Anne Sexton: la solitaria masturbadora

POR Óscar Garduño Nájera
Tierna, si se quiere, aunque en tu poesía poco lugar queda para tales sentimientos; lo tuyo es la rabia contenida, el escribir a martillazos, el darse en la madre con cada palabra
(lkthayer.wordpress.com)
Estas palabras se esmeran por apestar a monóxido de carbono. Quiero decir que están en alguna parte, se preparan para salir, tal vez toman de él en botellitas de cristal cortado que disponen sobre un tocador: ahí hay un espejo y en él un rostro (en este viaje de mujeres hemos seguido muchos rostros). Luego todo se va a la mierda. Poéticamente, porque hasta para mandar el mundo a la mierda hay mujeres que lo hacen así: versificando cada experiencia hasta dejar por herencia una poesía que corta cuando se lee, que parece brincar sobre uno en cada palabra. He aquí nuestra historia.

Primer dedo
Hay muchas maneras de morir. Se puede escribir poesía en libretas de colores, por ejemplo, y poetizar a la masturbación en La balada de la masturbadora solitaria. Afirmar: “De noche, sola, me caso con la cama”. “Envidiar a las parejas que creen en el amor a perpetuidad: En la que cada pareja mezcla/ con un revolcón conjunto, debajo, arriba,/ el abundante par en espuma y pluma,/ hincándose y empujando, cabeza contra cabeza”. Luego largarse a enfrentar la muerte. Y si ésta exige un poco más, ahí está otro poema donde se poetiza a la menstruación en La menstruación después de los cuarenta. Todos alrededor abrirán la boca, sorprendidos. ¡Diablos!, es que resulta inadmisible que se haga poesía de tales temas. Ahí está ese poema Vergas como un manifiesto feminista que a través de la burla nos muestra una estúpida y moderna deidad: “Todas las vergas del mundo son dios,/ Viniéndose, viniéndose, viniéndose/ En la dulce sangre de una mujer”. Entonces será la hora de hundirte dentro de ti misma, absorberte, cabalgar junto con tus pesadillas y revolucionar de un tirón la poesía estadounidense. Luego abrazar a una de tus tantas depresiones. Tierna, si se quiere, aunque en tu poesía poco lugar queda para tales sentimientos; lo tuyo es la rabia contenida, el escribir a martillazos, el darse en la madre con cada palabra, hasta conseguir una vida novelada, narrativa que se transforma en poesía. He aquí la primera manera de morir.
Segundo dedo
(penusa.org)
Intentas salir, pero no puedes. Quién sabe qué cosas pasan por tus pensamientos que de un tiempo para acá los psiquiatras te ven como bicho raro. Acaso es que vas por ahí con aires presuntuosos de suicida, los anuncias teatreramente en telegramas, te colocas la soga cada semana para morir en el filo de una anhelante fama. Y uno de los tantos médicos te anima a escribir, a curarte a través de las palabras como parte de tu tratamiento por trastorno bipolar. Tres años más tarde llegas a la poesía porque acaso no te basta con novelar tu vida. Necesitas más. Otra forma de expresarte. Y uno se puede imaginar la cara del psiquiatra. Y ahí comienza tu espiral: otra manera de morir. Estás frente al poeta Robert Lowell luego de matricularte en su curso de escritura en Boston y entonces sí, comprendes que: “Tenía una especie de yo enterrado que desconocía si sabía hacer algo más que salsas y cambiar pañales. Era víctima del sueño americano” (Los versos de un cóctel suicida. Javier R. Marcos. Periódico El País, 16 de enero 2009), y ese yo enterrado te reclama una pronta muerte, acaso tan difícil de explicar cuando tu hija te cuestiona acerca de ella: “La muerte está ahí. Pero mi hija dijo que el mundo iba a morir. Sabes, la Tierra, el mundo, se va a acabar. Le dije: nunca he mentido. Mira, puedo explicar fácilmente el sexo, pero la muerte no la puedo explicar” (pueden ver el video en YouTube).
Tercer dedo
elarcadearciniegas.blogspot.com
Hay otra manera de morir. Temprano escuchas una canción: Mercy Street. Años más tarde Peter Gabriel la compuso para ti, pero esas cuestiones cronológicas ahora no nos importan. Ahí hace referencia a esos fantasmas que siempre te metieron el pie cada que querías avanzar, cuando al ser la tercera hija de un viajante de lanas que te maltrataba te retrataste como: “La no deseada,/ el error/ que la Madre usó para evitar que Padre/ se divorciara”. Apareces acaso bailando. Cigarrillo en mano, también sonríes. ¡Carajo!, hace tanto que no lo haces, Anne, se te olvida que aun con la depresión más severa se puede escuchar una canción así y sonreír, garantizar que lo sombrío conseguirá opacar un rostro (volvemos a nuestro primer espejo) mas no una boca que se extiende: de ahí salen tus palabras, luego las mismas recomendaciones médicas, los poemas; y luego te transformas en aire, el monóxido de carbono es tu única pareja, te abraza de la cintura y aúllas hasta que finaliza la canción y una desconocida mano pone STOP, o bien cambia de canción y suena ahora el inicio de A Message de Cold Play, porque “you do have to be alone” y es la música que escogemos para la escena de la despedida: adiós, que te vaya bien, una danza interminable con ese tu último amante, tú que siempre presumiste de tener tantos. Ciao. He aquí nuestra tercera manera de morir.
Cuarto dedo
También puede ser tu cumpleaños. Un poco de emoción frente a los regalos y frente a, pongamos, un pastel de chocolate. Algo deben de tener los días así: uno se atreve a todo tras destapar la licuadora donde se revuelven los meses y los años, un tiempo líquido que se bebe no ya a gotitas sino a boca de jarro. Entonces llevas a cabo tu primer intento por apagar tu respiración. Pero ésta se mantiene y en su ritmo prolonga tu enfermedad, depresión postparto, trastorno bipolar, señalan los médicos. Y si bien consigues salir con vida ese día, ese suceso sólo marcará el inicio de lo que al fin culminará con nuestra cuarta manera de morir: un cumpleaños que termina por regar el tiempo para dejarte con una sed espantosa, semejante a la del alcohólico, por la madrugada.
Quinto dedo
(hijaktaffairs.tumblr.com)
Otra manera de morir sería tras irte de juerga con tu admirada Silvia Plath, a quien conociste a sus 27 años, cuando estaba a punto de publicar su primer libro, beber martinis en el Ritz después de clases, y aguardar a que ella se suicidara para culparte por ello, adjudicándote la que creías debía ser tu muerte, para luego dedicarle un sentido poema.
Seguramente tú encontrarías otras formas de morir, Anne, también otra mano, pero eso sería otra historia.