Gordon Cummins: el que acecha en las tinieblas

POR José Luis Duran King
Los apagones en Londres durante la Segunda Guerra Mundial fueron el escenario para que un espectro atacara y asesinara a cuatro mujeres. Tres de ellas fueron mutiladas después de morir. Los periódicos llamaron al predador El Destripador de los Apagones
(ww2f.com)
El reino de la oscuridad siempre ha pertenecido al subsuelo de la sociedad, es el lapso favorito de la violencia gratuita, del vandalismo. Durante la Edad Media, la noche era considerada como la puesta en escena de Satán. Pero la noche no sólo ha sido propiedad exclusiva del último de los grandes rebeldes; en la oscuridad, también ha desfilado el imperio del insomnio y sus grandes ejércitos conformados por duendes, ánimas, espectros, brujas y, por supuesto, asesinos.

La oscuridad de las grandes urbes europeas fue una de las características de la Segunda Guerra Mundial. En Londres, la noche era verdaderamente negra, al no existir la luz de la calle, que se apagaba a propósito para evitar ser blanco fácil del bombardeo aéreo de la Luftwaffe, la poderosa y temible fuerza aérea alemana. Pero, para que las calles carecieran absolutamente de cualquier resplandor, las ventanas de las casas se pintaban de negro, las cortinas eran del mismo color; lo mismo aplicaba para oficinas y fábricas. Dentro y fuera de las casas, sólo había noche, un mundo de sombras que durante seis días de febrero de 1942 sirvió de escenario para que un espectro atacara y asesinara a cuatro mujeres. Tres de ellas fueron mutiladas después de morir. Los periódicos de la época llamaron al oportunista predador El Destripador de los Apagones.
La pesadilla comenzó el domingo 9 del mes y el año referidos líneas arriba. El cuerpo de Evelyn Hamilton, de 40 años, fue abandonado en un refugio contra ataques aéreos en Montagu, en el distrito londinense de Marylebone. Había muerto por estrangulación y, debido a que no presentaba huellas de violación o mutilación sexual, además de que las autoridades no encontraron su bolsa, monedero o reloj, se especuló que había muerto durante un robo.
Sin embargo, al día siguiente el asaltante nocturno volvió a atacar y esta vez demostró que el acto de matar por sí sólo le resultaba muy simple. Evelyn Oatley, de 35 años, quien al igual que muchas mujeres de ese entonces sobrevivía ejerciendo la prostitución, eligió al cliente equivocado. En su apartamento de la calle Wardour, en el distrito de Soho, fue estrangulada. Pero no sólo eso. El agresor se divirtió en grande con el cuerpo desnudo de la mujer, a la que rebanó la garganta, mutiló senos y vagina y, finalmente, abrió en canal. El presunto asesino, bastante desorganizado por cierto, dejó huellas dactilares al por mayor, además que por los ángulos de los cortes los peritos determinaron que era zurdo.
El martes 11, otra prostituta ocasional, Margaret Florence Lowe, de 42 años, fue asesinada en el interior de su apartamento en la calle Gosfield. Murió estrangulada con una de sus propias medias y fue mutilada con un cuchillo y con navajas de afeitar. El forense Bernard Spilsbury, al examinar la escena y naturaleza del asesinato, alertó a los policías de que enfrentaban a un hombre que se transformaba en lobo a causa de su “salvaje instinto sexual”.
El miércoles 12, la señora Doris Jouannet, de 40 años, fue asesinada en un apartamento de dos recámaras del distrito Paddington que compartía con su esposo, quien era gerente de hotel. Jouannet aprovechaba la ausencia de su esposo para ligar hombres en la plaza Leicester. Sus aventurillas le costaron ser estrangulada, violada y sexualmente mutilada. Este cuarto homicidio confirmó a la policía que el criminal era un individuo que se excitaba con la visión de las vísceras humanas, sobre las que eyaculaba.
Número de serie
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La pérdida de la secuencia resultó un mal agüero para el asesino. El 14 de febrero, cerca de Piccadilly Circus, Greta Hayward fue atacada por un hombre que portaba una máscara antigás. La presencia intempestiva de un niño impidió que la mujer fuera asesinada. Hayward salvó la vida y pudo recordar ante las autoridades que la máscara tenía el número de serie 525987. El código en la máscara condujo a la policía hacia Gordon Frederick Cummins, de 28 años.
Gordon Cummins había nacido en York durante la transición de 1913 a 1914. En 1936 contrajo matrimonio con la secretaria de un productor teatral. Se desconoce si procreó hijos. Lo que es un hecho es que sus conocidos lo apodaban “El Conde”, por las ínfulas que se daba acerca de un linaje del que por supuesto carecía.
Cummins fue detenido el 16 de febrero de 1942. No tenía antecedentes penales. Aparentemente era un tipo tranquilo. Sus huellas dactilares, además del serial en su máscara de gas, lo condujeron al patíbulo. Para entonces, Scotland Yard había revolucionado el mundo de la investigación forense con la interpretación de las huellas dactilares recabadas en los escenarios de los crímenes.
Gordon Frederick Cummins fue un fenómeno homicida, diferente al delincuente común de tiempos de guerra. Durante los apagones actuaban bandas de jóvenes y adolescentes que aprovechaban la oscuridad para robar. Otro delito bastante socorrido fue el saqueo de casas, tanto que los flemáticos ingleses pedían a gritos que se copiara a los nazis, que habían impuesto la pena capital a los saqueadores de propiedades.
Años después, Scotland Yard tuvo evidencias que vinculaban a Cummins con otros dos homicidios ocurridos en 1941. Pero, para entonces, el sospechoso era un recuerdo: había sido colgado el 25 de junio de 1942 en el sótano de la prisión Wandsworth. Su ejecución ocurrió durante un ataque aéreo nocturno.