¿Quién mató a Superman?

POR Fernando Ariel García
Hollywoodland define ese salto, de la tierra al cielo, con un tipo que hizo creer a varias generaciones que el hombre podía volar. George Reeves, gigante con pies de barro, pagó el precio más alto después que le cortaran los cables que lo sostenían a pocos metros del suelo
(biobiochile.cl)
En Hollywoodland, la película de Allen Coulter que recrea desde la ficción policiaca la confusa muerte de George Reeves a fines de los años 50, Ben Affleck logra un veraz retrato del actor que inauguró la maldición fílmica achacada al Hombre de Acero. Pero en el rol del detective, Adrien Brody va mucho más allá. Expone parte de la maquinaria que nutre y mueve la industria del cine. Con eso alcanza (y sobra) para meter escozor, mucho asco y redondear un filme más interesante por las implicancias que por el caso en sí.

George Keefer Brewer no tuvo mucha suerte. O, visto de otro modo, tuvo tanta que no pudo salir indemne de ella. Llegó a este mundo el 5 de enero de 1914, en un hogar de clase trabajadora. No fue un hijo buscado. De hecho, sus padres se casaron cuando su madre se dio cuenta de que estaba embarazada. No fue un matrimonio por amor. No fue un matrimonio por conveniencia. No duró. O duró lo que podía durar.
Un par de años después, su madre conoció a y se casó con Frank Joseph Bessolo. Las cosas anduvieron mejor, la familia se mudó a California, y en 1927, Frank adoptó a George y le dio su apellido. Pero las cosas volvieron a andar mal y el matrimonio se deshizo.
Muchachón adolescente bastante agraciado y corpulento, George Bessolo se volcó al arte dramático. Estudió Teatro en el Pasadena Junior College y llegó a protagonizar distintas obras en la sala comunal. Con cinco años de experiencia pisando las tablas, para mediados de los años 30 George hacía sus pinitos en el mundo del cine. Nada importante, por supuesto, seriales de presupuesto inexistente y rápida factura como Return of Doctor X, hasta que se ganó sus primeros papeles secundarios en producciones un poco más relevantes como Espionage Agent y The Monroe Doctrine. La industria comenzó a verlo con otros ojos, imaginó que podía forjársele un destino delante de cámara y la primera medida que tomó con los sueños del actor fue la de cambiarle el nombre. George Bessolo no servía. George Reeves, sí.
La gran oportunidad se le presentó en 1939, cuando fue elegido para corporizar un pequeño papel en Gone With the Wind (Lo que el viento se llevó), superproducción cinematográfica concebida para cambiar la historia del séptimo arte. Su actuación fue muy bien evaluada por los capitostes de Hollywood. Entusiasmado con lo que parecía ser un comienzo prometedor, Reeves firmó distintos tipos de contratos con Warner, Fox y Paramount; y dio el gran paso: Contrajo matrimonio con quien fue su novia durante los dos últimos años, Ellanora Needles. Lamentablemente, como los contratos tenían algunos conflictos de intereses que no se habían salvado correctamente, Reeves no pudo avanzar muchos casilleros en la carrera hacia el estrellato. Siguió filmando, sí, casi todos roles secundarios. Y cuando parecía que los problemas empezaban a zanjarse, la entrada de Estados Unidos. en la Segunda Guerra Mundial reclutó a George en la Fuerza Aérea.
Primera ley de la física hollywoodense: Los espacios nunca quedan vacíos. Y con Reeves en Sevilla otros se fueron sentando en las sillas que le hubieran correspondido al actor/soldado. Por consiguiente, de fulgurante promesa, George pasó a deshecho industrial sin solución de continuidad. No se trataba de un actor de raza que con su talento y carisma marcara diferencia, eso queda claro; y por ello las oportunidades que venían con su nombre en primera línea les fueron ofrecidas y entregadas al segundo de la lista. Para Hollywood, Reeves se había quemado antes de llegar a brillar.
Después de la guerra, George tuvo que mudarse a Nueva York para ver si conseguía algún papel en ese esperpento llamado televisión, donde los actores de verdad no ensuciaban sus carreras. No le fue mal en la pantalla chica. Participó en algunas comedias y programas emitidos en vivo. Se armó un espacio para su nombre, en lo que la industria cataloga como actores “B”. Dicho de otro modo, los que nunca llegarán a “A”. Hollywood le abrió las puertas del fondo y le permitió filmar algunas películas menores como actor de reparto. Fue segundo de Johnny Weismuller en Jungle Jim (Jim de la selva, 1948), cuando el gran Tarzán cinematográfico se había zambullido en la decadencia; y poco más. Los contratiempos laborales terminaron de horadar la vida privada de Reeves, su matrimonio se derrumbó y, de acuerdo con las malas lenguas, empezó una larga amistad con Johnnie Walker y un tal Martini.
(borg.com)
Segunda ley de la física hollywoodense: Los éxitos nunca se abandonan. No importa cómo, pero hay que seguirlos. Y este éxito venía con una S pegada al pecho. En 1950, cuando la era de los seriales traspasaba sus activos a la TV, el segundo serial del Hombre de Acero, Superman and the Atom Man (Superman y el Hombre Atómico), demostró que en el último hijo de Kryptón había una licencia a ser explotada. Los pasos a seguir eran muy simples: primero se filmaba una película para el cine y, si la respuesta del público era la esperada, se empezaba con el rodaje de la serie televisiva. Había un solo problema. Kira Alyn, el actor que hizo de Superman, no estaba interesado en el proyecto. Primera ley de la física hollywoodense: Los espacios nunca quedan vacíos. Después de una exhaustiva búsqueda, la industria encontró en George Reeves el reemplazo ideal. En 12 días del verano de 1951 filmaron Superman and the Mole Men y el destino del actor quedó sellado. La performance de Reeves como el Hombre de Acero fue realmente fantástica. Podría decirse que no hacía de Superman, era la corporización en tres dimensiones del superhéroe impreso. Tanta fe le tuvieron al proyecto que decidieron arrancar con la filmación de la serie antes de que el largometraje cinematográfico saliera de post-producción. George comenzó a soñar con otro futuro y sumó a ese futuro las curvas de Toni Mannix, esposa de Eddie Mannix, un alto ejecutivo de la Metro Goldwyn-Mayer con algunas conexiones con la Mafia. Primer error.
Superman and the Mole Men se estrenó en Estados Unidos en noviembre de 1951 y fue un éxito. La serie The Adventures of Superman (Las aventuras de Superman) lo hizo un año después. En tiempo record, George Reeves pasó de ser un don nadie a ser el ídolo máximo de la pantalla chica, opacando incluso a Lucille Ball. Una celebridad perseguida por fanáticos y multiplicada en avisos publicitarios de toda índole. Un dato para tener en cuenta el nivel de repercusión alcanzado por el programa. Superman ya era un personaje conocido en todo el mundo, pero sin esta serie televisiva nunca habría llegado a ser el icono cultural que es hoy día.
George Reeves y Phyllis Coates (toutlecine.com)
Tercera ley de la física hollywoodense: Los grandes éxitos son grandes éxitos cuando se le pueden vender a toda la familia. Esta ley modificó radicalmente la serie de Superman. Los argumentos se infantilizaron, algunas escenas de violencia fueron reemplazadas con pasos de comedia. Simultáneamente, a mediados de 1954 se abarataron costos en efectos especiales, vestuario y locaciones, buscando solventar con este ahorro el alza de los montos técnicos asumidos al comenzar a filmar la serie en color, aunque los negativos continuaran procesándose en blanco y negro para su emisión, ya que la TV color era prácticamente desconocida en los Estados Unidos.
Cuarta ley de la física hollywoodense: La segunda ley es válida, pero en algunas ocasiones es un buen negocio terminar con un éxito. En 1957, con 104 episodios grabados, Las aventuras de Superman podía seguir generando divisas pasando capítulos repetidos por las diferentes emisoras nacionales; y eran un más que interesante paquete para vender a televisoras internacionales. De hecho, la industria estuvo en lo cierto, ya que después de El Llanero Solitario, la de Superman es la serie más repuesta de la historia de Estdos Unidos, y pegando tres episodios en una larga cinta, Hollywood armó, por lo menos, tres largometrajes que animaron las programaciones cinematográficas europeas y latinoamericanas, Superman Flies Again, Superman Perils y Superman and The Jungla Devil. En el pico de su carrera, idolatrado por centenares de televidentes, George Reeves se quedó sin trabajo.
Quinta ley de la física hollywoodense: Si el actor exitoso no tiene talento o tiene talento limitado, el personaje que le dio la fama se lo termina devorando. Dicho y hecho. En 1953, Reeves participó muy brevemente en From Here to Eternity (De aquí a la eternidad). La leyenda cuenta que, en el instante en que su personaje aparecía en pantalla, el público comenzaba a gritar el nombre de Superman, aplaudiéndolo y vitoreándolo. Nadie podía ver a Reeves, porque seguían viendo a Superman. Ya lo dijimos, Reeves era Superman. La industria no le daría otra oportunidad para demostrar lo contrario; y él tampoco supo ganársela. Así que empezó a ganarse la vida con presentaciones en arregladas luchas de match y exhibiciones personales, donde continuó personificando al Hombre de Acero. Eso durante el día, porque las noches le pertenecían a los excesos de Los Angeles.
(chasingthefrog.com)
Como no se puede caer más bajo que el piso, a mediados de 1958 Hollywood y la vida parecieron dar una revancha a Reeves. La repercusión internacional de Las aventuras de Superman había interesado a productores españoles, que tentaron al actor para filmar en Europa. Si hasta se llegó a comentar que la ABC retomaría los rodajes del programa. Y después de haber conocido a Lenore Lemmon, George cortó con Toni Mannix, creyendo que así ella también terminaba con él. Segundo error.
Sexta ley de la física hollywoodense: Nada es lo que parece. 15 de junio de 1959. Cuatro noches antes de la anunciada boda entre George Reeves y Lenore Lemmon, en la casa del actor. La pareja y dos invitados se pasan de copas. A eso de la 1:15, Reeves se retira a su dormitorio, en la planta alta de la casa. Minutos después se escucha un disparo. Media hora más tarde la policía llega a la finca. No encuentra signos de forcejeo ni de una posible intromisión delictiva con fines de hurto. Sin embargo, desnudo sobre su cama y mirando al techo, Reeves está muerto. Con su sien derecha perforada por una bala. Oficialmente, los investigadores concluyeron que una mezcla de alcohol y depresión lo habría guiado en su camino al suicidio.
Curiosa (al menos) deducción, ya que en el arma utilizada no se encontraron las huellas dactilares de Reeves, ni rastros de pólvora en las manos del actor ni en la herida de su cabeza. El revólver estaba entre sus piernas, un lugar bastante incómodo de alcanzar desde la mano de un muerto. El casquete de la bala mortal apareció bajo el cuerpo de Reeves, pero la punta del proyectil que le atravesó la cabeza estaba clavada en el cielorraso. El piso de la habitación mostraba dos agujeros de bala, que fueron retiradas del techo del salón principal de la planta baja. Las pericias balísticas demostraron que el arma había sido manipulada y uno de sus proyectiles retirados. Esa bala nunca apareció.
Séptima ley de la física hollywoodense: Toda historia de Hollywood puede dar pie a una película de Hollywood. Sólo se necesita dejar pasar el tiempo necesario y prudencial para que los hechos y el mito se pongan de acuerdo, limen asperezas y aúnen discursos.
Bienvenidos al cine.
Bienvenidos a Hollywoodland.
¿Más rápido que una bala?
(armandsrancho.blogspot.com)
Es un hecho verídico, pero también es el argumento perfecto para una película de ficción. La caída de una figura todopoderosa, el Hollywood de los años 50, un crimen misterioso aun después de haber sido (aparentemente) resuelto y cerrado. Alcohol, sexo y sangre. Intrigas de alcoba. Y la sombra de la Mafia. ¿Se imaginan a Bogart investigando la muerte de Superman? Bueno, a grandes rasgos, eso es Hollywoodland (2006), el filme de Allen Coulter protagonizado por Ben Affleck (George Reeves), Adrien Brody (Louis Simo), Diane Lane (Toni Mannix) y Bob Hoskins (Eddie Mannix), un reparto afiatadísimo que encuentra en Affleck la encarnación perfecta de Reeves y en Brody la composición precisa del arquetipo bogartiano. Porque si hay un tono que define el clima de Hollywoodland es el de la novela negra, un registro que Coulter ya manejó en episodios de Los Soprano y Six Feet Under. “El personaje de Simo –contó Brody a la revista dominical del diario español El País— gana la verdad a medida que avanza en su pesquisa; no creo que él la tuviera como fin al comienzo de la película. De hecho yo lo veo más como alguien muy egoísta a quien le falta mucha madurez, precisamente la que necesitaba en su propia vida para ser padre y profesional. Me parece que en el curso de sus investigaciones se da cuenta de que saber la verdad es importante, y de paso, en su proceso de comprensión de la verdad, comprende también a Reeves como ser humano. Al principio sólo necesitaba un ángulo de visión para confirmar lo que a él le presentan como un hecho en esa muerte trágica de Reeves, que se trataba de un crimen; poco a poco a Simo se le ocurre que había muchas posibilidades de que la muerte fuera un suicidio. Creo que lo más importante que Hollywoodland cuenta es que, independientemente de lo que pasó aquella noche de 1959, algo mató a Reeves. Alguien quizá o quizá sólo su propio modo de vivir. Reeves tuvo como actor mucha suerte, pero no supo qué hacer con ella, ni con su vida. Una triste historia”.
Toni Mannix (mannixairconditioningrasd.wordpress.com)
Lejos del pretendido lenguaje documental o del tan en boga montaje del docudrama (documental actuado), la película se asume plenamente como una ficción narrada desde el punto de vista del detective melancólico y perdedor, capaz en este caso de probar las tres teorías que rodean al caso policial (el suicidio, el asesinato accidental y el asesinato premeditado), pero con muchas trabas para hallar la verdad en un sórdido mundo que, justamente, se especializa en el manejo de las apariencias y la construcción de falsas realidades, también llamadas películas. “Al principio –declaró Paul Bernbaum, guionista del filme, al sitio web Newsarama— el estudio quería un final definitivo sobre qué había pasado realmente. No quería hacer eso porque nadie sabe realmente qué pasó. La frustración más grande es que no hay suficiente material corroborado para utilizar como fuente de información. Me gustaría que hubiera más material documental para revisar. Hubo muchas cosas que tuve que conjeturar o imaginar, pero traté de mantener siempre el espíritu de los hechos”.
Este, tal vez, sea el mayor logro de Hollywoodland. Porque le permite trascender la anécdota policial y dejar atrás el morbo que siembra una muerte dudosa. Vida, pasión y muerte de George Reeves quedan así convertidas en metáfora de una estructura de poder, un modelo de gestión al que no le importan las acciones y reacciones que desencadenan a ambos lados de la pantalla. ¿Cómo se sobrevive a los 15 minutos pronosticados por Warhol? “La película –analizó Affleck— trata de la ambición y de la tendencia general de las personas a sentirse descontentas o a hacer que su felicidad dependa de algunos objetivos como un trabajo nuevo, un ascenso, un automóvil, una nueva relación o lo que sea. Y la fama, por supuesto, es el objetivo más grande. Mucha gente piensa que su vida no vale la pena si no es famosa”.
Triste, solitario y final
(armandsrancho.blogspot.com)
Hasta 1949, el gigantesco cartel de las colinas de Los Angeles rezaba Hollywoodland, la Tierra de la Madera Sagrada, porque el primer gran emprendimiento comercial de la zona había sido el inmobiliario. Pero la venta de tierras tenía un techo, que era el que determinaba la cantidad de lotes por vender. Podían dividirse o anexarse. Podían venderse una y otra vez, pero siempre se trataría de la misma cantidad de metros cuadrados. Cuando la industria del cine se instaló en el lugar, la tierra cedió paso a un negocio mucho más redituable, por lo ilimitado de su materia prima: los sueños y el poder de la imagen.
Hollywoodland define ese salto, de la tierra al cielo, con un tipo que le hizo creer a varias generaciones que el hombre podía volar. Superman, ese sueño inalcanzable de poderío absoluto, continuó (y continúa) viajando apoyado en las corrientes aéreas. George Reeves, no. Gigante con pies de barro, pagó el precio más alto después que le cortaran los cables que lo sostenían a pocos metros del suelo. “Creo que, lamentablemente, Reeves se suicidó esa noche a causa de la depresión –sostiene Affleck. Las circunstancias de su vida se habían vuelto muy feas”.
Brody, que jugó al detective, tiene otra idea. “Algo mató a Reeves”, dijo. Y tiene razón. Siete leyes de una maquiavélica física. Y dos errores humanos.
Artículo publicado en: Sonaste Maneco Nº 11, sección El Mirón (marzo, 2007).