ropa que conservó de una de las mujeres que asesinó, la regaló al Ejército de Salvación, pues “ahí les hace más falta”.
Pero su espíritu samaritano tenía también sus bemoles, ya que, según manifestó, después de dispararle a Julie McGhee, de 29 años, el 17 de julio de 1988, en Palm Springs, California, condujo hasta un bar, donde tomó “algunas cervezas, mientras veía a las chicas bailar”.
En 2004, Andrew Urdiales fue sentenciado a la pena capital y ahora ocupa una celda del corredor de la muerte de Illinois.