Seudónimo Quincey (Parte 2)

POR Óscar Garduño Nájera
Me gusta jugar con los colores de la ropa interior de mis alumnas. Sin embargo, varias de ellas únicamente conocen el blanco como sinónimo de una pureza inexistente
(chopperpapa.com)
Uno de los placeres de la pornografía está en que eres dueño de las imágenes. Haces de ellas lo que quieres. Juegas y entretejes historias. Cambias a los personajes. No hay mejor receta para un guionista de cine que ver mucha pornografía. Ya luego vendrán otros temas. Pero es un buen comienzo. Y no hay que olvidar que el sexo vende. Eso es cierto. Y tampoco que al principio todo es una vulgar fiesta. Tal y como ocurre con la ropa interior de mis alumnas (otra vez me avergüenzo de llamarlas así). Crecen con un recato inculcado por quién sabe cuáles demonios. Tal vez sus padres. Esos mismos hombres que supieron reprimir sus impulsos a tiempo. Antes de la horca. Antes de la silla eléctrica.

Algodón, principalmente. Líneas de colores que se trazan por encima de las nalgas y terminan en el ángulo de un sexo. Figuras geométricas que configuran la matemática de la redondez y la plenitud. Es lo que intentan explicar las yemas de mis dedos cuando caminan sobre pálidos tobillos, cuando escalan y escalan hasta dar con dos rocosas rodillas, cuando parecen escarbar su propia tumba sobre un cementerio de temblorosos muslos. Entonces llega la calificación que les permita aprobar. No mucho. Tal vez un siete o un ocho. Deben entender algo: la corrupción de inicio es no es un premio sino un castigo, por lo tanto cualquier triunfo es imposible.
Cierro los ojos. Aprieto mis recuerdos. Los comprimo. Me gusta jugar con los colores de la ropa interior de mis alumnas. Sin embargo, varias de ellas únicamente conocen el blanco como sinónimo de una pureza inexistente. Sólo así se explica que tengan alitas insertadas en la espalda para echarse a volar en busca de su príncipe azul. Que vuelvan de regreso cuando las abren encima de mí. Sólo así se explica que al fin me decida a llegar con ella.
La dirección es la acordada por mensajes en el Facebook. También la encontré con un seudónimo: “Lolas”. Lo primero que hizo fue preguntar por el origen del mío. Estaba claro que no conocía al autor inglés. Le dije que era el apellido de un vocalista de rock. “Quincey” le viene bien a un músico, a un actor, a un comerciante… incluso a un asesino.
(vedicviews-worldnews.blogspot.com)
Uno debe fijarse cuántos tienen conexión. Abrí una pantalla dentro de otra. Es como si se tratara de un acto de magia. Una magia estúpida, cierto. No dude en mandarle un mensaje instantáneo.
“Hola”.
Mido primero el terreno. De ignorarte, lo más seguro es que esa persona se desconecte. O te bloquee. Responde “Lolas”.
“Hola… perdón, ¿te conozco?”
Dije que sí. Tal vez una fiesta. O quizás ella era amiga de alguno de mis contactos. Cualquier tontería con tal de ganar algo de tiempo. Poco a poco. Entonces escribí alguna estupidez. Abarqué terreno lentamente. Hasta que me permitió decirle lo guapa que era. Aquí en realidad mentí. En esos momentos (lo aprendo al otro lado de la pantalla) lo importante es generar una reacción a un cuerpo inerte que solo mueve los brazos. Y que respondiera. Para saberla con vida… para luego arrebatarla.
En su información tiene 19 años. Abro las fotografías. Sólo tres que no ayudan en mucho. Una es del rostro de un perro pequinés que casi parece sonreír a la cámara. En la segunda aparece ella (o la que supongo lo es) a lo lejos, bajo el tablero de una cancha de basquetbol. La tercera parece la fotografía de su credencial de elector. Pero está oscura. Mal enfocada. Únicamente alcanzo a ver dos gruesas trenzas de un oscuro cabello que le caen por los hombros. Me gustan las trenzas. Encuentro una más. No sirve: está tratada con cualquiera de los estúpidos filtros que consiguen lo que nuestro deficiente ojo no puede. Era la quinta ocasión que nos encontrábamos en el chat de Facebook y…
“Lolas, me gustaría tomar un café contigo.”
“1 kafe?”
¿Cómo puedes ser capaz de generar ideas si ni siquiera puedes escribir bien?
“Kuantos años tiens?”
“20”.
El proceso de adaptabilidad a las redes sociales es veloz. No necesitas de mucha paciencia. No necesitas de mucho tiempo. Basta con que aprendas a utilizar un teclado. Como esos monos que aparecen en las caricaturas. De prisa. Cuenta la velocidad con la que alcanzas a escribir la respuesta antes de que la otra persona se desconecte. Esto significa la muerte. Una muerte instantánea, electrónica.
“Ahhh”.
A leer los sonidos. A imaginarlos. Porque sabes que la otra persona no los hace. Únicamente los piensa. Un fenómeno propio de las redes sociales. Los sonidos se componen de la acústica de nuestros pensamientos. Entre más sonidos hagas, más pensamientos estarás generando. Una idiotez.
(deseretnews.com)
Finalizamos porque ella estaba en un café Internet. Es decir, porque no tenía dinero para pagar unos cuantos minutos conectada a un mundo artificial. Lo mismo sucede con los enfermos en etapa terminal. Si tienes los recursos económicos suficientes, te pueden suministrar esperanzas para que sigas conectado a un mundo real. Aunque una vez atado a la cama, al tanque de oxígeno, a las agujas en tus venas, al respiradero en tu boca, tu vida se convierta en una mierda. Si no los tienes, te despides de las personas que quieres. No sé. Convocas a una reunión urgente. Los haces pasar de uno en uno. Hay llanto. Consuelo. Ni modo. No tienes el dinero suficiente para poner a salvo tu vida. Y dentro de muy poco, te dicen, la pantalla quedará en negro, acaso conservando el recuerdo de lo que fue tu rostro. Sucede con tantos que tras una cita con su médico les cambia la vida. Es lo que dice: tienes o no tienes. He aquí la diferencia. También si tienes un Internet con velocidad rápida de conexión. Entre más pronto pongas a salvo tu vida, mejor. Acordamos hablar después. Hablar… Y ahora estoy frente a la entrada.