Escritores: la cárcel les sienta bien

POR Tony Perrottet
Desde el punto de vista estrictamente literario, la prisión fue lo mejor que le pudo pasar al Marqués de Sade. Fue sólo tras las rejas que fue capaz de ponerse a componer sus imaginativas obras y su perdurable reputación
(listverse.com)
Mientras investigaba al Marqués de Sade hace algunos años me encontré con un dato biográfico curioso: ese libertino francés enloquecido, cuya serie de obras morbosamente violentas dio origen al término “sadismo”, en realidad comenzó su carrera literaria como escritor de viajes. En 1775, Sade se embarcó un año en un viaje por Italia, y escribió un enorme (y enormemente tedioso) manuscrito sobre aquel periplo titulado Voyage d’Italie. La laberíntica obra, rebosante de reflexiones acerca de los museos florentinos y las costumbres napolitanas, nunca fue completada. La atención de Sade vagaba más por placeres carnales, y en 1777 fue arrestado por una larga lista de embrollos desagradables, incluyendo uno que los historiadores llaman “El pequeño episodio de las niñas”. Sade fue arrojado a la prisión de Vincennes, y pasó encarcelado la mayor parte del resto de su vida. Voyage d’Italie pronto se unió a una serie de manuscritos a medio terminar, trozos de versos y sobrias piezas dramáticas, ninguno de los cuales Sade nunca tuvo la disciplina para llevar a buen término.

Desde el punto de vista estrictamente literario, la prisión fue lo mejor que le pudo pasar al marqués. Fue sólo tras las rejas que fue capaz de ponerse a componer sus imaginativas obras y su perdurable reputación, aunque peculiar, de mentiras.
La temporada más impresionante de Sade comenzó después de 1784, cuando fue trasladado a la Bastilla, que efectivamente funcionaba como una colonia literaria a la par de la actual Yaddo. Desde una suite decorada con su propio mobiliario y una biblioteca de 600 libros (y atendido por su valet), el marqués entró en un frenesí alucinante de escritura, produciendo miles de páginas manuscritas a una velocidad vertiginosa. Como Francine du Plessix Gray señala en la biografía ya clásica At Home With the Marquis de Sade, éste completó el primer borrador de su novela Justine en sólo dos semanas, y finalizó en 37 días el borrador de 250 mil palabras de Los 120 días de Sodoma, transcribiendo las letras minúsculas a pliegos de cinco pulgadas de ancho, en un rollo de casi 50 pies de longitud. En 1788, después de 11 años tras las rejas, Sade había escrito ocho novelas y colecciones de cuentos, 16 novelas históricas, dos volúmenes de ensayos, un diario y unas 20 obras de teatro. Como se vea la obra de Sade, hay que envidiar a su productividad.
Encierro, el mejor lugar de trabajo
Colette (guardian.co.uk)
La distracción literaria parece un problema muy actual. En estos días, los escritores distraídos tienden a culpar a Internet, cuyas tentaciones constantes destruyen nuestra capacidad de atención, fragmentando cada minuto y reduciéndonos a un estado de ansiedad permanente por revisar el correo electrónico cada 30 segundos, “como monos masturbándose”, escribió en una ocasión  un amigo, una frase que el propio Sade hubiera aprobado. Pero la historia está llena de escritores que, al igual que el marqués, sólo funcionaron en condiciones extremas –e involuntarias— de aislamiento.
“Una prisión es de hecho uno de los mejores lugares de trabajo”, declaró Colette. No hablaba de forma metafórica. A principios de 1900, su primer marido la encerraba por cuatro horas al día en una pequeña habitación, negándose a dejarla salir hasta que hubiera completado un número determinado de cuartillas, una medida drástica pero que resultó en una novela anual durante seis años. “Lo que aprendí sobre todo fue cómo disfrutar, entre cuatro paredes, casi todos los vuelos secretos”, recordó Colette más tarde, sonando casi sentimental.
El peripatético Marco Polo decidió registrar sus viajes a través de China al ser capturado en 1298 en una batalla naval contra Génova y encerrado en un lujoso palacio. Cinco siglos después, el playboy Giacomo Casanova encontró tiempo para su renombrada autobiografía erótica conocida sólo después de quedar sin dinero (y libido) y retirarse al castillo de Dux, en Bohemia, donde aceptó un empleo como bibliotecario. Napoleón Bonaparte dictó sus multivoluminosas memorias –uno de los grandes bestseller del siglo XIX francés— gracias a su prolongado exilio en Santa Elena.
Incluso las duras cárceles públicas pueden inducir resultados. En 1897, Oscar Wilde escribió el ensayo filosófico De Profundis mientras estuvo encerrado en las galeras de Reading por “actos contra natura”. Y en 1942, Jean Genet escribió su primera novela, Nuestra Señora de las Flores, garabateando en trozos de papel, mientras estaba en la prisión de Fresnes , cerca de París, por hurto.
Fin del aislamiento provisional
La Bastilla (euroclubschools.co.uk)
Por supuesto, pocos escritores soñarían seriamente con pasar sus últimos días en la Bastilla, aunque hasta hace poco todavía parecía relativamente fácil recrear una especie de aislamiento provisional. En 1992, en The Writing Life, Annie Dillard se describía empujando su escritorio lejos de las ventanas de su cobertizo-estudio en Cape Cod, que daba a los bosques de pinos encantadores, para hacer frente a una pared en blanco. (“Los lugares atractivos de trabajo son los que hay que evitar. Uno quiere una habitación sin vista, así la imaginación puede encontrarse con la memoria en la oscuridad”.) John Cheever prefería el sótano oscuro y lúgubre de su edificio de apartamentos de Nueva York, y en The Algonquin Round Table recomendaba enfrentar la “pared de ladrillos blancos de una bodega de almacenamiento”.
Hoy, sin embargo, estar encadenado a la mesa, como dice la expresión, ya no es garantía de productividad. ¿Quién puede seguir con la página en blanco cuando el clic de un ratón abre un coctel de amigos charlando, una biblioteca de clase mundial, un infinito complejo comercial, un centro de juegos, un festival de música e incluso un multiplex? En vez de remotas colonias literarias, los escritores pueden ser vistos ahora vagando por el campo con sus teléfonos inteligentes en busca de recepción para que puedan disparar una rápida actualización de Facebook. En estos días, Walden Pond tendría Wi-Fi y Thoreau podría pasar sus días viendo videos lindos de la vida silvestre en youTube. Y Dios sabe qué tipo de páginas de clasificación X hubiera desenterrado el Marqués de Sade.
Es maravilloso que los escritores tengan acceso en cualquier momento a manuscritos medievales, diccionarios swahili y a las colecciones de daguerrotipos del siglo XIX. Pero la desventaja es que es casi imposible terminar una frase sin interrupción. Confieso que incluso aquellas últimas 15 palabras se fijaron por un desvío, vía Wikipedia, a varios sitios web de salud, donde me enteré de la preocupación que despertó el año pasado un informe de lo que la radiación de Wi-Fi estaba causando, al desprender la corteza de los árboles en una ciudad de Holanda, y que nuestra navegación excesiva por la web y el correo electrónico también puede tener efectos nocivos sobre las abejas y los niños británicos. Después de una hora de eso llegué a la conclusión de que tal vez un estudio científico igualmente urgente puede realizarse sobre la devastación que Wi-Fi ha causado a la literatura universal. El daño es, sin duda, es incalculable.
El estímulo de la pobreza
(prisonphotography.wordpress.com)
A pesar de que todas las personas que conozco reconocen el problema de la distracción digital, hay una resistencia sorprendentemente escasa. En los círculos literarios de Nueva York cualquier tipo que no tiene una cuenta en Twitter es considerado un ludita radical [alguien que se opone a los cambios tecnológicos]. Sin embargo, algunos han hecho gestos hacia el cumplimiento de la auto-negación. El novelista Jonathan Lethem ha confesado ser propietario de dos computadoras, a una de las cuales le desinstaló el Internet para utilizarla solo para su escritura de ficción. Dave Eggers, Nora Ephron y otros han ensalzado el programa computacional Freedom, que bloquea el acceso de Internet en sus computadoras por un tiempo máximo de ocho horas. Jonathan Franzen escribió The Corrections en una habitación oscura utilizando tapones para los oídos, orejeras y una venda, y confesó que bloqueó su puerto Ethernet con Super Glue mientras trabajaba en Freedom (sin relación, al parecer, con el programa homónimo de software).
Por supuesto, hay soluciones incluso más sencillas. Otro de los autores tremendamente prolíficos de Francia, Honoré de Balzac, consideraba que el estímulo más eficaz para la productividad es la pobreza más abyecta. Ya como un escritor consolidado a sus 30 años, Balzac recordaba con cariño sus días de juventud como un bohemio que vivía en una buhardilla y roía un pedazo de pan, frutos secos y agua. (“Me encantaba mi cárcel”, escribió, “porque yo mismo la elegí”). Incluso cuando ya tenía éxito se despertaba a medianoche, a vestir simbólicamente el hábito de un monje medieval, y escribir durante ocho horas seguidas, estimulado por las ollas de café. Su biógrafo Graham Robb sugiere que Balzac se endeudó severa y deliberadamente para obligarse a producir más páginas. Dados los cada vez más irrisorios pagos que reciben los escritores en estos días, el temor a la quiebra –la prisión por deudas moderna— sigue siendo una inspiración para todos nosotros.
Tomado de: Sunday Book Review. Julio 22, 2011.
Traducción: José Luis Durán King.