Vampiras y diosas: la sexualidad pagana

(Extracto)*
La representación de las diosas-vampiras se relaciona con la influencia judeocristiana en Occidente. Las vampiras eran mujeres, sexuales, paganas, que incluían la muerte como parte de su ciclo de vida. Tales mujeres no eran santas, eran monstruos.
(Aleksey Marina)
Dentro de la mitología de lo sobrenatural, el apartado del vampirismo destaca por la equidad que ha mostrado en sus historias, relatos y folklore, al incorporar como personajes principales tanto a elementos masculinos como a femeninos. La saga de los vampiros es conocida hasta la saciedad. Las vampiras, no obstante que tienen una larga y variada trayectoria, aún descansan en sus ataúdes casi sin sobresalto. Sin embargo, son ellas las criaturas favoritas para representar a las mujeres “malas”; también, amén de ser entidades que vagan por la noche en busca de sangre humana, son mujeres que, de acuerdo con el Random House Dictionary, “explotan, arruinan o destruyen inescrupulosamente a los hombres que seducen”. Son, para resumir, “las vampiresas”, tal y como se les conoce en el mundo entero.

Las vampiras primitivas eran dueñas no sólo de un poder de destrucción similar al de las diosas sino que su sabiduría de lo oculto superaba al común de los mortales. Lilith, por ejemplo, conocía el nombre mágico de Jehová, un nombre que nunca fue revelado ni siquiera al viejo Moisés. Asimismo, al igual que las diosas, las vampiras se asocian con los ciclos de la vida, la muerte, el nacimiento, el renacimiento y a la sexualidad peligrosa. Tal representación de las diosas-vampiras se relaciona, por lo menos parcialmente, con la influencia judeocristiana en Occidente, mismo que heredaría toda la filosofía de la malignidad de las vertientes judías y cristianas. En el caso que nos ocupa, las vampiras son mujeres, sexuales, paganas, que incluían la muerte como parte de su ciclo de vida. Tales mujeres no eran santas, eran monstruos.
Nuevamente nos remitimos a Lilith, la primera esposa de Adán, considerada la matriarca de las vampiras, quien desafió la sociedad patriarcal que le fue impuesta desde los mandos divinos. Fue castigada, pero se rebeló. Como castigo por sus “pecados”, sus hijos fueron destruidos. Ya como un ente maldito, Lilith regresaría –inmortal, no-muerta y vengadora— en forma de 101 enfermedades a cobrar la vida de los infantes aún no circuncisos.
También en las tradiciones asirias y babilonias, la vampira rasga la noche en busca de la sangre de los infantes. En la mitología griega, ella es Lamia, quien procreó hijos con Zeus sólo para que la celosa Hera los asesinara. En venganza, Lamia vaga por la Tierra matando tantos niños como es posible. En India, las vampiras se apuestan en las encrucijadas de los caminos y beben la sangre de los elefantes. En Japón, Nabeshima (una peculiar especie de felino vampiro) ataca a la gente y extrae la sangre de sus cuellos.
En la enorme tradición folclórica del vampirismo es interesante observar que cuando una vampira no es madura o lo suficientemente sofisticada para seducir con sus sortilegios sexuales, deberá conformarse con cazar infantes o animales para alimentarse.
Condena del amor homosexual
(Anka Zhuravleva)
Conforme han transcurrido los siglos y las leyendas hallan cobijo en las urbes, el mito de las vampiras se ha desprendido de sus resabios rurales para adoptar en su lugar una imagen sexual y seductora, de apetito desmedido. Se ha vuelto irresistible… lo mismo para los hombres que para las mujeres. Por ello no debe sorprender en lo más mínimo que la vampira sea una representación a ultranza de los improperios sexuales y sociales de las mujeres, una imagen que sería construida piedra por piedra en la atmósfera represiva del siglo XIX, donde el término vampiresa se endosó a toda mujer que se apartaba de la conducta femenina “aceptable”.
La aparición de las vampiras lesbianas en la literatura romántica del siglo XIX inglés sirvió para condenar el amor homosexual entre mujeres, por lo que puede deducirse que ese tipo de relación afectiva era bastante socorrida en aquella época. El poema Christabel de Samuel Taylor Coleridge, publicado en 1817, fue inaugural en lo que concierne a una fuerte imaginería vampírico-lésbica. Sin embargo, la historia de lesbianismo vampírico más famosa e influyente es Carmilla (1871), un intento del escritor irlandés J. Sheridan LeFanu de convertir en prosa el poema de Samuel Taylor Coleridge. Carmilla es la historia de un “amor” que consume entre Millarca Karnstein y Laura, la heroína del libro a historia. Está por demás señalar que el erotismo condensado en las páginas de esta obra abrió más bocas que debates en la timorata sociedad victoriana del Reino Unido.
También la atmósfera decimonónica inglesa sirvió para engendrar al más famoso de todos los vampiros, Drácula, creado por el escritor Bram Stoker, quien utilizó para sus oscuros propósitos toda la mitología popular que circunda al príncipe Vlad Dracula (1430-1476), héroe de Hungría en la guerra contra los turcos. Pero, aunque Stoker bautizó a su vampiro con el nombre de Drácula, existen razones para creer que las actividades del conde (ya no príncipe) hematófago se basaron en realidad en la vida de Elizabeth Bathory, una condesa húngara del siglo XVI que fue juzgada por haber torturado y asesinado a casi 650 mujeres jóvenes. De acuerdo con la leyenda, la condesa asesinó a aquellas mujeres para bañarse en su sangre y así mantener eterna su juventud.
¿Drácula hembra?
(Brandan Zhang)
Las referencias frecuentes a las preferencias sexuales de Bathory son particularmente interesantes, sobre todo porque sirvieron para el desarrollo ulterior de la imagen de las vampiras lesbianas. No obstante las actividades lésbicas y bisexuales asociadas a esta condesa, son casi inexistentes las referencias –en la transcripción de los juicios, así como en las descripciones de su vida y su muerte— que relacionen el lesbianismo o bisexualidad de Bathory con los crímenes que cometió.
Pese a todo, la Carmilla de LeFanu y la historia de la condesa Bathory sirvieron de inspiración para el surgimiento de un importante subgénero en la literatura y en el cine. Por ejemplo, lo que puede denominarse la época de oro de las películas de las vampiras lesbianas tuvo lugar a principios de los años 70. Sólo entre 1970 y 1974 por lo menos 20 películas de vampiros con temas lésbicos fueron rodadas por una amplia variedad de estudios independientes. Los personajes de las cintas Countess Dracula, Daughters of Darkness y The Night of the Walpurgis se inspiran directamente en la vida de la condesa Elizabeth Bathory, mientras que Carmilla fue el abrevadero intelectual para que los legendarios estudios Hammer produjeran la trilogía vampírico-lésbica (conocida como “Trilogía Karnstein”) que incluye Vampire Lovers, Lust For a Vampire y Twins of Evil.
Lo paradójico del caso es que aunque las lesbianas son los personajes centrales y cruciales de los filmes antes mencionados, la imagen de estas mujeres resulta a la postre muy maltrecha, al reforzar los estereotipos antimujeres y antilesbianas.
*Daughters of Darkness. Lesbian Vampire Stories. Compilación por Pam Kersey. Ed. Cleis Press Inc. 1993.
Traducción: José Luis Durán King.