Marguerite Yourcenar: la tediosa felicidad

POR Óscar Garduño Nájera
Para Paquito, in memoriam.
(irmeli.jung.free.fr)
No sabes bien por qué. Y eso es una lata cuando intentas dar explicaciones. Sucede que para algunos autores no existen. Te gustan o no. Y si no aguantan las diez primeras páginas lo mejor es tirarlos a la basura, regalar el libro o, mejor aún, rematarlo en una librería de viejo o por kilo, mil y un cosas mejor que hacer con él antes de obligarnos a concluirlo, cual si de una actividad escolar se tratara. Es un acto honesto. Una acción que cualquier autor agradecería. Porque antes que todo se lee por placer. Y no hay que olvidarlo.

En más de una ocasión te lo preguntas. Tal vez a solas. Acudes al momento justo en que diste con ella. Francesa para más señas, aunque nace en Bélgica. Luego, en 1947, nacionalizada estadounidense. Fue la primera mujer en ingresar a la academia de la lengua y eso, en aquellos tiempos, debió haber sido toda una recompensa a su ardua labor tanto creativa como académica.
Supongo que en literatura es importante recordar cuándo uno da con un autor y más si este te dejó marcado. Luego vas por ahí haciendo de agente publicitario, recomendando tal o cual obra, y en el fondo es como si trabajaras en una librería, como si recibieras un estímulo económico al final de la quincena cada que se vende un libro suyo, qué diablos, y claro que lo recibes: está la satisfacción de compartir con los demás instantes de belleza que únicamente el arte es capaz de proporcionar. Eso: instantes.
(parvadomus.com)
¿Cuántos años tenías entonces? No lo recuerdas. Quizás fue con Las Memorias de Adriano, la inmejorable traducción de Julio Cortázar y una de las mejores novelas históricas que vino a ser un clásico para varias generaciones. Te sorprendes: en cierta ocasión, andando por la colonia Roma, diste con una primera edición de la novela en una librería de viejo donde además de la venta se fomentaba el trueque, actividad que vino a quedar en desuso con el paso del tiempo. Y le dedicaste buena parte de la tarde en esas horas de juventud donde pocas cosas realmente importan. Ahí, sentado en la banca de un parque sobre avenida Cuauhtémoc, con cada línea descubriste la prosa bien equilibrada de la Yourcenar; de hecho, repentinamente te escuchaste nombrándola así, con tanta confianza, pues es parte de su hechizo, una familiaridad que consigue con sus lectores, una humildad impresionante a la hora de las historias hermosas y un contarte las cosas de tú a tú, tal y como se deben contar los dolores del alma, las tristezas que parecen infinitas. Y entonces me dije: “igualado”.
Ahí, entre esas páginas, la fragilidad incesante de una vida que se mece no ya en las aguas sino en la misma mierda de lo que siempre llegamos a considerar eterno. Todos somos el emperador Adriano y sorpresivamente, ¡zaz!, de chingadazo llega la desilusión cuando el encanto de una vida gloriosa se rompe, cuando ante la fortaleza de otros días deviene debilidad, cuando ante la feroz salud de hierro devienen los achaques y la enfermedad, y cuando ante lo que parecía una vida perenne llena de triunfos deviene en la sombría muerte y su oscuro guiño, esa suerte de espiral que sorprende incluso cuando familiarizados codo a codo vamos con ella, bebiendo del mismo veneno que de vez en cuando esparce meneando sus huesudas caderas. Es todo: carajo.
(blogmiau.blogspot.com)
En primera persona, el Emperador Adriano traza flashbacks para percatarse de sus aciertos y sus errores, nada más sencillo, supongo, aun cuando ante sí siempre está presente el juicio implacable que hace de sí mismo, la dureza que sólo proporciona el final: tímida desilusión empañada de tristeza.
Aquí otra clave: la tristeza en la obra de la Yourcenar (otra vez: “igualado”). Clara y resplandeciente tras de sus mejores pasajes, tras de sus poemas en prosa, los cuales puede uno leer por separado, como dardos con los cuales flagelarse en esas tardes opacas. Eso: la tristeza. Supongo que la Yourcenar anduvo tras de ella días y días. Supongo, también, que para llegar a ella tuvo que sortear muchos obstáculos, pongamos, por ejemplo, el solo hecho de ser feliz. Una buena tarde llegó a sus manos. Luego pensó qué hacer con ella. A fin de cuentas, no a cualquiera se le da poseer la tristeza y manejarla a su antojo. Y en literatura menos (más sencillo resulta lo cursi). Pongan ustedes nombres: Vallejo, Pessoa, Baricco, Duras, Arredondo, Nin, Bonifaz Nuño, no sé, pero contados son los que no abusan de tal privilegio. La metió entonces dentro de un frasquito de cristal redondo y resplandeciente cuyo gotero no era otra cosa que la lágrima de un clochard (la historia de este hombre nos llevaría un libro), el cual dormía bajo cualquier puente de París. Y se olvidó de la tristeza por unos cuantos días. Tal vez y hasta la metió dentro del refrigerador, ya se sabe, siempre es mejor una tristeza conservada que una a punto de pasarse. Pensó y pensó. Antes de hacer uso de ella, hacía falta reír un poco más. Llevar una vida común y corriente sin más sobresaltos que los que proporciona la televisión. Titular tu autobiografía Qué aburrido hubiera sido ser feliz. Hablar acerca del tratado del inútil combate. Cara a cara enfrentarte a la muerte al perder a tu pareja por un estúpido cáncer de mama. Y entonces, sí, regresar al frasquito, sacarlo del refrigerador, tomar el gotero de ese clochard que vino a morir bajo uno de los tantos puentes de París (aquí fin del primer capítulo del clochard) y regar gota a gota el líquido por lo que aún te quedaba por escribir antes de irte a descansar al lado de tu querida Grace Frick, antes de ahora sí dormir a su lado en esa sencilla tumba del Brookside Cementery y frente a la felicidad del momento romper ese frasquito, construir con sus restos un cielo donde las dos alcancen la última risa, donde a pesar de cualquier tristeza, y esa mirada de viejecita bonachona, nos quede la fogata de tus palabras, querida Yourcenar, y el que perdones cualquier insolencia.

1 thought on “Marguerite Yourcenar: la tediosa felicidad

  1. Adoro la obra de esta mujer. Sin embargo, debo decir que el artículo no me encantó, no lo terminé de leer. No me gustó mucho ese tono tan personal, como hablándose a sí mismo, que el autor ha usado. Yo lo que quería era saber de Margueritte, no del autor a través de ella.

    Disculpa, apreciable autor, pero creo que pudiste elegir entre hacer un buen reportaje o un análisis literario realmente objetivo. Saludos.

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