El monstruo salía con la metanfetamina

POR José Luis Durán King
Una serie de homicidios desconcierta a la policía de Georgia, que no logra saber cuál era el motivo y al carecer de huellas y de sospechoso. Cuando el criminal es capturado la cifra de muertes supera la cifra de 20
Mechero para metanfetaminas (e-outdoor.co.uk)
En 2008, James Alan Fox y Jack Levin, ambos profesores de la Northeastern University, publicaron el libro The Will to Kill, en el que señalan: “Uno de los aspectos más llamativos e intrigantes de los asesinos en serie es la naturaleza de su motivación. A pesar de que han sido vagamente descritos como criminales ‘sin motivo’, lo cierto es que hay una para satisfacer su intenso apetito por poder, además de su sadismo. El asesino en serie tiende a matar no por amor, dinero o venganza, sino por el gusto de hacerlo, porque le hace sentir bien”.
Fue el caso de Tina Mayberry, que la noche de Halloween de 2002, vestida como Betty Boop, atendía una fiesta en un restaurante en Douglasville, Georgia. De manera sorpresiva, Tina caminó hasta el centro del local, con varias heridas, sangrando y solicitando ayuda. Pese a la rapidez con que fue atendida, la mujer murió en un hospital de Atlanta. Nadie sabía por qué Tina fue atacada, no había huellas y, por lo tanto, sospechoso.

Cinco meses después, en marzo de 2003, desapareció la joven Amanda Greenwell, de 16 años. Un mes después, el cuerpo descompuesto de la víctima fue encontrado, acuchillado y con el cuello fracturado. No había indicios de violación ni motivo ni evidencias, mucho menos un sospechoso.
Transcurrió más de un año para otra desaparición en Atlanta. En abril de 2004, una mujer vio la puerta abierta del salón de belleza de Patrice Endres. La usuaria entró al local y vio que las llaves del auto de la dueña estaban sobre la mesa, el lunch en el horno de microondas, pero el lugar estaba vacío.
Nuevamente, no había huellas de violencia. Para las autoridades, la mujer había huido con alguien o por algo, sobre todo si se considera que Patrice tenía un pasado problemático que involucraba consumo de drogas. Pero su esposo, Rob Endres, sabía que su pareja había cambiado, y que ahora ella sólo se dedicaba a su casa, a él y al hijo que ambos tenían. Lo que sí había era un testigo, que vio cuando un hombre descendió de una camioneta y entró al negocio de la estilista.
Lo que Rob ignoraba es que la serie de ataques que ahora había alcanzado a su esposa comenzó una década antes en Baxter Springs, Kansas, cuando el 1 de mayo de 1992 la joven Jennifer Judd, de 22 años, fue asesinada a cuchilladas en la cocina de su casa. Nadie supo el por qué de ese homicidio, no hubo huellas y el emparedado que la mujer siempre llevaba a su trabajo, estaba en el asiento del copiloto en su auto.
Doble identidad
(initiative-gegen-die-todesstrafe.de)
John Paul Chapman vivía en una casa remolque en Douglasville, Georgia, en el mismo tráiler park donde vivió la joven Amanda Greenwell, una de las víctimas de la ola de asesinatos que azotaba al estado. El hombre siempre estaba en líos por maltratar a sus parejas. Desde joven tenía antecedentes penales, uno de ellos vinculado a un homicidio. Sin embargo, cuando era detenido, y pese a que sus huellas dactilares fueron enviadas al FBI, el buró sólo las comparó con los primeros delitos que el hombre cometió.
No fue sino hasta que en septiembre de 2004 los familiares de Lisa Nichols, de 45 años, hallaron a ésta muerta en el baño, violada y con tres tiros en la cabeza, que las sospechas apuntaron a Chapman. Sólo que, cuando las autoridades colocaron el nombre de John Paul Chapman en el sistema de datos, la imagen y la ubicación del individuo no correspondían con el hombre que investigaban.
Al ampliar la investigación, la policía descubrió que la madre del verdadero John Paul Chapman había proporcionado esta identidad, con número de seguro social incluido, a Jeremy Bryan Jones, un violador serial que en 1992 asesinó a la novia de uno de sus compañeros de escuela.
Bryan Jones fue detenido gracias a la información que proporcionaron testigos en los casos de los homicidios de Patrice Endres y Lisa Nichols. Una vez que fue interrogado, el criminal no paraba de hablar y disfrutaba la notoriedad que había adquirido como asesino. En una entrevista declaró que era un tipo agradable. “Soy –dijo— “el joven guapo de la puerta de al lado”.
Pero esa opinión no era compartida por todos. De hecho, un antiguo compañero de habitación afirmó: “El monstruo dentro de él salía con la metanfetamina”.
El conteo de víctimas inicial fue de ocho mujeres asesinadas. Conforme los interrogatorios continuaron, la cifra alcanzó 21. Finalmente fue condenado a muerte por dar muerte a Lisa Nichols. Al final del juicio, el juez Charles Graddick no perdió la oportunidad de aclarar que el castigo era merecido, ya que Bryan Jones era “un peligro para la sociedad civilizada”.