Cuentos de Juan Carlos Onetti

POR Gabriel Ríos
La parte sustancial de su obra se centra en mujeres ansiosas de huir, impotentes, sumisas, depresivas, casi todas locas, que interactúan en relatos densos y aburridos de hombres que fuman infinidad de cigarrillos
(distintaslatitudes.net)
No sé desde cuándo acaricio la idea de que a la obra de autores como Juan Carlos Onetti no se les puede extraer más que algunas experiencias amargas. Con respecto a la imitación de su voz, tono, ritmo, no creo que haya ningún problema, incluso existe un disco grabado de algunos de sus cuentos, en los que gauchea, Bienvenido Bob, entre ellos. Garantizo que se pueden crear textos parecidos con una o dos lecturas de la extraordinaria novela La vida breve, pero serán falsos por necesidad.
Allá por los 70 se publicó un librito, La novia robada, un cuento con introducción-entrevista de Ricardo Piglia. Las respuestas del autor uruguayo al argentino no variaron a lo largo de su vida: las influencias primerizas de William Faulkner, en cuentos como “Los niños en el bosque” y “Excursión”, que pertenecen a la novela Tiempo de abrazar, y su admiración por Roberto Arlt.

A través del relato me fui acercando a Santa María. El escritor estaba practicando la primera persona, cuando de pronto sentí el sarcasmo en esa supuesta carta de amor, y cuando creí tener a la mano la técnica, ahí estaba esa cara de rábano explicándome de cicatrices que coincidían, réplicas torpes y obstinadas que no eran otra cosa que las caricaturas de seres ignorantes.
Fue entonces que me vi rodeado por los fantasmas de Moncha Insaurralde, platicando con Mme. Caron, de puntillas y encajes, Díaz Grey, Barthé y Juntacadáveres. Todos ellos me incitaron a agredir a esa mujer que todavía no era mi esposa, ni lo fue, por supuesto. Fue un placer destrozar esa cara redonda y arrancarle mechones de ese espantoso pelambre cobrizo.
Al quitarme de encima al esperpento, comencé a padecer como un personaje más de Onetti. No era que su obra me hubiera decepcionado, sino que no veía por dónde salirme de ese magma pegajoso, con olor a tabaco rancio y ginebra barata, de ese infierno tan temido que no se hizo esperar, al darle el sí a esa actriz segundona, tan parecida a Gracia César, haciéndome la vida de cuadritos, cobrándose de lo que le hice a ese prospecto a poetisa.
(almamagazine.com)
Juan Carlos Onetti resultó ser un buen administrador de sus personajes. Retoma al doctor Díaz Grey en un relato magistral que tituló “La muerte y la niña”, el mismo que nos exige releer “La casa en la arena”, al trote, la relatoría del Colorado y Quinteros. Se trata de dibujos que posiblemente se diluyan en las siguientes líneas, pero no es así, pues Molly, esa gringa fortachona, se refritea versos, actúa con ardor y traiciona para quedarse con Quinteros.
Encuentro un puente en la voz del pueblo, en la cursilería sanmariana, que se adueña de otro recuerdo, el de Angélica Inés que conoció Jorge Malabia, por el contenido del baúl de esa otra mujer o me imagino que así sucedió en “El álbum”. Lo que sí es seguro es que Junta fue testigo en El astillero, de que Díaz Grey se volvió a enganchar, para su desgracia, con la hija de Petrus, el arquitecto y fundador de Santa María, que se menciona con frecuencia en “Tan triste como ella”, con la debida coma y el adverbio acaso.
La narrativa de Juan Carlos Onetti pertenece a un mismo espacio imaginario: son fragmentos de un gran libro de libros que le llevó medio siglo de escritura. La ventaja de Onetti es que supo a tiempo que su mundo lo alimentaba el teatro de esos guiñapos que parecen humanos. La parte sustancial de su obra se centra en mujeres ansiosas de huir, impotentes, sumisas, depresivas, casi todas locas, que interactúan en relatos densos y aburridos de hombres que fuman infinidad de cigarrillos y observan desde diversos balcones esa gama de realidades, que con una onza de inteligencia y sabor a calavera se entretejen en “Un sueño eterno”, en el cual sólo existen algunas casas, dos automóviles, un par de siluetas encimadas, la posesión del macho sobre la hembra, un tarro rebosante de cerveza y la eterna araucaria.