Edgar Allan Poe del siglo XXI

POR Alfredo C. Villeda
La competencia de programas televisivos policiacos ya no tiene que acudir a la imaginación de los grandes guionistas o a la adaptación de obras mayores, como la de Poe. No. Ahora basta con echar un ojito a los portales de información para tener una gran historia de terror
(huffingtonpost.com)
A Edgar Allan Poe (1809-1849) se le han colgado múltiples merecimientos y etiquetas que quizá él mismo habría de despreciar a cambio de que lo llamaran, simplemente, poeta. “Pionero del relato macabro, maestro del suspense, introductor de la psicología en el cuento, inventor de la literatura detectivesca…”
En una reciente película, The Raven (“El cuervo”, James Mc Teigue), John Cusack interpreta al escritor en sus últimas horas. El guionista ha integrado a hechos reales de la vida de Poe, documentados, una saga ficticia de asesinatos basados en los relatos del autor, por lo que la policía de Baltimore acude a los oficios de Poe para desentrañar el misterio.

A partir de esa premisa, el filme hace desfilar algunos pasajes de los grandes relatos de Poe: “Los crímenes de la Rue Morgue”, “El pozo y el péndulo”, “La máscara de la Muerte Roja”, “El misterio de Marie Rogêt” y la obra maestra “El corazón delator” son la columna vertebral de la historia. El matón, devoto lector de esos cuentos, los lleva al extremo y va dejando claves en sus víctimas.
Acaso pensará el espectador de esta producción cinematográfica que el asesino serial es un simple copycat, el imitador barato de una brillante mente literaria. Pero quizá la onda expansiva vaya más lejos. Antes de que el ejecutor se salga con la suya, como su contemporáneo Jack El Destripador, pareciera que los macabros destellos de cada relato y el propio multihomicida resurgieran en el siglo XXI.
En tal caso, habrá que ver a Poe no como el modelo de esas retorcidas personalidades, sino como el retratista de personajes antes remitidos a estadios ajenos a la literatura. El poeta es, al final de cuentas en voz de ellos mismos, la influencia mayor de William Faulkner, Fiodor Dostoievski, Charles Baudelaire (primer traductor de Edgar al francés), H.P. Lovecraft y William Butler Yeats, así como de Julio Cortázar, a quien debemos la extraordinaria versión al español de Cuentosen los dos tomos de Alianza Editorial.
(memphisrap.com)
En rigor, empero, es inevitable pensar en Poe cuando se conocen casos como los ocurridos en días pasados ya no digamos en el propio Estados Unidos, sino en el corazón del Baltimore de Edgar Allan. Alexander Kinyua, estudiante de 21 años en la Morgan State University de esa ciudad, ha confesado haber asesinado a un vecino, descuartizarlo y comido el corazón y partes de su cerebro.
Apenas el sábado pasado, en Miami, la policía abatió a un hombre desnudo que devoraba en una calle, a plena luz del día, el rostro de un indigente, hecho atribuido al consumo de una nueva droga sintética, al tiempo que la policía de Canadá busca a un actor de la pornoindustria, Rocco Luka Magnotta, sospechoso de dar muerte a un hombre, desmembrarlo y enviar partes de su cuerpo a distintas dependencias de gobierno, todo videograbado y subido a Internet.
Si bien la película del australiano Mc Teigue esquematiza los distintos relatos de Poe, es interesante que los haya rescatado para llevarlos al cine, debido a que cada vez son más las noticias sobre mentes criminales o, más bien, se conoce mucho más desde que la tecnología amplió y aceleró a niveles insospechados la difusión de hechos en cualquier parte del mundo.
Ahora la competencia de programas televisivos policiacos ya no tiene que acudir a la imaginación de los grandes guionistas o a la adaptación de obras mayores, como la de Poe. No. Ahora, como vimos líneas arriba, basta con echar un ojito a los portales de información o al diario de la mañana para tener una gran historia de terror. Y en terreno propio. En la esquina. Por eso, quizá ese sea el mayor valor del filme: la recuperación del gran Edgar Allan, la difusión de sus extraordinarias narraciones más allá de sus lectores, para el espectador de cine, para el público puramente visual.