Josefina Vicens: la historia sencilla de un hombre sencillo

POR Óscar Garduño Nájera
Las buenas novelas inician siempre con una frase llena de luz o de oscuridad. Por eso el vine a Comala. Por eso en un lugar de la Mancha. Y dar con ella no es nada sencillo
(alejandrotoledo.blogspot.com)
Josefina Vicens descubre el vacío, juega con él y nos lo entrega no sólo en un título de novela. Y mira que de aquí parte su fama. Tan sólo con dos novelas publicadas. Unos cuantos guiones también, entre los que destacan Los perros de Dios y Renuncia por motivos de salud. Paralelismo literario con Rulfo, por cierto. Extrañamente, los dos personajes principales de sus dos novelas son hombres. También sus dos seudónimos: Diógenes García y Pepe Faroles. Editorialista política. Textos taurinos.

Tras buscar información acerca de ella me encuentro con unas palabras de Arturo G. Canseco en la revista Cuadrivio: “Josefina Vicens se agrega a la escuela del silencio, ésa que publica poco y lee mucho, que poda cada letra que crece en su patio”. Aquí una imagen hermosa en cuanto a lo que provoca el verbo: silencio, esa una de las claves tras de la obra de muchos autores. Un signo de interrogación sin respuesta ahí donde parecía abundar la creación. Pongan ustedes nombres.
Una prosa precisa de aliento breve en cuanto a extensión. Fraseo corto de hermosas pinceladas. Directa. Pero hay que acercarse con cuidado. Sopesar cada palabra. Permitir que la admiración se apodere de nosotros. Un poco de luz. Admirarnos. Quizás ahí una de las claves más importantes de la literatura mexicana de mediados del siglo XX. Eso cuando todavía podíamos admirarnos. Repito: cuando todavía… Pongan ustedes nombres.
En cuanto a estructura narrativa, sólidos personajes y complejidad en la trama, prefiero la segunda de sus novelas, Los años falsos, aunque si por algo fue laureada, incluso por el mismísimo Octavio Paz (quien poco sabía de “laurear”), fue por su primera novela, El libro vacío.
Repito: acercarse con cuidado. No es lo mismo con otros autores cuya prosa parece irse entre las manos igual que el agua. Y hacer todas las preguntas que sean necesarias. Sobre todo, condición básica previa a la lectura, sumergirnos en el arduo ejercicio de la creación artística.
“Por eso el vine a Comala” (fernandezhall.blogspot.com)
Supongo que parte de la comprensión de la novela radica ahí. Eso es lo difícil. Llegamos frente a un recién iniciado escritor. He aquí su nombre: José García. No es broma un nombre tan común. Algo de relación tiene con la historia. Vamos con calma. Resulta toda una sorpresa cuando al iniciar la lectura nos lo encontramos como personaje principal. Así es: José García, escritor para servir a usted. No obstante, lo que menos hace este hombre de aspecto triste es eso, escribir. O al menos no lo hace de la manera que él quisiera. Y todo comienza a volverse un caos en cuanto más resistencia pone, en cuanto intenta huir para no tener que dar explicaciones a nadie. También una búsqueda: encontrar la primera frase. Porque quien sabe de esto acepta que las buenas novelas inician siempre con una frase llena de luz o de oscuridad. Por eso el vine a Comala. Por eso en un lugar de la Mancha. Y dar con ella no es nada sencillo. También lo sabe José García. Lo sabe, y eso es parte de su tristeza.
José García deja sus aspiraciones de lado y se dedica a escanear su realidad inmediata. Ya se sabe: los avatares de una familia mexicana de clase media. Que otros batallen con sus fantasías. Que otros dejen suelta su imaginación. Viene aquí un hechizo: al escanear la realidad también la transforma. Mete todos los detalles dentro de una gran chistera (y mira bien que una libreta puede pertenecer a cualquier mago) y tras pronunciar las malditas palabras mágicas las echa al aire para después caer intempestivamente en una de las dos libretas, en las cuales se abren ventanas por donde nos asomamos nosotros.
Ahora viene lo bueno: cada una de las dos libretas tiene una función específica. En una, ya se dijo, escribe lo que navega en su día a día. La otra es parte de su proyecto recién iniciado: se esmera en ser un escritor que se tiene que enfrentar a cientos de adversidades pero que, a la vez, destaca, sin que él mismo se entere, con una historia sencilla, la de un hombre común y corriente: José García para servir a usted. Esto es importante: nuestro personaje no deja de escribir y parecería que de entrada la Vicens nos toma el pelo con alguien que quiere escribir pero no lo hace; o sí, pues justo es lo que vemos que hace durante toda la novela. ¿Qué demonios ocurre?
(letrassinfronteras-fce.blogspot.com)
Tomen ustedes El libro vacío y déjenlo caer bajo un microscopio. Tras pegar los ojos, tras acercar el lente y enterarnos de ese otro mundo aún desconocido para nosotros, déjense sorprender por una historia sencilla. Sucede con muchas. Uno piensa que no tienen mucho qué decir. Cualquier día tomas un microscopio, regresas a ellas y ya está: te sorprenden. Luego te traspasan. No vuelves a ser el mismo después de su lectura. Hay una trampa ahí que cuelga tus pensamientos tan alto que andas días y días tratando de darles alcance. Y he aquí uno de los milagros más luminosos de la literatura. También te das cuenta de otra cosa: en ocasiones, las historias más hermosas están tras de hechos sencillos. Lo explico con música: supongamos cualquier pieza de Bach (tal vez alguna sonata para piano y violín). Pongámosla más difícil: la interpretación corre a cargo de Gould y Menuhin. Saben a qué me refiero. Quedas ahí traspasado y cada nota parece arrastrar algo dentro de ti. No hay más. Lo aceptas: es insuperable. Y hermoso. Luego lloras y sigues. Al día siguiente das por casualidad con algo de Schubert. De alguna manera sabes que no puede resultar tan complicado. No lo sé. Pero tras de esta pieza hay algo hermoso. Y te dejas traspasar también. Porque no eres crítico de música, se entiende. Es un buen consejo: dejar de ser crítico literario frente al El libro vacío. En serio: hace no mucho se le rindieron homenajes en distintos espacios culturales. Y se leyeron textos con cientos de bombos y pocos platillos. Algunos complicadísimos, de difícil acceso, como si el autor se hubiese equivocado de novela (uno se hacía esta pregunta una y otra vez). Mentira: como si en realidad hubiesen leído tan sólo las primeras páginas, las cuartas de forros, investigado un poco acerca de la autora en Internet y ya: acudir al evento proclamando ser una de las voces más jóvenes de la literatura mexicana que mejor entiende a la Vicens. En fin. También hubo textos sencillos de una gracia suprema. Si se mira bien, aquí hay otro paralelismo. Como el de Pepe de la Colina. La gente sacó muchas risas. Y también compraron las dos novelas, editadas en un solo tomo por el Fondo de Cultura Económica.
(semanarioguia.com)
Llegamos a un final más bien enflaquecido. Al lado de José García hemos compartido algunas risas, dolorosos momentos y una realidad que termina por concretarse: no consigue dar con la maldita frase que dará inicio a su novela. Parece el fin. Casi vemos cómo las luces se encienden en la sala, cómo la gente murmura, aparecen quizás los créditos con una música de piano un poco triste. Aunque, si se mira bien, este final en la novela queda inconcluso: se multiplica. Tal vez en la historia sencilla de otro hombre sencillo. Acaba de comprar la novela. Llega a su casa al caer la noche, al lado de su mujer y su hijo. Inicia la lectura casi a escondidas (pongamos que lee más de diez páginas). Y luego, tras suspirar e inclinar la cabeza, sale al patio, bajo las estrellas, quema una estúpida libreta en blanco que parece paloma herida en medio del fuego. Dentro su esposa lo llama, dice que se hace tarde para dormir, tanto humo le puede hacer daño y mañana hay que trabajar.