La Panadería: un espacio que cambió el arte contemporáneo mexicano

POR Melissa Mota
“Más allá de ser un proyecto destinado a exponer obra,
la intención primordial fue utilizar el espacio y el arte
como herramientas para transformar nuestra forma de vida”
Yoshua Okón
En 1994 se inauguró en la colonia Condesa una panadería inusual; en vez de ofrecer pan fresco, se entregaban las formas más novedosas del arte contemporáneo mexicano.
En medio de un ambiente artístico regido aún por las instituciones y con escasos espacios experimentales, La Panadería surgió como un oasis para aquellos artistas que buscaban nuevas formas de expresión en un lugar que se interesaba genuinamente por la construcción del arte.

Cuando el artista Yoshua Okón regresó a México luego de tres años de estudios en arte en Montreal se estableció en un viejo edificio de la colonia Condesa en la calle de Amsterdam, el cual anteriormente había albergado una panadería que había sido comprada por su familia años antes.  Durante su estancia en Canadá, el artista, inspirado en espacios independientes de dicho país, así como de Estados Unidos y el recién cerrado Temístocles en México, tuvo la inquietud de abrir un espacio similar, donde la libertad artística fuera el motor principal. La Panadería de su edificio fue el lugar que eligió para realizar su proyecto.
(Okon, Yoshua y Dorfsman, Alex, La Panadería 1994-2002, México:Turner, 2005)
Alejada de la escena institucional, el espacio tuvo como objetivo promocionar a artistas jóvenes que no se integraban a las tendencias aceptadas, dándoles la oportunidad de mostrar sus obras e inquietudes a un público no elitista, interesado verdaderamente en el arte nuevo. Paralelamente, se desarrolló un programa internacional de residencias con la intención de crear una retroalimentación entre el arte mexicano y el foráneo, así como dar a conocer lo que artistas con otras culturas estaban haciendo en su escena local; funcionó como un puente con el  arte extranjero.
La exhibición inaugural fue una muestra colectiva de ocho artistas, entre ellos estudiantes de la Escuela Nacional de Artes Plásticas como Jonathan Hernández y María Ezcurra, en donde se presentaron instalaciones y performances que buscaban fragmentar los códigos de comunicación cotidianos. Poco a poco, nuevos nombres se fueron integrando al espacio expositivo como: Gustavo Artigas, Dr. Lakra, Abraham Cruzvillegas, Teresa Margolles, Artemio, Sofía Táboas, Gabriel Acevedo, Miguel Ventura, Thomas Glassford, Gonzalo Lebrija y Eduardo Abaroa; artistas que hoy en día son reconocidos nacional e internacionalmente.
Además de las exposiciones artísticas, La Panadería contaba con ciclos de video y cine, presentaciones semanales de artistas, exhibición de performances y conciertos. Funcionó como un punto de encuentro entre artistas, propiciando el diálogo y despertando ideas que posteriormente se concretarían. Asimismo, propició la interacción entre diferentes disciplinas, clases sociales y generaciones artísticas.
Fin. Teresa Margolles (Cortesía de Cuahutémoc Medina y Galería Enrique Guerrero)
En 2002, tras numerosos años de experimentación, la Panadería cerró sus puertas. Con tal motivo, Teresa Margolles realizó el performance Fin, que consistió en un verter desde un camión cementero, una mezcla de concreto con agua -utilizado en la morgue para lavar cadáveres después de haberles realizado la necroscopia-, en el interior de la galería. El evento como, Itala Schmelz recordó, fue un velorio con un singular entierro.
Lo que comenzó como una idea, terminó siendo uno de los proyectos más influyentes e importantes de la actividad artística contemporánea mexicana, ya que redefinió los conceptos del arte, promovió la experimentación, estableció contacto con el arte extranjero, generó nuevos públicos de arte e impulsó carreras de numerosos artistas que hoy representan al país. La Panadería fue un intento exitoso que “desparalizó” a las instituciones. que habían caído en el estancamiento, al romper los esquemas establecidos.