Tenzin Tsundue y su exilio

POR Gabriel Ríos
De ese tipo de literatura se ha traducido muy poco al español; sólo se conocen algunos textos de novelistas indios que escriben en inglés como Salman Rushdie, Vikram Steh, Arundhati Roy, Tagore, Amita Gosh y Anita Desai
(chinamatters.blogspot.com)
Tenzin Tsundue es un tibetano que reside en India. Nació allí, pero él, por los lazos que lo unen a su nación, se considera tibetano; es una de las personas que está ligada a un territorio por sus costumbres, tradiciones, cultura. Los tibetanos exiliados en Dharamsala, India, tratan de mantener su identidad, alejándose en cierta forma de las costumbres de las familias indias; tienen escuelas especiales donde se les enseña tibetano. Tenzin es uno de los pocos poetas que escribe en inglés, y lo hace para que las demás personas conozcan la situación del exilio de los tibetanos. Publicó su libro de poemas con la ayuda de la Universidad de Mumbai, India; ha participado en varios congresos de poesía, entre ellos el que se celebró entre Alemania y la India, en Mumbai.

Con el ensayo “Mi tipo de exilio” ganó el concurso de la revista Outlock-Picador, que se realizó en toda India. Sus poemas se han publicado en varias revistas literarias de India. Tenzin colabora en la actualidad con el movimiento Tíbet Libre, y traduce la poesía de los tibetanos al inglés, para que se conozca en otras regiones del mundo.
Los poetas que escriben en inglés en India se encuentran en una situación muy particular. El inglés es el idioma administrativo de ese país, y aunque es la lengua de los colonizadores, no en todas las partes de India se habla y escribe. Mumbai es un importante centro cultural donde residen varios de los poetas indios que escriben en inglés; muchos de ellos se han dado a conocer debido a los programas de las universidades o las publicaciones, escasas, de los libros que editan The Oxford Press o Penguin Books. Algunos de ellos han residido en el extranjero, y aunque saben que podrían tener más éxito fuera de su país, regresan. Es el caso de Adil Jussawala, reconocido poeta parsi que vive en Mumbai y es uno de los pocos que se encarga de mantener viva la poesía en esta ciudad; él es uno de los que ha apoyado a Tenzin.
De ese tipo de literatura se ha traducido muy poco al español; sólo se conocen algunos textos de novelistas indios que escriben en inglés como Salman Rushdie, Vikram Steh, Arundhati Roy, Tagore, Amita Gosh y Anita Desai. Nada, o casi nada, se ha traducido de las lenguas vernáculas (la Constitución reconoce sólo 18), que muestran la fascinante sociedad de India, que con sus contrastes y magnetismo dejan ver otro país, el cual está fuera de la idea de los años 60, tan explotada por la mayoría de la gente.
(woeser.middle-way.net)
I am more of an indian.
Except for my chinky tibetan face.
Si me preguntan de dónde soy no sabré qué responder. Siento como si realmente nunca hubiera pertenecido a ninguna parte. Nunca he tenido un verdadero hogar. Nací en Manali, pero mis padres viven en Karnataka. Terminé mi enseñanza primaria en dos escuelas distintas, en Himalaya Pra-dech, y mis estudios posteriores me llevaron a Madrás, Ladakh y Mumbai. Mis hermanas están en Varanasi, pero mis hermanos en Dharamsala. Mi Certificado de Registro (permiso de residencia) dice que soy un extranjero, de ciudadanía tibetana, que vive en India. Pero el Tíbet, como nación, no aparece en ninguna parte en el mapa político mundial. Me gusta hablar tibetano, pero prefiero escribir en inglés; me gusta cantar en hindi, pero mi tonada y acento se escuchan mal. De vez en cuando alguien se acerca y me pregunta de dónde soy… mi desafiante respuesta –“tibetano”— sólo eleva sus cejas… Soy bombardeado con preguntas, declaraciones, dudas y condolencias. Pero nadie puede entender el simple hecho de que no tengo casa a dónde hablar y que en el mundo, tan grande como es, siempre seré un refugiado político.
Cuando éramos niños, en una escuela tibetana ubicada en Himalaya Pradesh nuestros maestros solían narrarnos cuentos acerca del sufrimiento de los tibetanos en el Tíbet. Siempre se nos dijo que éramos refugiados y que todos nosotros llevábamos una gran “R” en nuestras frentes. Eso no hacía mucho efecto entre nosotros, quienes sólo queríamos que la maestra se apurara y terminara su plática para no tener que estar parados bajo el sol caliente con nuestro cabello aceitoso. Durante mucho tiempo en verdad creí que nosotros éramos un tipo de gente especial que llevaba una “R” en nuestras frentes. Éramos distintos a las familias locales indias que vivían alrededor del campo de la escuela; de la familia del carnicero, que mataba 21 ovejas y gallos cada mañana (cuando los gallos cantaban con su garganta a medio cortar, desde la parte trasera de la carnicería, tirábamos piedras al delgado techo). Había otras cinco familias que vivían cerca; tenían huertos de manzana y ¡parecía que sólo comían manzanas de distintas formas! En la escuela nunca veíamos más gente que a nosotros mismos y a pocos ingis (extranjeros), quienes nos visitaban de cuando en cuando. Tal vez la primera cosa que aprendí en la escuela fue que nosotros éramos refugiados y que no pertenecíamos a este país.
(studentsforafreetibet.org)
Aún me falta por leer el Intérprete de Maladies, de Jhum-pa Lahiri´s. Cuando habló acerca de su libro, en una revista, dijo que el exilio creció con ella y al parecer eso era lo que pasaba conmigo. De toda la gama de las películas en hindi, yo esperaba con ansias una muy particular, Refugiado, producida y dirigida por J. P. Dutta. Hay una secuencia en la cinta donde pintan de manera muy elocuente nuestra situación, cuando un padre cruza la frontera con su familia para llevarla a la nación vecina, y lejos de tener una vida confortable, es un sobreviviente. Pasa suceso tras suceso, hasta que viene una escena donde las autoridades lo toman cautivo y cuestionan su identidad. Él, rompiendo a llorar, responde: “Wahan hamara jena mushkil ho gaya tha, isilive hum yahan aye, ab yahan bhi… Kya Refugee hona huna hain?” (Las cosas se pusieron difíciles allá. Tuvimos que venir aquí y ahora también aquí… ¿Es un crimen ser refugiado?). El oficial de la armada enmudeció.
Hace pocos meses un grupo de tibetanos en Nueva York, en su mayoría jóvenes, se encontró en una situación difícil. Uno de ellos había muerto y nadie del grupo sabía de los rituales de cremación. Ellos se miraron fijamente. De repente se dieron cuenta de que estaban muy lejos de casa.
(innereffect.wordpress.com)
and meanwhile through the years
our unburied dead eat with us
followed behind through bedroom doors.
Abena P. A. Busia
Los tibetanos refugiados, como otros inmigrantes de Asia que van al Occidente, trabajan duro para ganarse la vida en ese ambiente, altamente mecanizado y competitivo. Un viejo estaba muy contento cuando encontró un trabajo donde le pagaban lo suficiente para no representar un gasto fuerte a los escasos recursos de sus familiares. Era el encargado de presionar un botón cada vez que escuchara un bip. Estaba impresionado por tener que hacer esta tarea tan trivial durante todo el día. Se sentaba ahí con un rosario en la mano, murmurando suavemente sus oraciones. Por supuesto, oprimía el botón religiosamente cada vez que oía el bip (perdónalo, oh señor, no sabía lo que hacía). Unos días después, lleno de curiosidad, le preguntó a su compañero de trabajo para qué servía el botón. Le dijo que cada vez que oprimía un botón le cortaba el cuello a un pollo. Inmediatamente dejó el trabajo.
En octubre de 2000 el mundo volvió la mirada hacia las Olimpiadas de Sydney. En el hostal, “ese día” todos estábamos pegados frente a la tele, ansiosos de ver la ceremonia inaugural. A la mitad del evento me di cuenta que no podía ver con claridad, sentía mi cara mojada. Estaba llorando. No, no era el hecho de que ansiara estar en Sydney, en el esplendor de la atmósfera o en el espíritu de los juegos, traté duramente de explicar a los que estaban alrededor. Ellos no pudieron entender, no pudieron siquiera empezar a entender… ¿cómo podrían? Pertenecían a una nación. Nunca tuvieron que concebir su pérdida, nunca tuvieron que llorar por su país. Ellos pertenecían y tenían un espacio propio no sólo en el mapa mundial, sino, además, en las Olimpiadas. Sus compatriotas podían marchar orgullosamente, conscientes de su nacionalidad, con sus vestidos nacionales y su bandera nacional que volaba alto. Me sentí contento por ellos.
Night come down, but your stars are missing.
Neruda habló por mí cuando, silencioso, estaba bañado en lágrimas. Callado, viendo el resto del espectáculo, me sentía pesado y sin aliento. Ellos hablaban de términos sin fronteras y de construir una hermandad a través del espíritu de los juegos. Desde el confort de sus hogares hablaban de reunirse para formar una única humanidad y desafiar fronteras. ¿Qué podía yo, un refugiado, decir, excepto del deseo de regresar a casa?
Mi hogar es algo real. Está ahí, pero a la vez está muy lejos. Es el hogar que mis abuelos y padres dejaron atrás, en el Tíbet. Es el valle donde mi Popo-la y Momo-la tenían sus granjas y muchos yaks, donde mis padres jugaban cuando eran niños. Mis padres ahora viven en Karnataka, un campo de refugiados. Se les dio una casa y tierra para labrar. Sembraron maíz, su producción anual. Una vez, cada par de años, por unas pequeñas vacaciones los visito. Cuando estoy con ellos les pregunto acerca de nuestra casa en el Tíbet. Ellos me hablan de ese día fatal, cuando estaban jugando en el pasto verde y fresco de Changthang, mientras pastoreaban sus yaks y ovejas, y cómo tuvieron que empacar y huir. Todos dejaban sus chozas, pues había un secreto a voces, en el sentido de que los chinos estaban matando a cuantos se encontraban en su camino. Los monasterios estaban siendo volados, había robos desenfrenados, todo era un caos. Se podía ver el humo de las villas distantes, había gritos en las montañas. Cuando dejaron sus chozas tuvieron que caminar a través de los Himalayas y luego a la India, y sólo eran unos niños. Sí, fue excitante, pero también sintieron mucho temor.
En la India trabajaron en la construcción de caminos en Masumari, Bir, Kullu y Manali. El camino más extenso y largo del mundo, cubierto de chapopote y que va de Manali hasta Ladakh, fue construido por los tibetanos. Mis padres me dijeron que cientos de tibetanos con los que se encontraron en la India murieron en esos primeros meses. No podían soportar el calor del verano y el monzón los agarró con poca salud. Pero el grupo vivió y hubo muchos cambios a lo largo del trayecto. En alguna parte, durante la jornada, a un lado del camino, en una tienda provisional, nací yo. “¿Quién tenía tiempo de registrar el nacimiento de un niño cuando todos estaban cansados y hambrientos?”, dice mi madre cada vez que pregunto por mi cumpleaños. Hasta que fui admitido en la escuela fue cuando me dieron un día de nacimiento. En tres diferentes oficinas se hicieron registros, y ahora tengo tres fechas de nacimiento. Nunca he celebrado mi cumpleaños.
El monzón es bienvenido a nuestra granja, pero no a nuestro hogar. El viejo techo de tejas de cuarenta años gotea y en la casa tenemos que trabajar colocando vasijas y cubetas, cucharas y vasos, recolectando el dountry de los dioses de la lluvia, mientras Pa-la sube al techo tratando de llenar los huecos y remplazar las tejas rotas. Pa-la nunca piensa en renovar el techo completo utilizando algunas buenas hojas de asbesto. Dice que pronto regresaremos al Tíbet –“Ahí tenemos nuestra casa”—. A nuestro establo se le han hecho varias reparaciones; cada año se rellena de paja, en tanto el palo y los marcos de madera, infestados de gusanos, son reemplazados.
(friendsoftibet.org)
money plants crept in through the window,
our house seems to have grown roots,
the fences have grown into a jungle,
now how can I tell my children
where we came from.
Cuando los primeros tibetanos se establecieron en Karnataka decidieron sembrar sólo papayas y algunos vegetales. Decían que con las bendiciones de su santidad, el Dalai Lama, no les llevaría más de diez años regresar al Tíbet. Ahora aun los árboles de aguaba están viejos y marchitos. Las semillas de mango que echan en la parte trasera del patio son frutas fructíferas. Las palmeras de coco llegan a los hombros de nuestras casas de exilio. La gente vieja toma el sol, bebe chang o té de mantequilla, charla acerca de los buenos viejos días del Tíbet y sostiene ruedas de plegarias en sus manos, mientras tanto los jóvenes están dispersos por todo el mundo, estudiando, trabajando. Esta espera parece ser una redefinición por la eternidad.
Recientemente me encontré a un amigo mío, Dawa, en Dha-ramsala. Hacía un par de años había escapado a la India después de haber sido liberado de una cárcel china. Me habló acerca de sus experiencias en la prisión. Su hermano, un monje, fue arrestado por poner carteles de “Tíbet libre”; tras ser torturado reveló el secreto acerca de la existencia de Dawa. Éste fue encarcelado sin juicio alguno por cuatrocientos veintidós días. En ese entonces tenía veintiséis años. Por algún tiempo, Dawa había trabajado para la burocracia china. Lo llevaron del Tíbet a Beijing para su educación formal; ya desde temprana edad, como hasta ahora, solía reírse de los débiles esfuerzos de los chinos para adoctrinarlo en sus ideas y creencias en el comunismo y cambiar el modo de vida de los tibetanos. Por fortuna, en este caso, los esfuerzos de los chinos no fructificaron.
Hace dos años, un amigo cercano de la escuela recibió una carta que lo puso en la situación más difícil de su vida. La carta, de su tío, decía que sus padres, quienes estaban en el Tíbet, habían conseguido permiso para ir a una peregrinación a Nepal por dos meses. Tashi, después de recoger a su hermano en Dharamsala, fue a Nepal para encontrarse con sus padres, a quienes no había visto desde su huida hacia la India hacía veinte años. Antes de irse, Tashi me escribió:
Tsundue, no sé si debería regocijarme porque finalmente voy a ver mis padres o llorar, porque no puedo recordar cómo eran ellos… yo sólo era un niño cuando fui llevado a la India con mi tío, y de eso ya van veinte años.
Recientemente recibió otra carta de su tío en Nepal. Dice que su madre murió en el Tíbet hace un mes.
Vi a los alemanes derramar lágrimas de alegría cuando las familias separadas del Este y Occidente finalmente se reunieron y abrazaron por encima del muro derrumbado. Los coreanos rebosan lágrimas de alegría porque la frontera que dividía a su país en Norte y Sur por fin ha desaparecido; sin embargo, temo que las familias separadas del Tíbet nunca se vuelvan a encontrar. Los hermanos y hermanas de mis abuelos fueron dejados en el Tíbet. Mi Popo-la murió años atrás. ¿Acaso mi Momo-la podrá ver alguna otra vez a sus hermanos y hermanas? ¿Estaremos juntos para que ella pueda enseñarme nuestro hogar y nuestra granja?