La mamá de las asesinas seriales

POR José Luis Duran King
El 30 de marzo de 1896 un envoltorio flotaba en una de las orillas del río Tamesí. Contenía el cuerpo de una niña de pocos meses. Al ser dragada esa zona del cauce se recuperaron seis cadáveres más de infantes, todos estrangulados con cordones o prendas de vestir
Amelia Dyer (rawjustice.com)
La historia de Amelia Dyer ocurrió durante la mayor descomposición social de la época victoriana. Nacida en 1829 cerca de Bristol, Inglaterra, Dyer fue hija de un zapatero, lo que no fue obstáculo para que la mujer aprendiera a leer y a escribir, algo casi extraordinario en las mujeres de su tiempo; y no sólo eso: desarrolló el gusto por la literatura y la poesía. Es difícil saber si la señorita Dyer estaba en camino de convertirse con los años en otra Mary Shelley o en una Jane Austen. Lo que es un hecho es que su carrera intelectual fue obstaculizada cuando su madre enfermó de tifus, lo que obligó a la joven a permanecer al lado de su progenitora hasta que ésta murió. Una vez pasado este trago amargo, la chica tuvo que echarse a los hombros las labores de la casa.

Años después, mientras estudiaba los principios de la enfermería, Dyer tuvo una hija, aunque se desconoce el nombre del padre. El caso de la maternidad soltera de Amelia no era aislado en Inglaterra. Detrás de las cortinas del conservadurismo a ultranza impuesto por la rubicunda reina Victoria, cientos de historias de pasión tenían como epílogo mujeres sin esposo que debían obtener sus ingresos y para las cuales un hijo resultaba un gran obstáculo. Con las enseñanzas de Ellen Dane, maestra de enfermería de Amelia Dyer, ésta supo sacarle provecho a la situación e ideó un negocio bastante rentable: la adopción de infantes.
Con la ayuda de anuncios colocados en la sección “Miscelánea” de diarios como Bristol Times y Mirror, Dyer solicitaba infantes con mensajes como: “Mujer respetable, casada, busca en adopción niño pequeño”. La desesperación de algunas madres solteras por regalar a sus hijos era tanta que había quienes pagaban a las nodrizas entre 80 y 50 libras esterlinas a quien se hiciera cargo de su producto. Se sabe que Dyer –o “Señora Harding” o “Señora Thomas”, como también se hacía llamar— “adoptaba” niños hasta por 10 libras. Hubo madres que le propusieron continuar aportando dinero para garantizar que sus hijos fueran bien cuidados, a lo que la respetable dama se negaba, aduciendo que ella se encargaba de todo lo concerniente a su nuevo crío.
El Tamesí revela sus secretos
(suite101.com)
El 30 de marzo de 1896 un pequeño envoltorio flotaba en una de las orillas del río Tamesí. Contenía el cuerpo de una niña de pocos meses, que la policía identificó como Helena Fry. Al ser dragada esa zona del cauce se recuperaron seis cadáveres más de infantes, todos estrangulados con cordones o prendas de vestir.
Tras analizar exhaustivamente la cobija de Helena Fry, los peritos identificaron el nombre de “Señora Thomas”, lo que condujo a la detención de Amelia Dyer, una mujer adicta al láudano que ya había sido aprehendida un par de años antes como sospechosa del asesinato de varios niños, pero a la que entonces no se le comprobó algo y que después de seis meses quedó en libertad.
Las investigaciones incluyeron el registro del domicilio de Amelia Dyer. La policía entró en pánico conforme avanzaban las pesquisas. Además de que la sospechosa mudaba constantemente de casa como de nombre, los investigadores hallaron información que vinculaba a la mujer con casi 400 desapariciones de niños. ¿Dónde estaban?
De acuerdo con la confesión de la hija de Dyer, que inicialmente fue sospechosa de complicidad, cuando su madre inauguró una guardería para hijos de madres solteras, para mantener a los menores dormidos y sin demanda de comida, éstos eran drogados con láudano. Conforme las víctimas fatales aumentaron, Amelia Dyer falsificó certificados médicos en los que se apuntaba que las pequeñas víctimas habían fallecido por circunstancias ajenas a la falta de alimento.
Más adelante, la señora Dyer prefirió cobrar por adopción total. En cuanto recibía el pago y llegaba a su casa, los menores eran estrangulados y arrojados al Tamesí.
Cuatro horas y media duró la deliberación del jurado en torno al caso. La defensa intentó alegar que a causa de la ingesta del láudano su cliente padecía de sus facultades mentales. Fue inútil. Cuando los miembros del jurado ocuparon nuevamente sus lugares traían consigo el veredicto de culpable de dos homicidios, por lo que la mujer debía ser colgada hasta morir. La orden se cumplió el 10 de junio de 1896.
Después de ser ejecutada hubo sospechas de si Dyer no fue el enigmático Jack el Destripador, pues se presumió que atendió mal los partos de las cinco prostitutas desentrañadas en Whitechappel.