Don Carlos: el Príncipe de la leyenda negra

POR Fernando Montoya
El velo de la sinrazón, las encendidas pasiones de los seres humanos, el aliento de uno de los misterios más insondables de la historia y hasta el espectro de Carlos de Austria parecen tener todavía vida permanente, pese a que ya han transcurrido de cuatro siglos y medio
En el siglo XVI diversos clérigos, intelectuales y cortesanos españoles elaboraron una idea que tendría enorme repercusión: que España había sido objeto de oscuros momentos contextuales reprimidos por la historia oficial. Estos hechos se originan a raíz del despotismo de Felipe II, los procedimientos de la Inquisición o los crímenes de la conquista de América. A grandes rasgos, nace la “Leyenda negra” española.
Entre los múltiples sucesos que engendra la “Leyenda negra” se encuentra el misterio que rodea la muerte del primogénito de Felipe II: don Carlos. El príncipe don Carlos, hijo de Felipe II y de su primera esposa, María de Portugal, es uno de esos personajes del entorno de aquel monarca que han dado camino a la especulación y la controversia históricas. Por lo que se refiere a don Carlos de Austria, son las circunstancias de su muerte (24 de junio de 1568) nunca plenamente dilucidadas, las que han envuelto tenebrosamente la figura del malogrado heredero de la corona española.

La historia oficial siempre sostuvo que la muerte de don Carlos se debió de una repentina enfermedad propiciada por sus desajustes mentales y el largo encierro padecido en un torreón del Alcázar de Madrid. Sin embargo, ¿murió el príncipe de muerte natural, aunque inducida por sus propias destemplanzas, o ejecutado bajo el rigor judicial de una secreta sentencia por órdenes de su padre? Lo cierto es que acabó sus días confinado en severa e incomunicada prisión sin que nadie pudiera dar fe de cómo le sobrevino la muerte.
Inicialmente, no son muchas las monografías a Carlos de Austria, pese a la repercusión que siempre ha tenido su aciago destino. La mayoría de las intervenciones se han originado, como es lógico, al enfrentarse con la biografía de su padre (1527-1598) y su duradero reinado, que abarca, casi completa, la segunda mitad del siglo XVI.

La alusión primitiva al drama, con nítidas connotaciones hacia el desprestigio de su progenitor, brota en 1581 cuando Guillermo de Nassau, príncipe de Orange, nacido en un pequeño condado alemán y que alcanzó notoriedad en la Corte de Carlos V a raíz de heredar ricas propiedades, edita su Apología en Leyden, acusando a Felipe II de matar a su hijo e instigar el fallecimiento de Isabel de Valois.  Más tarde, el célebre Antonio Pérez, huido a Francia para evitar represalias, publica en su país vecino, con el pseudónimo de Rafael Peregrino, sus experiencias en sendas tiradas de 1592 y 1598 llamadas Las Relaciones. El refugiado culpa veladamente a Diego de Chaves y al rey del fatal desenlace del príncipe.
Incluso, podemos afirmar que ni la creación literaria ni la música, sea teatro u ópera, abarcadas al consumarse la centuria dieciochesca por Schiller (Don Carlos, Infante de España, 1787) y Verdi (Don Carlo, 1867, basado en el drama de Schiller), ofrecen argumentos convincentes dentro de un contexto imaginativo y escasas son las dosis de sinceridad de los escritores que examinaron la tragedia, al enfrascarse con la denostada figura del soberano hispano.
El velo de la sinrazón, los oscuros sigilos de pasadizos y torreones de palacio, las encendidas pasiones de los seres humanos, el aliento de uno de los misterios más insondables de la historia y hasta el espectro de Carlos de Austria parecen tener todavía vida permanente, pese a que ya ha transcurrido un espacio temporal que abarca cerca de cuatro siglos y medio. Nada de particular tendría, por otra parte, que los profusos desvelos, reflejados en decenas de pasajes, versiones anónimas, despachos, biografías, ensayos y testimonios de casi todos los archivos de Europa, estuviesen compendiados en tan sólo cuatro incisivos versos del fraile agustino Luis de León: “Y vimos sin color su blanca cara / a su España tan cara / como la tierna rosa delicada / …que fue sin tiempo y sin razón cortada”.