El poder de la plegaria: reflexiones de William James

POR Gabriel Ríos
El creador del pragmatismo analiza en Variedades de la experiencia religiosa la santidad, mediante el sentido común, utilizando el modelo humano, para ayudarnos a decidir hasta qué punto la vida religiosa es recomendable, como el tipo ideal de actividad
(ganaranlosmalos.blogspot.com)
La plegaria es un intercambio en el que un alma angustiada entra en una relación consciente y voluntaria con el poder misterioso de quien siente que depende, escribe William James en el libro Las variedades de la experiencia religiosa, conferencias que dictó el psicólogo, despuntando el siglo XX, en la Universidad de Edimburgo.
James dice que la convicción de que algo se intercambia genuinamente en la conciencia constituye el corazón de lo vivo; que la energía quedaría anulada si no fuese por la plegaria.

Define el también filósofo que la palabra plegaria es el nombre general para la actitud de expectación abierta y sincera. Significa un incremento de la intensidad de absorción de poder espiritual o gracia.
Argumenta que Dios no puede negociar o acomodar sus procesos a la conveniencia de los individuos. Afirma que Él es como las olas y la espuma que cubren un mar de tempestad: representa episodios huidizos y deshechos por la fuerza del viento y el agua.
La religión del individuo –expresa James— puede ser egoísta y aquellas realidades privadas con las que tiene contacto pueden resultar estrechas. Sin embargo, siempre resultará infinitamente menos vacía y abstracta que una ciencia que se enorgullece de no tomar en mente nada privado.
En sus charlas sobre la santidad, escribe que los impulsos de devoción, confianza y paciencia hacen que las alas de la naturaleza humana se extiendan.
Robert L. Stevenson quizá exageraba al decir que si él pudiese omitir la literatura e ingresar en un monasterio, encontraría la serenidad y la pureza.
En el caso del citado autor, William James señala que si admitimos que entre la escrupulosidad, ésta nos llevará a extremos fantásticos.
El creador del pragmatismo analiza en Variedades de la experiencia religiosa la santidad, mediante el sentido común, utilizando el modelo humano, para ayudarnos a decidir hasta qué punto la vida religiosa es recomendable, como el tipo ideal de actividad.
(thecripplegate.com)
La filosofía ha fracasado, apunta James, porque no destierra las diferencias individuales. Funda escuelas y sectas como lo hace el sentimiento. La creencia de William James se vierte en el hombre que opera en el campo de la divinidad, exactamente como siempre ha actuado en el amor, en la política o en cualquier otro de los asuntos de la vida en los que nuestras pasiones e intuiciones místicas fijan de antemano la fe que dignifica.
Da por descontado que Dios es espiritual, ya que, si estuviese compuesto de partes físicas, algún otro poder las habría combinado con el todo y contravendría su condición de ser. Por lo tanto, agrega, la naturaleza de Dios es simple metafísicamente, es decir, su existencia no puede ser diferente, ya que está presente en infinitas sustancias que comparten sus naturalezas formales, y sólo son individuales en su aspecto formal.
Para William James, Dios sólo puede desear el bien. Siendo omnipotente, puede asegurar su triunfo; omnisciente, observar en la oscuridad; como amante, perdona, y siendo inalterable, podemos contar y confiar con Él.
En la renuncia del yo es donde se encuentra el beneficio. Asegura que es cuando se transparentan las posibilidades más elevadas, para vivir universalmente, rindiéndonos a nuestro yo más verdadero.
Destaca en Variedades de la experiencia religiosa, el capítulo “El alma enferma”, en el cual se subraya que el mal es una enfermedad. Por su parte, Spinoza escribe que el conocimiento del mal es incompleto y desaprueba tajantemente el arrepentimiento, cuando el ser humano comete errores.
Ante tales manifestaciones de millones de personas, James reflexiona acerca de Dios, eximiéndolo de la existencia del mal. El evangelio de la mind-cure enfatiza lo irracional del mal, impreciso, sin conservadores y trascendencia en ningún sistema abocado a la verdad.
Certifica William James que se ha visto que una religión genuina no puede concebir que un optimista como lo fue Goethe escribiera en 1824: “En el fondo de mi vida, sólo ha habido dolor y pesadumbre, y puedo afirmar que durante estos setenta y cinco años, no he disfrutado de cuatro semanas de auténtico bienestar. Mi vida ha sido un perpetuo rodar de la piedra que debe volver a subir”.
Leon Tolstoi (hld4-1c.blogspot.com)
En los fragmentos de la traducción francesa de Zonia se escucha hablar a Tolstoi del suicidio. Narra que mientras su intelecto trabajaba, algo dentro de él también lo hacía y lo preservaba de la acción: “Durante todo ese año seguí preguntándome continuamente cómo terminar con esto, si con una soga o una bala. Paralelamente, durante este tiempo, junto a los vaivenes de mis ideas y observaciones, mi corazón se consumía con otra emoción penetrante, que sólo puedo denominar sed de Dios”.
En contraposición, tenemos al protagonista incapacitado para sentir el mal. Fue el caso de Walt Whitman (Song of My Self), cuyos sentimientos eran  expansivos. Numerosas personas –admite William James— consideraban al poeta como el restaurador de la religión natural eterna.
Regresando a las vicisitudes de Tolstoi y su búsqueda de Dios, por fin, a principios de aquella primavera, despertó en él un significado, se le aclararon las cosas y la luz no se le volvió a esconder. Se había salvado del suicidio. No pudo decir exactamente cuándo se produjo el cambio, pero fue tan grande como la fuerza y la energía de la vida que volvió. Para que sucediera tan feliz momento, Tolstoi tuvo la convicción de que su problema no estribaba en la vida en general, sino en el intelectualismo, convencionalismos, artificialidades y ambiciones personales: “Había vivido de manera equivocada y debía cambiar. Trabajar para satisfacer las necesidades materiales, abjurar de mentiras, ser simple y creer en Dios”.
La crisis de Tolstoi se resolvió, dice William James, a través de ese camino de unificación. Si era cierto que tuvo un trastorno accidental del organismo, pero también, había confrontado su carácter interno con sus actividades y aspiraciones externas. A pesar de que Tolstoi era un intelectual, al mismo tiempo era uno de esos hombres para quienes lo superfluo, insincero, complicado y cruel de nuestra educada civilización era como ingerir veneno.