Nuestro amor comenzó cuando éramos peces en el mar

POR Gabriel Ríos
Los temas característicos de la literatura de Bashevis Singer –1904-1991— son la recurrente tiranía de las pasiones, el poder de las obsesiones y el destructivo pero paradójico potencial creativo de las emociones
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En Amor y exilio, Isaac Bashevis Singer retrata la primera época de su vida. Rememora su infancia en el pueblo de Radzymin como hijo de un rabino ortodoxo. En su estancia en Varsovia prueba suerte con la escritura, y en la sección titulada “Perdido en América” narra los oscuros años de soledad y depresión, del principio de su exilio en los Estados Unidos.
Corría el año de 1935 cuando emprende el viaje sin retorno. Ese día de abril era la víspera del cumpleaños 47 de Hitler. A su paso por Alemania –“como en cualquier otra inquisición”—, el sol iluminaba los balcones de las casas germanas, engalanadas con banderas nazis.

Adormecido, el revisor lo sacudió del hombro, pues había llegado a París. En sus bolsillos sólo guardaba su pasaporte, el pasaje del barco, unos cuantos dólares y francos, y dos maletas. Subió al tren que lo llevaría de París a Cherburgo. Ya en el buque advirtió que se había quedado sin un centavo. Se sentía, apunta, lo que la Cábala llama un alma desnuda y por lo tanto se le estaban olvidando hechos y rostros.
En el trayecto tuvo pensamientos absurdos. Se sentía excitado, irritado y solitario. Las ansiedades de su infancia volvían con sus falsos temores, sospechas ridículas, supersticiones. Soñaba despierto. Perdió por completo la orientación, no reconocía a las personas y cometía errores flagrantes al hablar.
Al quinto día de la travesía, alquiló una silla de descanso y sacó de la biblioteca del barco el libro de La evolución creadora de Bergson. Pensó que no era necesario ser filósofo profesional para leerlo con placer. Fue en ese momento que entabló una conversación con su vecina de silla, que leía Las flores del mal de Baudelaire. La mujer, cuyo nombre era Zosia, se dirigió a Bashevis Singer en un titubeante yiddish varsoviano: “Siempre he deseado leer el libro que está usted leyendo, pero por alguna razón no lo he hecho”.
En compañía de ella, decía para sí, que él era un asceta que a cada instante le recordaba la muerte, ya que había personas sufriendo en hospitales, cárceles, torturadas por sádicos políticos de toda índole.
Sólo unos años atrás se había dejado de morir de hambre a millones de campesinos rusos, sólo porque a Stalin se le ocurrió establecer comunas. Bashevis Singer nunca consiguió olvidar las crueldades que se cometían contra las criaturas de Dios, en mataderos, cacerías y en diversos laboratorios científicos.
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Al llegar a Estados Unidos, el autor de Sombras sobre el Hudson fue recibido por su hermano, el también escritor Yehoshúa y un colega suyo, Zygmunt Salkin. Comenzó a escribir su segunda novela, pues la primera, Satán en Goray, había llegado traducida al polaco a territorio americano. Sin embargo, transcurrió un año y la obra no había salido lo bien que hubiera querido. El editor del periódico Forvets le permitió continuar sus entregas hasta su conclusión. Para ese entonces había dejado de escribir ficción y se ganaba la vida con la columna que aparecía los domingos: “Vale la pena saberlo”.
Para permanecer en Estados Unidos necesitaba de un documento, y una noche, mientras revisaba la correspondencia, encontró una carta de Varsovia y otra sin sello. Stefa, su amante en Varsovia, le había enviado el papel que le hacía falta y la carta del periódico, era del director del periódico donde escribía, quien le comunicaba haber encontrado un abogado especializado en ayudar a inmigrantes.
Amor y exilio termina cuando él se da cuenta de que habían dejado de publicar su columna en el Forvets, y se sintió perdido en América.
Mucho antes de comenzar a escribir, cuando era un niño, se preguntó en qué se distingue a un ser humano de otro. Para entonces conservaba los recuerdos de Radzymin, donde su padre había sido nombrado director de una yeshivá (seminario) y de lo distinta que era su familia de las demás. Por ejemplo, su padre no llevaba un yármulke (gorro) como los judíos, sino un sombrero redondo de terciopelo.
Desde pequeño, Bashevis Singer exploraba las cuestiones eternas. Era consciente de ser diferente al resto de los muchachos que asistían como él al jéder –escuela donde se enseñaba a los niños a escribir hebreo—, y a causa de ello sentía vergüenza. Simultáneamente leía a Dostoievski traducido al yiddish, y revistas baratas que compraba en la calle Twarda por unos cópecs.
Bashevis Singer sufría de crisis y era propenso a las alucinaciones. Su estado de ánimo cambiaba con rapidez. En un momento dado entraba en éxtasis y de pronto era presa de mucha ansiedad. La causa de su melancolía, reflexionaba, era una compasión insoportable hacia quienes estaban sufriendo o habían sufrido a lo largo de generaciones.
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El Premio Nobel de Literatura 1978 encontró desde joven, en la Ética de Spinoza, una especie de grandeza deprimente, porque para él la teoría del pensador holandés dejaba cierto espacio para la fantasía. Le divertía, incluso, la idea de cambiar algunos de los axiomas y definiciones y crear otra Ética.
Uno de sus descubrimientos, que realmente hizo su hermano menor, Móishe, fue el de Rabí Najman, uno de esos pensadores y poetas benditos, en cuya obra siempre se descubría algo nuevo y de gran sabiduría.
De las mujeres que conoció en Varsovia, destaca la figura de Gina. Con ella descubrió que el impulso sexual está más estrechamente ligado a la fuerza espiritual que a la física. Al recordarla, después de la muerte de ésta, escribió: “Nadie sería capaz de besarme, atraerme y satisfacerme como tú. Te añoro porque nos juntamos no sé cuántas veces y nuestras vidas estaban entrelazadas de tal forma que era imposible separarlas. Nuestro amor comenzó cuando aún éramos peces en el mar, pájaros en el aire y topos en la tierra”.
Alguna vez leyó en la Guemará –parte del Talmud que consiste en comentarios sobre la Mishná, la primera codificación de la ley oral judía— que tanto para un hombre como para una mujer dar con la pareja adecuada constituía un milagro tan prodigioso como separar las aguas del Mar Rojo.
A fuerza de leer la obra de Spinoza, se dice en Amor y exilio, Bashevis Singer halló el sentido de que todo puede convertirse en una pasión. Quizá fue en ese instante en el que decidió convertirse en un narrador de las pasiones humanas. En realidad –lo expresa— se había apropiado del Dios de Spinoza, pero su imaginación lo había extendido, antropomorfizado, bestializado y reelaborado, de forma que se adaptara a sus estados de ánimo.
El prolífico autor que fue Isaac Bashevis Singer, estaba convencido de que Weininger, Schopenhauer, Nietzsche y sus propias experiencias lo había convertido en un antifeminista. Deseaba con fervor e idolatría a la literatura. A las mujeres, las amaba, por sus defectos, que eran casi idénticos a los suyos: lascivas, engañosas, egocéntricas y sedientas de aventuras.
Los temas característicos de la literatura de Bashevis Singer –1904-1991— son la recurrente tiranía de las pasiones, el poder de las obsesiones y el destructivo pero paradójico potencial creativo de las emociones.