Celular Welcome

POR Óscar Garduño Nájera
Tiene la caja de cartón del aparato frente a él, sobre la mesa, una caja más bien pequeña, con atractivos colores en distintas figuras, y el rostro de Antonio es como el de quien acaba de encontrar un tesoro
(cbsnews.com)
Antonio camina unas cuantas calles al salir del trabajo, llega hasta el aparador y se detiene por espacio de unos segundos, mientras sus pocos compañeros pasan atrás de él y acaso le comentan que va a tomar tarde el camión de regreso, y que eso en sí asegura un viaje de pie, un viaje incómodo, pues el trayecto hasta la estación del Metro dura 40 minutos, aunque, claro, el tiempo puede variar debido al tránsito. Antonio hace de oídos sordos a las recomendaciones de sus compañeros y se imagina hablando por el celular que ve al otro lado del cristal del aparador, en una plataforma circular de plástico que gira lentamente, mientras unas lucecitas rojas encienden y apagan sobre un cartoncito donde están escritas las especificaciones técnicas y el precio.

Antonio está frente a él y admite en sus pensamientos, que de ser católico (en realidad nunca se pregunta por la existencia de Dios, por lo tanto concluye que no es creyente), admiraría a ese celular con un fervor parecido. Por supuesto que procurará comprarlo la quincena que viene, porque no en balde ha venido juntando, sacrificando incluso gastos más necesarios.
Aunque sus pocos amigos no lo crean, él se visualiza durante esos segundos con el celular, y piensa en cuál será la mejor manera de impresionar. Puesto que será su primer celular, duda que alguien llame, y si se decide por un mensaje de texto, ¿a quién?, concluye que eso lo pensará después.
II
Ha llegado el momento. Tiene la caja de cartón del celular frente a él, sobre la mesa, una caja más bien pequeña, con atractivos colores en distintas figuras, y el rostro de Antonio es como el de quien acaba de encontrar un tesoro.
Suspira antes de abrir la caja con unas tijeras (aun cuando el dependiente de la tienda ya lo había hecho para insertar en el celular algo que nombró como chip), mete la mano, saca primero un grueso folleto, que es el instructivo de uso envuelto en una bolsa de plástico, y enseguida saca, por fin, el celular.
Oprime un botoncito rojo y lo enciende: luces amarillas parpadean por un instante bajo el teclado numérico, hasta que lentamente ceden el paso a permanente luz amarilla (mientras el celular esté encendido, claro). Después de examinarla minuciosamente descubre una nota musical dibujada en un costado de la caja y queda acechado por la intriga.
III
(munoz.olx.com.ph)
Antonio lleva un día con el celular y uno de sus pocos compañeros del trabajo se ofrece para cargarle música.
¿Música?
Sí: mú-si-ca. ¿No viste la nota musical que traía en la caja?
Además le enseña a utilizar el larguísimo cable junto con los sofisticados audífonos, incómodos al principio, después francamente reconfortantes.
Para cuando Antonio sale ese día del trabajo escucha una canción, que si bien no identifica, sí le gusta, sobre todo en la parte donde el vocalista grita.
IV
Va un poco retrasado (cuestión de unos minutos) y en el camión le toca ir de pie. En cuanto paga a un mal encarado chofer termina la canción. Mientras sus dedos se entretienen con el cable de los audífonos, observa la pantalla de su celular, tratando de recordar cómo demonios le tiene que hacer para pasar a la siguiente canción (incluso llega a dudar de su compañero). Una persona mete el codo en su espalda, lo empuja y Antonio comienza a sudar.
Aprieta el botón equivocado y la música desaparece por completo de la pantalla. En su lugar aparecen letras doradas que dicen WELCOME y él maldice el instructivo después de recordarlo sobre la mesa, cubierto incluso de polvo, dentro todavía de la bolsa de plástico.
El camión repentinamente frena y su celular va a dar al piso, entre decenas de zapatos y calcetines, jalando el cable de los audífonos y lastimando las orejas de Antonio. Una amable señora le regresa el celular. Una vez que revisa el estado de la pantalla (afortunadamente en buen estado) viene la proeza de desenredar el cable, arrugado entre sus dedos, quizás con algunos nudos.
Con una mano lo intenta, mientras que con la otra agarra el tubo del asiento, junto a otras dos manos. Conforme más trata de desenredar el cable de los audífonos más parece enredarse; incluso se abraza al celular, como si tuviera brazos. Es inútil.
Antonio jura que está a punto de darse por vencido. Y el camión enfrena nuevamente. Y si bien ahora no sale el celular volando, sí se enreda más el desgraciado cable. Como una de sus últimas opciones trata de zafarlo de la ranura del celular y no puede. ¡Ya está!: se rinde y en un arranque de ira troza el cable. Sin embargo, cuando el cable emprende el veloz vuelo por el aire denso comienza a sonar la segunda canción por las pequeñas bocinas que sirven de altavoz del celular, sonrojando a Antonio frente a la mirada inquisitorial de los demás pasajeros, sumidos ya en el estrés del viaje.
V
(shikow.blogspot.com)
Toca el timbre mientras el cable ahora se enreda en sus manos, y mientras no encuentra la manera de callar la segunda canción, y baja. Camina unos cuantos pasos y el celular avisa una llamada entrante. Antonio contesta, entre sorprendido y alegre. Número equivocado. Con una sensación de rabia se pierde en la avenida a paso lento. A un lado, sobre un alto edificio, se erige, en un nuevo espectacular, ese otro celular de la siguiente generación, ahora incluso con cámara fotográfica de alta resolución y mayor capacidad para canciones.