Zelda Syre: tontita inspiración

POR Óscar Garduño Nájera
Piensa en cuánto me quieres. No te voy a pedir que me quieras siempre como ahora, pero sí te pido que lo recuerdes. Pase lo que pase siempre quedará en mí algo de lo que soy esta noche.
Nicole en Suave es la noche, de F. Scott Fitzgerald
Representan el mito de la literatura que se funde con la vida. Demuestran, como Rimbaud, que la literatura necesita leyendas (Guillermo Altares. El crash de Zelda y Scott en el periódico El País)
Mira por dónde llegamos a ti para finalizar nuestro recorrido por diez mujeres escritoras. Una más de tus crisis y los torpes médicos no acaban de dar con algún remedio; al contrario: dicen que persistirán las alucinaciones, los dolores intensos de cabeza, las náuseas y esa sensación de sentirse apartada de un mundo al cual desde hace mucho ya no perteneces. Y estás triste. Peor no puedes estar, cierto. Quién sabe cómo, pero te desplazas, llegas hasta una de las ventanas del Highland Mental Hospital en Asheville, Carolina del Norte. Luego te paras frente al sucio cristal. Tal vez un reflejo que se pierde.

Observas con detenimiento cómo la luz se mezcla con el polvo que se acumula en las orillas. Ahora tus pensamientos al fin consiguen un poco de calma. O eso es lo que te hacen creer los tranquilizantes. Se desenrrollan como tentáculos de algún pulpo herido y luego chocan entre sí, se hacen daño, salen heridos y terminan por arrojar nada más que recuerdos, relámpagos que iluminan momentáneamente la oscuridad que reina en tu cabeza. Por lo regular sucede cuando hay un pasado donde fuiste feliz, o al menos cuando existió un pasado donde las cosas no iban tan mal. Luego la estúpida sensación de que ya no hay nada. Miras por la ventana. Afuera, el patio: en un primer plano desfilan enfermos igual que tú. También chocan entre sí, como tus pensamientos. Y siguen. Algunos caminan en círculo y su andar traza lunas y soles sobre un cemento donde se debaten las sombras. Otros van de una esquina a otra en un intento por medir las dimensiones de su infierno. Batas blancas ondean con vida propia por el aire cerrado de la clínica. Y tú piensas. Sencillamente haces eso. Acaso confías distraer las punzadas en tu cabeza. O la boca seca y los ascos. Y casi a rastras llegas a la memorable Era del Jazz. Te nombraron el emblema de esa época porque inspiraste no solo un personaje de novela en Suave es la noche sino una actitud. Entonces dejaste de ser Zelda. A partir de ese momento Nicole Diver sería tu otro nombre. Lo supiste cuando leíste la novela. También te enteraste de otras cosas: alguien se había apropiado de fragmentos de tus cartas. Eso no era lo peor. Quien lo hizo era tu adoración. Su nombre: F. Scott Fitzgerald. Y a tu lado se hizo uno de los escritores más importantes de la literatura norteamericana. Vaya sorpresa. Lo único malo es que tú también eras ambiciosa. Y más loca. Quizás por eso ahora estás frente a la ventana. Y casi juras que escuchas su voz: “Toda vida es un proceso de demolición” (El Crack-Up. F. Scott Fitzgerald).


Eras la niña tontita y frívola. Un apodo había que darte y Scott lo encontró: Flapper. Porque a él se le atribuye el descubrimiento, “también la explotación del ambiente de la ginebra y de la locura por el jazz en el Nueva York moderno” (Hemingway contra Fitzgerald. Auge y decadencia de una amistad literaria. Scott Donaldson). Y pronto pasaste de ser fuente de inspiración a pesadilla. También la que prefiere las eternas fiestas a mirar de frente una realidad que pronto te resultó desfavorable hasta convertirse en tragedia. ¿Recuerdas que al comienzo te gustaban las clases de ballet? ¿Te llegaste a ver como una gran bailarina? Luego tus pasos se quebraron. Y alguien entonces escribe tras de ti, succiona tu eco: “Zelda respondía a la tipología de la niña traviesa que pululaba por la literatura infantil de principios de siglo: una chica atractiva pero indómita, que mostraba todos los indicios de rebeldía ante las convenciones del tradicional papel femenino” (Zelda y Francis Scott Fitzgerald. Kyra Stromberg).
Desesperada, haces una pausa. Te sientes sofocada. Es como si tantos recuerdos soltados así te agobiaran. Y llega una oscuridad que parece cerrarse sobre sí misma. Te desesperas. Algo anda mal en la clínica psiquiátrica. Alcanzas a escuchar gritos. Enmedio de la oscuridad aparece un cuervo cuyas alas están hechas de un grisáceo humo. Te muerdes los labios. Repites que eso no es posible. Carajo, lo que menos pueden hacer ahora es interrumpir tus recuerdos de Scott: “Nunca he vuelto a ser como durante aquel periodo tan breve en el que él y yo fuimos la misma persona, en que el futuro realizado y el pasado anhelante se fundían en un sólo momento esplendoroso: en que la vida era literalmente un sueño” (Éxito prematuro. Zelda Syre).
Cada que suena el teléfono piensas que es él. Eso si es que las llamadas desde el más allá existen.
El cuervo aletea y avanza. Te muerdes los labios y te repites que eso no es posible: “Es otra más de mis alucinaciones”. Pero el cuervo parece irritado: llega hasta tu mirada y luego picotea por tu sistema respiratorio. Justo ahora que ibas a pronunciar su nombre: Francis. Entonces toses. Nada que no consiga aliviar un buen tranquilizante. O unas vendas. También un prolongado sueño sin escuchar esa voz que parece gritar entre las cuatro paredes de tu cabeza.
(guardian.co.uk)
Llegaron a vivir a una hermosa casa en Long Island una vez que Scott triunfó con la primera de sus novelas: A este lado del Paraíso. Y entonces te rodeaste de artistas. En fiestas interminables había escultores, pintores, directores de cine y escritores. De hecho, Scott copiaría más de una atmósfera de esas fiestas para recrearlas en lo que sería su éxito total: El gran Gatsby. Para entonces ya habían perdido la cabeza y entre los dos había más desencuentros que pasión amorosa. Que Scott nunca superó su alcoholismo te queda claro. Que incluso Ernest Hemingway se admiró cuando te conoció y vio en la bebida uno de los principales impedimentos para que Scott destacara, también. Qué importa. No se te ocurre ahora sacar culpables. Y mira que lo hicieron. Scott no se aprovechó de ti. Aunque justo es decir que hizo todo lo posible por impedir que literariamente destacaras. Por eso echó abajo tu única novela, Save Me the Waltz, obligándote incluso a cambiar ciertas partes donde él aparecía. Pero tú también te contagiaste de su talento literario. Quién sabe. Tú eras una muñequita vanidosa y medio loquita que le daba por hablar incoherencias. Él era un irrestricto alcohólico que le daba por presumir cada uno de sus triunfos. Así es la historia.
Ha comenzado a arder. Las mismas batas de los mismos compañeros de clínica parecen deshacerse en un majestuoso cuadro impresionista. Color que predomina: amarillo propio de un atardecer luminoso que ahora mismo parece quemar tu memoria. Fitzgerald colocó una sábana de papel calca sobre ti. Entonces te trasladó a las hojas en blanco frente a una máquina de escribir. Sin saberlo, eras parte de su creación.
Mira por dónde se vienen a quedar lisiados los sueños. Mira por dónde tuviste el honor de darle sepultura a Scott en una miseria absoluta. Aunque a decir verdad murió como quería: fue uno más de sus tantos personajes que tras ascender en la escala del poder social y económico descienden en estrepitosa caída hasta perecer. Ya no más Era del Jazz, Zelda. Ya no más fiestas. ¡Mierda!, repites cuando ves cómo las batas comienzan a deshacerse junto con la clínica. Entonces escapas: montas sobre las alas grisáceas del cuervo y consigues huir por la ventana. Llegas a la misma tarde del cuadro impresionista. Ahí al fin desapareces de la mano de Scott tras las letras insistentes de un epitafio:
Y así vamos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado.
El gran Gatsby. F. Scott Fitzgerald