María Izquierdo: a la chingada la tradición

POR Óscar Garduño Nájera
Una clave para reconocer la importancia de la pintura de María Izquierdo está en que fue la primera mujer en exponer su obra fuera del país en 1930 en el Art Center de Nueva York, lo cual hasta el día de hoy no resulta nada sencillo (y, hay que decirlo, más si eres mujer)
(portalsej.jalisco.gob.mx)
¿Qué carajos oculta Belem entre las manos? Todo un misterio. Así son muchas de las pinturas de María Izquierdo: arquitecta de enigmas que se tienen que pintar a sí mismos para descifrarse. Más preguntas que respuestas. Mucho color. Ya veremos de qué forma. Rebeldía: no es fácil cuando te enfrentas a un grupo de hombres que no ve en la mujer posibilidades artísticas. Vaya. Y el Retrato de Belem (1928) nos recuerda a ciertas secuencias cinematográficas en blanco y negro: el asesino se acerca despacio con las manos metidas en las bolsas de una oscura gabardina. Alrededor hay una neblina que se entrelaza al humo de su cigarro.

Sombrero inclinado, se sabe. Los nervios nos consumen: sabemos que es cuestión de minutos y de movimientos veloces. También lo hacen con Belem. Inmóvil. Como quien tras terminar una labor titánica se toma un descanso. Y damos con su mirada. Geometría extraña de trazo desigual. Ojos negros. Cabello disparejo del mismo color. Un rostro como de hermosa piedra tallada a mano con unos labios que se abren como único volcán en un ignoto desierto. A punto de hacer erupción. Uno entonces llega a las flores moradas. Si se trata de nubes que se persiguen a lo lejos, éstas quedan atrapadas dentro de un florero verde con forma de femenino sexo. Una imagen inquietante: pétalos que salen del sexo de una mujer. Hermosa. Y el bolso pequeño. Así, con tanto descuido, se deberían dejar las cosas materiales. Y a los pies lo que parece ser una manzana. Eruditos y críticos de arte vendrán luego con los cuentos del pecado. O un secreto. Esconde uno en el puño de la mano izquierda. Igual y es una piedra. Belem espera el momento justo de encabronamiento para aventarla contra nosotros. Vaya descalabrada. Otro efecto de las grandes obras artísticas: siempre terminan por sacudir tus pensamientos, por abrirlos. Y las puertas del buró que parecen cerradas para siempre. Alguien extravió las llaves hace mucho tiempo. Conclusión: Belem espera a que regrese y entonces sí, en cuanto abra soltará la piedra. Luego hurtará lo que hay dentro. El dinero de una herencia, joyas. Entonces está de malas. Qué joda. Aparecer en uno de los cuadros de María Izquierdo así. Pero la mayoría de sus personajes parecen estarlo. O están tristes. Veremos más adelante.

El baile del oso (museoblaisten.com)
Una clave para reconocer la importancia de la pintura de María Izquierdo está en que fue la primera mujer en exponer su obra fuera del país en 1930 en el Art Center de Nueva York, lo cual hasta el día de hoy no resulta nada sencillo (y, hay que decirlo, más si eres mujer). Como característica común hay una incipiente rebeldía que la habría de llevar a nuevas exploraciones frente al lienzo en blanco, nueva música para incitar la danza de los caprichosos pinceles. A fin de cuentas, María Izquierdo dominó la técnica y el estilo al lado de su primer maestro, Germán Godovius, y mandó a la mierda a quienes esperaban de ella un ejemplo artístico de clásica sumisión. Que parte de la originalidad consiste en eso, nos queda claro, y que para alcanzar una expresión propia (en poesía sería la voz) es necesario dominar las técnicas como domina las artes marciales Karate Kid, también, y parte de lo trascendental en la obra de María Izquierdo está en una búsqueda incesante que comienza en las penumbras de su desolada infancia, cuando la figura paterna se extingue, continúa con sus primeros maestros y clases de pintura en la Academia de San Carlos y llega hasta su propia manera de expresarse, de conseguir quién sabe de dónde esas tonalidades que se agarran a chingazados con la tristeza y la melancolía. Emparentada en muchas de sus obras con la contundencia y el arrebato en las formas de Rufino Tamayo, incluso cuando bien se sabe que el maestro se resistió a dejar escuela o discípulos.
Al menos para mí, muchas de sus pinturas confunden las emociones cuando corren de lo macabro a lo festivo, por extraño que esto parezca. Pienso en El baile del oso (1940), en La soga (1947) o en la tristeza habitable de un hermoso payaso en Payasos(1945). Tonalidades sucias de machete, machacadas por manitas infantiles. Opacas en cuanto a intensidad luminosa, pero no por eso toscamente delineadas.
 Hay túneles que se construyen debajo de sus pinturas, de tal manera que a través de ellos conformamos la totalidad de la escenografía de su obra: personajes que rondan de aquí para allá y que mantienen una relación no solo temática. Entonces el telón se abre. Cada una de sus pinturas aparece entrelazada a otra, y otra más, hasta conformar un plástico microcosmos vital para comprender la expresión artística de mediados del siglo XX.