Frida Khalo: fashion mexicanidad

POR Óscar Garduño Nájera
Para Minerva GM, quien tanto me enseñó de Khalo.
Sus pinturas bien nos la podemos pasar por debajo siempre que sepamos que ella es un símbolo patrio para presumir frente a extranjeros, la historia de una mujer poblada de desdichas y una de nuestras máximas representantes en cuanto al arte mexicano se refiere
(asofoto.com)
Todos los caminos conducen a Frida. Y si lo intentas, resulta más que complicado escapar. Así seas detractor de sus expresiones artísticas. Así vayas por la vida alegando que con unas cuantas crayolas tú podrías pintar cuadros mejores. Ya se sabe: frente a frente todos llevamos a un gran artista por dentro. Qué chinga. Y no se diga de su facha, bigotito apagado y tierno incluido. Llegas a una conclusión: algo debe tener su obra para causar tal revuelo. Quizás este sea otro efecto de las grandes obras artísticas. El hecho es que en una primera instancia, Frida Khalo nos muestra cómo una obra artística se puede volver un producto de consumo meramente comercial. Algo nos suena a Walter Benjamin y Mickey Mouse, por cierto. Ella misma es una imagen que se multiplica como si estuviera sepultada por una copiadora descompuesta. Parpadeos de luces y parpadeos. Y hay hombres y mujeres que llegan hasta la copiadora para rezarle: una virgen de la pintura mexicana (con sus exageraciones celestiales, por supuesto). Por eso las camisetas estampadas no sólo con su rostro sino con algunos de sus cuadros más representativos. Sucede un fenómeno que sólo es explicable a través de la mercadotecnia. Cultura y mercadotecnia. Hasta no hace poco nos parecía una locura. Ya se ve. Y me parece que aquí hay mucho por aprender.

En elegantes fiestas das con Frida Khalo. Altiva, en una camiseta blanca presume su rostro mexicano (bigotito incluido) la hija de tu jefe. O lo que es mejor: la camiseta la lleva su madura esposa acompañada de un rebozo color rosa mexicano. Estas camisetas-cuadros tienen la hermosa virtud de inflar las escuálidas mejillas de la Khalo mediante unos no menos hermosos senos. Curioso como eres llegas hasta ella. Llevas una copa de tinto en la mano porque en reuniones así es lo único que bebe (y mal) la gente. Hablas de cualquier estupidez (ahí sobran) y repentinamente, tras dar el último trago, en realidad amargo, sueltas la pregunta: “¿Te gusta la obra de Frida Khalo?”. Te mira pensando que eres idiota: si trae puesta una camiseta con la imagen de ella no será precisamente porque la odie, ¿verdad? Tras solicitar otra copa de un espantoso vino vas más allá sólo por fastidiar. “¿Y cuál es tu cuadro preferido?” Aquí se hace un silencio previo a un desenlace teatral. Tiemblan las mejillas de Frida Khalo cuando la hija de tu jefe se mueve inquieta, cual si estuviera en pleno vals quinceañero en algún patio de la colonia López Portillo. Te das por vencido y haces lo único bueno que se puede hacer en reuniones así: emborracharte.
Ebrio, sales de la enorme casa y te pierdes en una oscura avenida. Ahora eres ya todo un crítico de arte. Y de senos.
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(ambienteg.com)
Frida Khalo también es una moda y como todas tiene el poder de fascinar. De tal suerte que si requieres darle a tu hogar un toque de lo más mexicano, hay lugares donde venden ceniceros, escobas, trastes, manteles, portavasos, mesas y hasta magueyes artificiales decorados según la doctrina Khalo (o lo que los diseñadores entendieron por tal).
Aceptémoslo: Frida Khalo es superior a toda su creación artística. Me explico: sus pinturas bien nos la podemos pasar por debajo siempre que sepamos que ella es un símbolo patrio para presumir frente a extranjeros, la historia de una mujer poblada de desdichas y una de nuestras máximas representantes en cuanto al arte mexicano se refiere. Y si por ahí nos enteramos de su accidente, sus amoríos, la cosa se pone mejor. Así, no hay motivo alguno para acercarnos a su obra más allá de las camisetas que venden en el centro de Coyoacán (lugar este casi un santuario khaliano). No obstante, puestos en tentación por la hija del jefe, veamos una de sus pinturas.
Si ustedes llegan con su terapeuta de confianza y le muestran una pintura que se les ocurrió la noche anterior, titulada “Unos cuantos piquetitos”, lo más seguro es que el primero en saltar por la ventana, retrato de Freud al pecho, sea el terapeuta mismo. Y Frida Khalo lo pinta. No sólo eso: desde sus comienzos se da a la tarea de defender su obra, lo cual debería ser uno de los principios básicos de cualquier creador por más imbécil o drogadicto que sea. Piquetitos. A mí me llama la atención el diminutivo. Que es un recurso cuya finalidad busca aminorar la carga semántica de “piquetes” nos queda claro. Piquetitos son los de las pulgas, las chinches, los moscos. Piquetes son los que te dan con una jeringa cuando no quieres que te inyecten, o el que se le pone al café en un velorio… o los que te hacen con un cuchillo o navaja. Certeros. Y sangrientos. Primera contradicción que vemos en el cuadro: el título no nos ofrece claridad alguna acerca de la escena que se está consumando. Que un cabrón sombrerudo te dé unos cuantos piquetitos y te deje moribunda mientras dos palomas parecen festejar en lo alto debe ser todo un macabro acto de magia. Tal vez a eso también nos estamos acostumbrando nosotros hoy en día: las balaceras son unos cuantos disparos hechos al aire, las mujeres asesinadas, putitas en minifaldas que provocan, y el país que llegamos a creer real, una pesadilla con la que destruyen los sueños algunos chacales.
(karmelemarchante.com)
Y la escena sucede dentro de otra escena, pues característica de muchos cuadros de Frida Khalo es presentarlos con su marco incluido, de tal manera que la realidad interna de la pintura construye su propio espacio y se expone desde ambientes donde lo sórdido va de la mano de los cientos de enigmas. Sin embargo, a la expresión de sufrimiento que se desarrolla en el cuadro hay que agregarle los tonos que Frida Khalo utiliza en la mayoría de sus obras. Me parece que sus colores y formas se encuentran más cercanos al sentir a flor de piel que a la pintura real. Contemplen ustedes cada uno de los detalles. Es como si al regresar del trabajo cruzáramos el patio de la vecindad y tras percatarnos de unos cuantos “ruiditos” nos asomáramos a la ventana del vecino. Sabíamos que de unos días a la fecha la cosa iba por mal camino: gritos, trastos quebrados en cualquier cabeza (y cualquiera era la del vecino), pero de eso a “unos cuantos piquetitos” nos parece una exageración. Que hoy en día nos presentaran una imagen así. Y el terapeuta del principio no saltaría por la ventana, sino que sacaría una AK47 de debajo del diván y nos diría que a “unos cuantos piquetitos” él le pone “unos cuantos balacitos”. En fin, las cosas serían diferentes. Cuestión de tiempos, sin duda, y el nuestro, queramos o no, es de los más horrorosos.

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