Inframundo

POR Alfredo C. Villeda
El mito renace en cada generación de creadores. Si Homero no escapó a esa obsesión, poco sorprende encontrar colmillos, sangre, erotismo y vida eterna en Hoffmann, Poe, Baudelaire, Maupassant, Balzac y Nerval
Kate Beckinsale es Selene en Underworld, Awakening (fanpop.com)
Cada que mata, el vampiro detiene el tiempo. Mito erótico, más que diabólico, sus variantes aparecen no a partir del célebre Drácula, lanzado a la fama por el novelista Bram Stocker en el siglo XIX, ni desde el legendario Vlad Tepes, El Empalador, sanguinario príncipe medieval. Hay rastros de este personaje nocturno desde la Ilíada.
El cine, sin embargo, le dio una proyección inusitada a partir de los años 30, después de Nosferatu (1922), la obra maestra muda de Murnau. La cíclica vuelta del vampiro en las historias fílmicas, por eso, no debe llamar a sorpresa, ni la abundancia de nuevas series, sagas y relatos. De hecho, hay autores que se han especializado en la materia, como Anne Rice, quien ha involucrado en los aquelarres modalidades vampíricas, como menores de edad (antes lo había hecho Stephen King en La noche del vampiro) y homosexuales, con notable éxito en la pantalla.
Las historias de cursi trama envueltas en la saga Crepúsculo echan a perder tan bello vocablo, aun en inglés, Twilight, que remite al espectador no adolescente a la serie televisiva creada por el genio Rod Serling: La dimensión desconocida. Sin embargo, este producto de vampiros chavitos, ancestrales pero con preocupaciones de pubertad (cada que mata, detiene el tiempo), inunda salas de cine con cada entrega y agota libros.
Por fortuna hay contrapesos. La competencia en el cine da también para eso. Len Wiseman lanzó un par de películas la década pasada, con su esposa, Kate Beckinsale, como protagonista, bajo el nombre de Inframundo. La heroína es Selene, vampiro hembra con atuendo ceñido de piel, quien se rebela a su comunidad y se aparea con un híbrido, Michael, que tiene una mitad licántropa.
Las escenas de pelea entre una y otra especies de aquellos dos filmes, más una ineficaz precuela en el camino, han tomado dimensiones mayúsculas en la nueva versión, con el subtítulo “Despertares”, en el que los efectos especiales con tecnología de última generación han convertido a la guerrera nocturna en una combinación entre Trinity, la heroína de Matrix (Carrie-Anne Moss en el filme de los hermanos Wachowski, 1999), y Milla Jovovich, la verdugo de zombis en la destrozada Raccon City de la saga Resident Evil.
(kaaz.eu)
El mito renace en cada generación de creadores. Si Homero no escapó a esa obsesión, poco sorprende encontrar colmillos, sangre, erotismo y vida eterna en Hoffmann, Poe, Baudelaire, Maupassant, Balzac y Nerval. Sí hay que hacer notar, empero, un poema de Julio Cortázar, quien es ante todo reconocido como narrador, ya sea de cuentos, ya sea de novelas. “Soneto gótico” llámase este texto incluido en Salvo el crepúsculo (Editorial Nueva Imagen, 1984):
“Esta vernácula excepción nocturna,/este arquetipo de candente frío,/ quién sino tú merece el desafío/ que urde una dentadura taciturna.
“Semen lunas y posesión
vulturna/ el moho de tu aliento, escalofrío/ cuando abra tu garganta el cortafrío/ de una sede que te vuelve vino y urna.
“Todo sucede en un silencio ucrónico,/ ceremonia de araña y de falena/ danzando su
inmovilidad sin mácula,
“su recurren espacio
catatónico/
en un horror final de luna llena./ Siempre serás Ligeia. Yo soy Drácula.”
El vampiro mata para detener el tiempo.