La perfecta seducción de la espiral

POR Gabriel Ríos
El activador de los cuentos conformados en este texto pertenece a la generación que funde la poesía con el ocio. ¿Prolegómenos del incesto cocinado por los padres terribles? Es un hecho que Richard Wagner no tradujo el Edipo: lo vivió
(eleconomista.com.mx)
Vagos sentimientos, estados de humor, sospechas, preceptos de lo irracional, sensibilidad a la naturaleza, relaciones siniestras con el inconsciente. De ese material está hecha la escritura de La perfecta espiral, de Héctor de Mauleón. Se adhiere a la silueta de la Diosa Madre, aunque también recibe al demonio de la muerte en el cuerpo de una femme fatale hechiza: la muñeca sonríe y le da vuelta a la felicidad proporcionada por un lecho de plumas. De aquí el verídico sueño de hadas, en el cual la princesa pide a sus pretendientes la respuesta a una serie de acertijos, a la envoltura de un destructivo y asertivo juego.

La principal función la ejerce el artesano, de quien nace la armazón del cuento. Una especie de reflexión tardía, la repetición incansable del fenómeno digno de nota, la instantánea de una mujer de belleza antigua, reconocido en el ámbito de nuestro propio nombre, suponiendo que existan en el esqueleto de la personalidad, componentes ancestrales que pueden irrumpir de súbito en cualquier ámbito condicionante.
Margo Glantz escribe en su libro Esguince de cintura el capítulo “Los fantasmas en la obra de Carlos Fuentes”, en el que afirma que el vampiro se eterniza, y lo volvemos a encontrar transcrito en Aura. Más adelante dice que brujas y vampiros son representaciones de un viejo mito. “Las brujas son, están adentro y afuera del que las persigue, las brujas son bellas y repugnantes, ambiguas, son machos, hembras, aves o doncellas, vampiros o lechuzas”.
¿Ivonne a la vista de Michael? Conservemos en la memoria  la comedia de Jean Cocteau, como si la conversación de las dos hermanas nada tuviese que ver con la tesis junguiana.
El activador de los cuentos conformados en La perfecta espiral pertenece a la generación que funde la poesía con el ocio. ¿Prolegómenos del incesto cocinado por los padres terribles? Es un hecho que Richard Wagner no tradujo el Edipo: lo vivió. Ocurrencia: Jean Baudrillard ilustra en La perfecta espiral, el mundo desproporcionado de la seducción, como si fuera otro título.
El relato que lleva por nombre “El espejo” nos recuerda obviamente al Tezcatlipoca del que se ha escrito tanto. Algún aire de encanto permea  en “Corriente secreta”, quizá sea la máquina de coser desempeñada por el general Riva Palacio. “La noche del túnel” es la manifestación de un conflicto de conciencia que interesa una parte de “La fiesta brava” de José Emilio Pacheco. Es cierto que algo tiene que ver con su forma, la emoción es parecida, el camino ha sido iniciado por la desestructuración de la idea, la semi-insconciencia, el olvido del olvido.
Salvador Elizondo –lo dice Glantz— utiliza tiempo y espacio sagrados, que se encarnan en un mito, en un artificio, en el juego de asociaciones, luces de bengala, precisamente como en “Caleidoscopio” de De Mauleón.
Aspectos que van asimilados al libro La perfecta espiral: la fotografía es presencia que se molifica en el texto. Ese erotismo se rige por las reglas del rito. Cualquier historia que tengamos a la mano de Faulkner, el mal como símbolo, patología, maniqueísmo. Mudemos las dos miradas de una persona descendiendo del poder. Trazos clínicos de personajes en la obra de De Mauleón, escritor que tiene la facultad de desplazarse imperceptiblemente del mundo de la fantasía al de la vida cotidiana. La calidad del libro radica en la extraordinaria habilidad con que pasa de una atmósfera melancólica a muchas de placer. Los protagonistas cuentan con una visión poderosa, más que onírica o psicológica.