Hermanos de sangre

POR José Luis Durán King
En diciembre de 2000, una reunión de cinco amigos fue interrumpida por dos criminales apenas llegados a Wichita, Kansas. Después de violar a las mujeres, los intrusos asesinaron a cuatro de los jóvenes en un campo de futbol
Jonathan Carr (www2.ljworld.com)
El 8 de diciembre de 2000, Andrew Schreiber, integrante del cuerpo técnico del equipo de beisbol de la Universidad Newman, en Wichita, Kansas, caminaba rumbo su auto, en el estacionamiento de una bodega comercial. Antes de que pudiera realizar alguna acción defensiva, dos afroamericanos lo interceptaron, ordenándole que subiera a su unidad y que condujera a un cajero automático. Después de extraer 800 dólares, el deportista fue dejado en libertad, ileso.
Schreiber no lo sabía, pero con el robo del que fue víctima se inauguraba un episodio de terror en Wichita. Otras personas no saldrían tan bien libradas de su encuentro con el par de hombres.

El estado de Kansas es como esos lagos de superficies tranquilas y profundidades aterradoras. Ha sido escenario de asesinatos masivos y seriales. En 1959, en Holcomb, el granjero Herbert Clutter, su esposa y dos de sus cuatro hijos –una adolescente y un niño— fueron asesinados brutalmente. El crimen llamó la atención del escritor Truman Capote quien se trasladó –junto con su amiga y también escritora Harper Lee— a Kansas. La investigación que Capote realizó, enriquecida con entrevistas a los habitantes de Holcomb, se tradujo en la publicación, en 1966, del libro A sangre fría. Seis semanas después del cuádruple homicidio, fueron detenidos Richard Hickok y Perry Smith, quienes fueron ejecutados el 14 de abril de 1965.
De 1974 a 1991, en el condado Sedgwick, Wichita, un tranquilo pintor de camiones, Dennis Rader, asesinó a 10 personas. Rader es mejor conocido por su signatura BTK, siglas de Bind/atar, Torture/torturar, Kill/matar. Fueron 17 años en los que las autoridades de Estados Unidos persiguieron a un predador que daba la apariencia de ser invisible. Y de no ser porque aplicaba la eutanasia sin razón a perros, Rader era invisible para la policía. El hombre era un ciudadano estimado en su localidad. Además, ¿quién sospecharía de un miembro activo y entusiasta de la Iglesia Luterana de Cristo y que alguna vez fungió como presidente del Consejo de la Congregación? Con todo y todo, Dennis Rader fue aprehendido el 25 de febrero de 2005 y condenado a 175 años de prisión.
Así, la tormenta que se formaba sobre Kansas no era desconocida para sus pobladores. Pese a todo, los medios la llamarían El Horror de Wichita.
Tres días después del robo a Andrew Schreiber, la cellista de la Orquesta Sinfónica de Wichita, Ann Walenta, de 55 años, recibió un disparo después de que dos hombres le ordenaron que detuviera su auto. La mujer llegó al hospital, donde falleció días después. No pudo proporcionar más datos de sus agresores.
Comienza la orgía
Reginald Carr (cncpunishment.com)
La agresión contra Ann Walenta fue el preludio de una masacre apenas anunciada. El 14 de diciembre siguiente, dos afroamericanos irrumpieron en la casa donde un grupo de cinco amigos se había reunido para cenar, conversar y ver televisión. En el grupo había dos mujeres: Heather Muller, de 25 años, y H.G. (sólo se han proporcionado sus iniciales, por cuestiones de seguridad).
Ya acostados, H.G. y su novio Jason Befort, de 26 años, escucharon voces, pero creyeron que algunos de sus amigos seguían conversando. Repentinamente, los intrusos abrieron la puerta y dijeron a la pareja que se reuniera en la sala con el resto del grupo. Los amigos fueron amagados con pistolas, al tiempo que los afroamericanos ordenaron a los hombres que violaran a las mujeres. Los varones no lograban la erección, por lo que los intrusos obligaron a las dos mujeres que les practicaran felaciones antes de ser violadas.
Parecía que todo terminaría ahí. Sin embargo, el grupo, junto con los agresores, subieron a una camioneta, que fue conducida hasta un campo de futbol soccer. Sin mediar palabra, los hombres abrieron fuego. Un broche en el cabello de H.G. evitó que la bala penetrara la cabeza de la mujer, por lo que sobrevivió. Los cuerpos quedaron esparcidos en la nieve.
Los afroamericanos regresaron a la casa de los jóvenes, la saquearon y sacrificaron a un perro, la mascota del dueño. Algunos vecinos vieron cuando los hombres sacaban aparatos eléctricos, lo que finalmente condujo a la detención de los hermanos Reginald y Jonathan Carr, quienes tenían semanas de haber llegado a Wichita, y que, en un juicio calificado de racista por la comunidad negra, fueron condenados a muerte. El fiscal acusador sólo añadió más leña a la controversia, cuando, instantes después de conocer el veredicto, deseó feliz cumpleaños a Reginald, quien, efectivamente, de regalo de cumpleaños recibió la sentencia de ejecución.