Peter Sloterdijk: el arte de mantenerse pequeño

POR Gabriel Ríos
Si en la candidez de los tiempos que vivimos refulge como nunca el individualismo, la luz del gran cronista de la historia y la filosofía seduce, se afinca en el artificio, en la exigencia suprema que se antoja golpeadora
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Peter Sloterdijk ensaya en el libro Crítica de la razón cínica la doctrina concebida por Diógenes Laercio, el filósofo de la pantomima, que en vez de palabras, evacuaba sus necesidades en el ágora ateniense. Confronta su discurso con el de los modernos políticos, burgueses de Estado, necesitados de bibliotecas monumentales.
En su espectacular obra, Sloterdijk suscita un drama alrededor de la ascesis. Escribe de la relación que se da entre autores y lectores, del desgastante ardid de responder con preguntas –curiosamente en el claro del bosque, propiedad privada de Heidegger—, en el entorno de los criaderos de hombres, en particular, de aquellos preocupados por la existencia. Pone en entredicho al autor de El ser y el tiempo, pero también reconoce su trivialidad es objeto de teorías.

Si en la candidez de los tiempos que vivimos refulge como nunca el individualismo, la luz del gran cronista de la historia y la filosofía seduce, se afinca en el artificio, en la exigencia suprema que se antoja golpeadora; Peter Sloterdijk expulsa a la más grotesca de las definiciones de la política, la que se refiere a la disciplina que trata de los rebaños de seres pedestres.
El autor de Crítica de la razón cínicanos muestra a un Platón que habla sin cansarse de la urdimbre elaborada por guerreros y sabios, que se reduce a la palabra reproducción. De los sabios, asegura Sloterdijk, podríamos desempolvar su legado, si tan sólo supiéramos el por qué.
En el desarrollo de otro texto, Normas para el parque humano, Sloterdijk dice que la filosofía ha reclutado desde siempre a sus adeptos, escribiendo de manera contagiosa del amor y la amistad; explica que los humanismos nacionales, amigos de la lectura, vivieron su momento de esplendor, del siglo XVIII hasta los inicios del siglo XXI, en el cuerpo de bibliófilos radicalizados, publicistas de tiernos afectos e ilusas exaltaciones melancólicas.
En el libro En el mismo barco se refiere a los grupos prehistóricos, como islas sociales, pues han sido extraídas como esferas. Menciona a Dieter Claessens, que con su metáfora de la horda –la incubadora—, infiere un pensamiento de intuición y concepto.
El arte de mantenerse pequeño, mediante la política de emigración, lo destaca Sloterdijk, en Crítica de la razón cínica: recuerda una historia de la poeta japonesa Yoko Tawada, a quien le fue contada una fábula por su abuela: del mundo donde los hombres todavía sufrían de extrema pobreza, y a veces sucedía que las madres mataban a sus hijos recién nacidos, y que con cada muerte, se fabricaba un kokeshi, que significaba desaparecer un niño para que los hombres jamás olvidaran que habían sobrevivido a costa de los pequeños.
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Una variedad de diferendos aparecidos en algunos textos de Sloterdijk nos regalan un océano de psicosis simplificadoras, resueltas en lo lingüístico y sedentario, como en la tercera parte de Así habló Zaratustra de Nietzsche. En esos parajes es cuando salen a escena eremitas, monjes y ascetas, gente que concede más valor a la pertenencia recíproca, entre el hombre y el mundo, las estrellas, desierto y Dios. En ese sentido, describe el  autor del monumento editorial Esferas, el espíritu de la época moderna, que se nos ha metido en la carne, en el cuerpo.
En el museo montado por Sloterdijk, brilla el antecesor de Nietzsche, Diógenes, que con su pobreza, compraba su libertad. Con atingencia escribía anécdotas de un ratón almizclero.
De hecho, Peter Sloterdijk, persigue en El pensador en escena. El materialismo de Nietzsche, la figura de macho cabrío sumido en una meditación post-orgiástica, la forma plebeya de la grandeza, que no muere a causa de la inmediatez. Nietzsche, asume Sloterdijk en el Pensador…, es un clásico de la filosofía y el arte, y vuelve a tener actualidad, porque simplemente es débil como cualquiera de nosotros.
Enorme es la contribución de Sloterdijk en dicho volumen, donde se define la metafísica de Nietzsche, a veces con la carga de un pesimismo heroico, que nace y muere como un ser vivo, absolutamente seguro de su renacimiento. Lo que Nietzsche lleva a la arena, se explica, no es tanto el triunfo de lo dionisiaco sino la articulación, simbolización y representación. Comenta que Nietzsche es partidario de toda energía de resistencia apolínea, por lo que podría pasar otra vez a la historia como el demoledor libertario de los valores ideales.
Exagerada puede parecer la controversia generada por Sloterdijk, pero lo que sí es un hecho es su puntería al referirse en Crítica de la razón cínica a la Iglesia católica como la ideología más hipócrita que ha visto el mundo; que incluso en estos días mantiene su perverso pacto con las potencias centrales estatales, tal y como lo hizo con el imperio romano en occidente, con el feudalismo del norte de Europa y con el absolutismo de los siglos XVII y XVIII.
Confiesa el pensador alemán que la crítica vive días oscuros. En su gran ejercicio sobre la estructura y dinámica de fenómenos consecuentes con el tema abordado aquí, el cinismo, demuestra cómo los sujetos que se han vuelto al mismo tiempo duros y hábiles en sus precisiones de lucha existencial y social no han dudado en renegar de la cultura.