Alejandra Pizarnik: poéticas pastillitas

POR Óscar Garduño Nájera
Para Mónica Gameros
Muchas de tus lecciones se quedan con nosotros, y de éstas, la más importante es la de regresar a tus versos, adivinar que tras de ellos nos espera un espejo distinto donde los malditos suicidas parecen despertar cobijados por nuestra mirada de aprendices
(ocafe.com.br)
Estás sola. Y eso, de un tiempo a esta parte, se te ha convertido en una chinga. Te acostumbras. Celebras, contra todo pronóstico, la tristeza. De alguna manera sabes que ahí también se originan los milagros. Entonces escribes: “He dejado mi cuerpo junto a la luz/ y he cantado la tristeza de lo que nace” (Árbol de Diana, 1962). Y esas bolitas arrebatadas de sustancias químicas cobran vida: revolotean entre tus manos, brincan entre tus dedos (incluso abren los ojos, te sacan la lengua), se cuelgan de la orilla de tus uñas, en estos momentos darían todo por llenar tu boca con palabras y callarte de una buena vez por todas. Pero nada. Un atisbo. Las pastillas llegarán bajo tu lengua y ahí encontrarán la manzana donde apacible duerme el veneno. Eso ahora lo sabes. Tú, Alejandra: “He llamado, he llamado./ He llamado hacia nunca” (Peregrinaje). Insistes.

Hay muchas formas de llegar a ti. Dos de ellas me parecen importantes. Por esa fama que cae como cascada en los distintos escritores que te consagraron. Entre otros, el mismísimo Julio Cortázar, quien en un poema titulado Aquí Alejandra no duda en reclamar lo mucho que te faltó por decir cabalgando en esas pastillas-palabras (y mira que, chingao, te faltó tanto): “Bicho aquí,/ aquí contra esto,/pegada a las palabras/ pegada te reclamo”. La otra de las formas es llegar hasta ti por cuenta propia y apreciar tu obra no por su fama de suicida sino porque tanto tu poesía como tu prosa lo valen. Entregarnos a la oscuridad metafórica de tus versos, andar tras de las pistas como cuando se arma un puzzle y no entiende uno nada si ve todas las piezas regadas cual construcciones de algún pueblo europeo; no obstante, si uno tiene la paciencia suficiente, comprobará que al final se llega a buen puerto, que la verdad literaria trascendental de cada uno de tus poemas no está en las penumbras sino en una amigable confesión.
Entregarnos también al vuelo incesante de tus versos. Octavio Paz afirma: “Colocado frente al sol, el árbol de Diana refleja sus rayos y los reúne en un foco central llamado poema, que produce un calor luminoso capaz de quemar, fundir y hasta volatizar a los incrédulos”, en el prólogo al libro Árbol de Diana (1962).
Casi al final de sus días, Alejandra afirma que: “Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”. (Alejandra Pizarnik: Evolución de un lenguaje poético, Susana H. Haydu). Porque eso intentó desde un principio: poetizar cada instante de su vida y transformar esta en palabras, que luego se hicieron ligeras jaquecas, luego pastillas, luego, ya se sabe…
(islakokotero.blogsome.com)
Ahora vamos a una terca imagen: Alejandra frente a un espejo. Un inefable espacio donde no sólo los sueños se multiplican, que eso sería lo ideal, sino también las pesadillas. Y ahí está. Mientras siguen estas líneas, hagan ustedes una pausa y lleven a cabo un ejercicio. Den con cualquier imagen donde aparezca su rostro. Observen detenidamente. Hay muchos detalles que llaman la atención, sin duda. Pórtenla en la memoria y regresen. Como si se tratara de un vals. Una mirada hueca donde bien se podrían sembrar volcanes. Erupción con cada parpadeo al despertar, justo cuando se estira los brazos y esos suspiros parecen aterrizar sobre la página en blanco. Rocas que insisten, las muy necias, en trepar a lo alto de una colina y soltarse contra un majestuoso cielo azul, contra los árboles. Copiemos a Schubert: montadas en un viaje de invierno llegaron por ti las anfetaminas y a la vez que te proporcionaban tranquilidad también secuestraron muchos de tus pensamientos. Tú te enteraste más tarde, Alejandra. Y ese viaje de invierno modificó las estaciones para alargarse hasta volverse perenne. Tú que venías de admirar a Antonio Porchia, quien acaso nos explicó la brevedad poética y los arañazos de versos como relámpagos que duran menos de un segundo; tú que venías de leer a Rimbaud, ese junkie de poca monta con un pedazo del infierno entre las manos (tú soplaste en ese fuego, lo reviviste). De ellos aprendiste el terco recurso para salvarse a través de la escritura, para abrirte paso a la vez que todo lo demás se derrumba, porque siempre los edificios terminan por volverse sílabas, las nubes versos, los pájaros acentos, las personas historias, y para sobrevivir continuaste a paso encabronado mientras destrucción y poesía se dedicaban a fornicar en cualquier hotel de paso.
Pero no fue suficiente. Una mañana de septiembre llegó a tu casa una visita: 50 pastillas de seconal. Es 1972 y los médicos ya han dado distintos diagnósticos para tu malestar (ninguno dice que te has intoxicado de poesía). A mí se me ocurre que antes de tragar a la visita, o antes de que la visita te trague, reíste con la misma risa que se escucha en Brain Damage de Pink Floyd y luego emprendiste la huida (aquí pongan ustedes el inicio de la misma canción: hermosa escena). Había que ponerle nombre a cada uno de tus pesares. Lo mismo habías hecho ya con tus poemas: ahí se quedan, que otros se atrevan.
Muchas de tus lecciones se quedan con nosotros, Alejandra, y de éstas la más importante es la de regresar a tus versos, adivinar que tras de ellos nos espera un espejo distinto donde los malditos suicidas parecen despertar cobijados por nuestra mirada de aprendices.