El petardo contra la bomba

POR Henry Miller
¿Por qué el petardo? Porque representa el principio del placer. Quizá el petardo también fue utilizado (por los chinos) para alejar a los demonios, pero nunca para matar a otros seres humanos o incluso animales
(feedingdirttotheshortbus.blogspot.com)
Deseo colocar sucesivamente mis pensamientos, reflexiones, meditaciones y recriminaciones de una manera inconexa. No quiero situar el mundo bajo el fuego, como decía una canción popular. No creo que haya algún hombre –o algún grupo de hombres— que sea capaz de poner sus pensamientos en línea recta. Desde un punto de vista agudo, nada requiere ser colocado de manera directa. El hombre desenfadado puede decir, como lo dijo Céline: “Me meo en todo desde una considerable altura”. El sádico y el gurú permanecen imperturbables. Los extasiados (los hasidim) continuarán cantando y bailando incluso mientras el mundo se sumerge en la nada. Los santos seguirán disfrutando una buena cogida, porque son inmunes, incorruptibles y porque están más allá de la melancolía y la desesperación. (¿Por qué la Iglesia considera a la melancolía, junto con la pereza, como un pecado capital? ¡Piénsenlo).

¿Por qué el petardo? Porque representa el principio del placer. Quizá el petardo también fue utilizado (por los chinos) para alejar a los demonios, pero nunca para matar a otros seres humanos o incluso animales. Hay un libro de Erick Gutkind (un profeta olvidado) que se llama Choose Life –el título está tomado del Antiguo Testamento. Tenemos la elección, aparentemente, entre la vida y la muerte. Y hemos optado por la muerte o, mejor todavía, por la aniquilación total. Y lo podemos hacer ahora desde las profundidades del océano o desde el espacio exterior. Somos los “devora-muertes”.
Casi todos los escritores renombrados del siglo XIX, desde William Blake hasta Rimbaud, Blavatsky y Nietzsche, así como del siglo XX con Gurdjieff, han anunciado la perdición del hombre civilizado. El solo término “civilizado” está en entredicho. Para ser civilizado hay que matar, envenenarse con alcohol y drogas, fomentar la prostitución, crear enormes divisiones de riqueza. Irónicamente, Estados Unidos, la tierra de la abundancia, tiene una enorme población de individuos afligidos por la pobreza, muchos de los cuales se ven obligados a vivir con comida para perros y gatos.
Lo que estoy diciendo no es nada nuevo, lo sé. Repito estos hechos bien conocidos con la vana esperanza de que, si no es muy tarde, nosotros –y por nosotros quiero dar a entender la civilización entera— podamos abrir los ojos e interrumpir el curso de la autodestrucción. Durante siglos el hombre ha estado nadando en sus propias mierda y vómito, aderezados éstos con un poco de orines amargos de caballo. Hoy, incluso la gente espiritual, los hindúes, han optado por la bomba nuclear. Dicen que para proyectos de paz, ¿quién puede creerles? Las superpotencias, por otro lado, no se andan con rodeos en la acumulación de armamento o en la venta de éste a otras naciones. Uno espera sin aliento ver lo que los chinos harán ahora que ellos también poseen la bomba.
Lawrence Durrell (durrell2012.com)
La definición más simple que se me ocurre para eso que llamamos conducta civilizada es: demencia. No hace mucho, a través de la recomendación de mi amigo Lawrence Durrell, leí un libro extraordinario de Jacques Lacarrière llamado Les Gnostiques. En él descubrí que mucho antes del advenimiento de Cristo –y que persiste hasta hoy día en ciertas regiones oscuras del mundo— existió un grupo o secta cuya creencia principal era que el planeta Tierra es un error cósmico. Yo estaba asombrado –a la vista de todas las monstruosidades y atrocidades que ocurren diariamente— de que esa secta no hubiera pervivido. No importa desde que ángulo vea yo las actividades del hombre. Estoy obligado a confesar que los hombres están casi o completamente locos. Sería refrescante y estimulante para la juventud de hoy, que no sabe a dónde voltear, leer ese libro. Por supuesto es una obra totalmente subversiva que defiende todas las formas de lo antisocial, lo amoral, lo obsceno y las prácticas no religiosas. (¡Ish Kabibble!).
Retomando el grave desequilibrio en la riqueza, el miedo a las hambrunas y la sobrepoblación, uno se pregunta por qué alguien no ha propuesto hacer un mejor uso de los fetos humanos que actualmente son quemados. En la época de Jonathan Swift éste recomendaba comerse a los nenes. (Uno no debería mencionar la palabra feto en un trabajo literario). Pero, ¡qué tiernos y sabrosos, nos imaginamos, deben ser los fetos! Amén del aspecto inmoral de éstos –los cuales la Iglesia asegura que deben crecer—, ¿es peor comerlos (en orden de la supervivencia) que quemarlos cuando uno no sabe cómo librarse de las cosas marchitas? Quizá si un bondadoso cura o rabino o quien sea bendijera primero la comida (o la rociara con agua bendita) la idea podría hacerse más aceptable.
Algo tan drástico como esto debe exigirse o pronto nos comeremos unos a otros. Si los caníbales sobrevivieron dicho tránsito, ¿por qué nosotros no? ¿No es sorprendente, a propósito, que los primitivos (privados de todos los beneficios que la ciencia provee) hayan podido actuar mejor que nosotros y sobrevivir todavía mucho mejor? Pienso particularmente en aquellos hombres morenos del desierto de Kalahari (posiblemente los habitantes más antiguos del África) sobre quienes Laurens Van Der Post ha escrito tan elocuentemente.
En Estados Unidos esta gente es apiñada en reservaciones que ofrecen un mínimo de subsistencia. Para vivir deben cazar. Casi siempre sólo hieren al animal en vez de matarlo. Después de lo cual inician persecución que puede sobrepasar los 30 kilómetros. Tras matar a su presa encienden una fogata y la rostizan. Entonces comen hasta que sus barrigas están llenas; después de eso cantan y bailan por el resto de la noche. No saben nada de vitaminas, calorías, colesterol, cáncer y todas esas cosas. No poseen nada. Están perpetuamente en movimiento. ¡Y generalmente son felices! Reflexiónenlo, ustedes los civilizados. ¡Muéstrenme su felicidad, rostros despreocupados! El gran enemigo de aquellos hombres es el hambre, no los gérmenes. Los enemigos que tenemos y que nos matan son invisibles, algunas veces intangibles y sin nombre también. El hombre civilizado se ha autoinmunizado contra todo, excepto contra sus propios impulsos criminales y destructivos.
Escena de Satiricón, de Fellini (flickriver.com)
Cuando enviamos a los astronautas a la Luna para traer unas piedras irrelevantes, nunca pensamos (como Ponce de León en su búsqueda de la fuente de la eterna juventud) en traer alguna piedra de toque que nos asegurara la paz, la jovialidad, la salud y la vitalidad. (Intentamos progresar eternamente, pero olvidamos el costo). ¿Fue una conducta de alta poesía o una gran imbecilidad que uno de los astronautas golpeara una pelota de golf a través de la superficie de la Luna?
Si alguien leyera las aventuras maravillosas de Cabeza de Vaca se perdería para encontrar en nuestros archivos “Carta a su Majestad” como la que Cabeza de Vaca escribió al rey de España. (Este libro de Haniel Long no puedo abstenerme de recomendarlo con todo mi corazón. Efectivamente, las aventuras, como las han llamado, no tienen parangón con nada de lo que he leído. Incluso en esta afligida era de locura y corrupción esas aventuras pueden alegrar el corazón e inspirar al más infortunado entre todos nosotros).
“El hombre civilizado se ha
autoinmunizado contra todo,
excepto contra sus propios
impulsos criminales”.
Entre los rostizados y comestibles fetos de la India, Apalachia y las aventuras milagrosas de Cabeza de Vaca, yo me quedo con esa revoltosa y extraordinaria escena de Satiricón de Fellini, donde el hombre rico deja su fortuna a sus amigos con la condición de que éstos devoren su cuerpo, lo cual ellos proceden a hacer con gusto y prontitud en cuanto son informados de los pormenores.
Estoy seguro de que hubieran respondido con similar rapidez si se les hubiera requerido meter la cabeza en una cubeta de bazofia o comer sus propias mierdas. La pobreza y la corrupción no empezaron con el drama de Watergate. Si uno lee La vida de los Papas tropezará con todas las formas de vicio, corrupción, tortura e inmoralidad, practicadas por los mismísimos santos padres.
Lo cual me recuerda que cuando fue asaltado mi pensamiento por primera vez con un deseo al aire me dije: “¡Qué hermoso sería si The New York Times publicara mi pieza!” Pero The New York Times no sólo hizo de lado mi referencia calumniosa a los Papas sino que nunca imprimiría palabras como coño, coger y pito. ¿Por qué? Porque es un periódico familiar (sic). Confrontado con unas cuantas palabras insípidas, el periódico más grande del mundo súbitamente se reduce a “¡un periódico familiar!”
Erica Jong (karenvalladares.blogspot.com)
En eso no es peor que las respetables revistas literarias y periódicos británicos, que no permiten imprimir la palabra coño o sus equivalentes. Recientemente, en la reseña de un libro popular (en Estados Unidos) de Erica Jong, llamado Fear of Flying, un libro que he tomado como mío para promoverlo de cualquier forma posible, el reseñista la acusaba de poseer “pudenda de mamut”. La pudenda (una palabra del latín que sirve para nombrar las partes privadas y vergonzantes) es típicamente británica. Conozco ese libro también y a su autora. Sólo en Gran Bretaña puedo imaginar que se digan tales cosas sobre un autor. Yo mismo dudo que haya tenido alguna vez una reseña favorable de un crítico británico, independientemente de que el libro en cuestión hablara de coños, liberación o astrología. He llegado a considerar a los críticos británicos como “travestistas del espacio exterior”.
Y ahora, como descanso, déjenme citar una línea de los Misterios de Knut Hamsum: “–¡Buenos días, señorita Kielland! ¿Me dejaría pinchar su buñuelo?” Déjenme sugerir la relectura del pasaje donde Rabelais habla de emplastar los muros de París con coños: aquesados, coños aromáticos cuyo olor vuele hasta el cielo. O dediquemos unos pocos minutos a reflexionar por qué los lectores actuales prefieren a Harold Robbins que a Dostoievski, y a Doris Lessing que a Lady Murasaki (The Tale of Genji). O considérese la diferencia en los deportes: el héroe de futbol –un lisiado a los 30— contra el gladiador que luchaba (contra hombre o bestia) para matar o ser muerto. O por qué los niños (de ocho años en adelante) disfrutan asesinando ancianos y minusválidos por unos centavos.
Otra pregunta: ¿cuánto tendrá que pasar para que una novela como Cumbres borrascosas, la más apasionada en lengua inglesa, sea escrita por una de las vírgenes del Brontë?
¿Cuánta censura? Una historia extraña. Hace 100 años, más o menos, un lord británico ebrio fue sorprendido mientras orinaba la calle desde su balcón. No sólo fue tratado con buenos modales sino que también la ley lo perdonó considerando tal conducta como una infracción, mientras que el lenguaje obsceno era castigado con la prisión.
Herman Hesse (dedroidify.blogspot.com)
(Una pausa sin comerciales).
Cuando vi Satiricón de Fellini pensé que había visto lo último en películas. Pero entonces vi El lobo estepario, basada en una novela de Herman Hesse, la cual va más allá del Satiricón, en mi opinión. Al final, el lobo estepario es condenado a la vida eterna, presumiblemente aquí, en este demencial planeta. ¡Qué castigo! Durante este periodo se supone que aprende a reír, no a tomarse a sí mismo ni a nada en serio. “¡Por todas tus enfermedades, te daré la risa” (Rabelais). El lobo estepario incluso será alentado para disfrutar unas cuantas prácticas lascivas. No hay pornografía u obscenidad en el filme. Es cine puro.
Existe un alma –intangible, invisible, imperecedera—, pero nunca la tomamos en cuenta. Aunque domine nuestras vidas. Gracias a Dios es todavía ponderada por los negros, chicanos y gente primitiva por todos lados. El clero habla de ella, aunque no sabe de qué está hablando. “¡Fais ce que vouldras!” Estas fueron las palabras que Rabelais colocó en su Abbaye Thélème: “¡Haz lo que quieras!” Debió haber añadido: “¡La entrada es gratis!”
Tomado: Playboy. Marzo, 1977.
Traducción: José Luis Durán King.