De Police a McCartney

POR Alfredo C. Villeda
Qué concierto en una azotea en Nueva York ni qué nada. En vivo, en el Zócalo de la Ciudad de México, gratis, un icono de la música contemporánea. Por sucesos extraordinarios como este, dice un colega, la nuestra es “la urbe más chingona del Tercer Mundo”
(garuyo.com)
Cuando parecían olvidadas, entre brumas y la arena de un reloj de la vida, resurgen aquellas expresiones juveniles de sorpresa en una secundaria pública capitalina. “¡Police en México!”
Sí, la banda de Sting, que acababa de lanzar su álbum Zenyatta Mondatta, en México. Las únicas dos revistas roqueras de la época, Conecte y Sonido, daban cuenta del acontecimiento: un concierto cerrado, en un espacio en las alturas del entonces Hotel de México en obra negra, ahora World Trade Center. Finales de los 70, principios de los 80.

Otra vez los rumores en los pasillos escolares, otra vez la nota en Conecte: “¡Queen en México!” Sí, la banda de Freddie Mercury, el arlequín de ópera que tocó en el estadio Cuauhtémoc de Puebla en 1981. ¿Cuándo un masivo en el Distrito Federal? No se veía para cuándo.
Eran los años en que Kiss era el grupo más escuchado, si bien era mal visto por los roqueros duros, y los mexicanos le rendían tan buenas cuentas al cuarteto de enmascarados, que hizo una gira de promoción, pero no tocó. Salvo Police y Queen, apenas se hablaba de un antiguo concierto de Doors y de una tocada con un Deep Purple pirata.
Fue hasta 1988 cuando comenzó una tímida ola que tomaría una fuerza irrefrenable. Carlos Santana llenó el estadio Nou Camp de León. Al año siguiente Rod Stewart hizo lo propio en Querétaro y en 1990 Bon Jovi tocó en Guadalajara.
Como en la rola de Billy Joel, “ellos comenzaron el fuego”.
Con los 90 llegaron el propio Piano Man, INXS, Bob Dylan… pero ya a la Ciudad de México. Y lo que eran conciertos esporádicos se tornaron una sana costumbre que hoy ha hecho posible no sólo ver en una sola semana a Roger Waters y Paul McCartney, sino que el ex beatle toque tres horas, en la calle, en un concierto gratuito ante 200 mil afortunadas almas en vivo y millones con la envidia a flor de piel, vía Internet, a escala mundial. Qué concierto en una azotea en Nueva York ni qué nada. En vivo, en el Zócalo de la Ciudad de México, gratis, un icono de la música contemporánea. Por sucesos extraordinarios como este, dice un colega, la nuestra es “la urbe más chingona del Tercer Mundo”.
(expectaculos.net)
Como sucedió el año pasado con U2 en el estadio Azteca, el efecto McCartney motivó consenso hasta en la clase política, hecho inusitado.
Si el jefe del GDF, Marcelo Ebrard, no cabía de gusto por su jonrón, el presidente Felipe Calderón no dejó pasar el lanzamiento y compartió ayer cómo disfrutó la velada musical desde sus oficinas en Palacio Nacional. “Concierto magnífico”, dijo. “Canción celebérrima”, llamó a Give Peace A Chance. Y, como suele suceder con Calderón, empezó a deformar la rola para echarse un rollo político.
Apenas anoche, cuando los polvos levantados por la beatlemanía aún no se asentaban, el venerable Bob Dylan estaba tocando para un selecto auditorio capitalino. Y en puerta están Def Leppard, Poison, Van Halen, Metallica, Scorpions, Madonna…
Cito a Jean- Marie Seca: “La actuación pública engrandece mentalmente a cada artista, que se entroniza como rey, príncipe o maestro. Los fenómenos alucinatorios son corrientes. Hablan muchas veces de la amnesia posconcierto (…) Muchos describen el choque amnésico y alucinatorio. Todos hablan del mejor momento de su vida. A la pérdida de la noción de tiempo, al olvido y a la actuación física se añade un sentimiento de ceguera frente a la masa…”
Es decir, con base en un principio básico de comunicación, en los conciertos hay feed-back, una retroalimentación, un paroxismo del placer en dos vías, entre el que oficia y la multitud, entre sir Paul y el Zócalo hasta el tope, entre el fantasma de los Beatles y sus súbditos de toda clase, de todo signo político, de todo género…

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