Henry James: la soledad escénica de la noche

POR Gabriel Ríos
De alguna manera es la composición de la novela que administra una especie de ironía o mordacidad de la mujer que ha perdido el control e intenta dejar a cada momento el desorden del mundo, forjándose uno muy reducido, donde habita y desde el que elimina a los demás
Henry James (bibliotecadeamaranta.blogspot.com)
En el libro Otra vuelta de tuerca de Henry James, la protagonista intenta con todas sus fuerzas sacar a la bestia de su capullo. Convencido el autor de Los papeles de Aspern de que la frustración ocupa un lugar importante en la vida de muchas almas, se refiere a su heroína como a una persona que no se ha convencido de la ventaja de estar viva. La describe como una inválida que le resulta imposible comunicarse con el misterio de la convivencia: la soledad escénica de la noche.
En otro contexto ella uniría su vida, mediante una oración. Así es como cree que influye en los demás actores del drama. Lo explica mejor el hermano de Henry, el psicólogo y filósofo William James, en el capítulo donde critica a la santidad, en su libro Las variedades de la experiencia religiosa.

Dice algo así como que una persona con excitabilidad emocional y poder destructivo es un inhibido que se contrapuntea con un carácter supuestamente enérgico. De hecho es irascible, pero implosiva. Manifiesta impaciencia y al mismo tiempo indeterminación.
Lo que ha ingerido la mujer es una poción de entusiasmo e indignación por el cuidado que les debe a dos niños, a cambio del placer más exquisito, “la fascinación sumada a la crueldad y provocación enquistadas en la esencia de la naturaleza”, palabras de Truman Capote en una entrevista que le hicieron a propósito de The Innocents, adaptación cinematográfica de Otra vuelta de tuerca.
No sé a qué no le temo, dice ella, con tal ligereza, que al tocar “la hebra más extraña” –metáfora usada por Sergio Pitol, traductor de esta pieza memorable—, despierta el pánico de esa mentalidad morbosa que abraza una escala de experiencia amplia.
De alguna manera es la composición de la novela que administra una especie de ironía o mordacidad de la mujer que ha perdido el control e intenta dejar a cada momento el desorden del mundo, forjándose uno muy reducido, donde habita y desde el que elimina a los demás.
Recordemos que ante una petición muy lógica y sencilla del pequeño Miles, acerca de la educación que está recibiendo, la institutriz reacciona e inmediatamente se integra a los relámpagos y fogonazos de algo que se reconoce como excepcional, aunque se sepa que en su totalidad es un veneno degradante que la hace sentirse vil y miserable.
La dama creada por Henry James goza al final de la historia, de acuerdo con la denominación del latín eclesiástico, del “pecado de acedia”, de la melancolía más profunda, y en un intento más por sacar a la bestia de su capullo, presiona y provoca la “muerte” del magnífico texto.