Seudónimo Quincey (Cuarta parte)

POR Óscar Garduño Nájera
En las redes sociales aprendes que la vida es entrar y salir, entrar y salir. Y en los hoteles de paso lo que cuenta es la temporalidad, cuánto mantienes la verga erecta, cuánto tardas en eyacular, cuánto gritan los dos y pueblan de sonidos un lugar por demás desagradable
(hotel-garage.com.mx)
Apesta a todo lo que puede apestar un lugar así. Cuando entras, intentas reconocer los olores de cualquier cosa que se esté pudriendo. Conforme avanzas y te sumerges en las penumbras de cualquier pasillo te das por vencido. Los olores terminan superándote y te confiesas imbécil de olfato, atontado frente al ejército de porquería. Tal vez a semen embarrado en el cuerpo de cualquier mujer. Basta eso: embarrarlo. A ropa interior que no sea blanca, de texturas corrientes y resorte largo y duradero, como el de las recamareras que se les ve cuando se agachan. Pero entras. Es fácil. Hay un letrero que pende en lo alto. HOTEL. Fue la última referencia que le hice a la mujer.

Sí, un, un…
El teclado de mi computadora parecía temblar. Me detuve un momento y observé la pantalla. Dos solicitudes de amistad, cuatro me gusta y cinco notificaciones. La vida se puede componer de eso. Sucede que cuando no tienes “me gusta” agonizas, y cuando te borran o te bloquean falleces. No es coincidencia que el color que predomina en el Facebook sea el azul, azul cielo de preferencia, divinidad electrónica que te aturde, te maldice, pero también te salva: nuestro mejor Cristo redentor. Entonces temblé. Temblaron mis piernas, mis brazos, mis labios. Un miedo se comenzó a apoderar de mí. Chingao, estoy frente a una puta pantalla y no puedo escribir la palabra HOTEL.
Un, un, un…
¡Imbécil!, se me ocurrió poner un emoticón de vergüenza. Rostros diminutos que interpretan nuestros sentimientos y emociones y que consiguen expresarse por nosotros en un mundo donde sólo cuenta la rapidez con que lo pongas.
¿A un hotel?
No lo podía creer. Una estúpida niña de 19 años me ganaba la palabra de la boca: desenfundó su teclado, movió los dedos más rápido, en nuestro lejano oeste ella disparó primero y sólo atiné a decir que sí, eso, a un hotel.
Luego seguimos la plática. Estupideces. Preguntas de interrogatorio policiaco. Tonterías que a ningún idiota se le ocurriría preguntar de frente. Color favorito. Comida favorita. Música favorita. En todo mentí. Siempre que me pongo nervioso lo hago. Como cuando estoy frente a las bestias indomables. El día. ¿Es tan difícil acordar un jodido día en tu vida?, si siempre tienes compromisos, si te inventas a los prisioneros de tu tiempo, para qué sigues de pie: una máquina tendrá más distracciones que tú cuando le cambien el aceite, cuando la ajusten, y eso lo deberías de saber antes de que te entierren. En fin. Acordamos el día, la hora.
(guiahotelesdepaso.com)
Porquería. Y al empujar la puerta metálica pisas una alfombra roja bajo la cual seguramente se esconde más porquería. Y olores. Desagradables la mayoría. Y una anciana que hace de falsa recamarera se mueve al fondo. La miró, sorprendido. No lo puedo creer. Está convulsionándose y lo hace de pie. Alborota todo su pobre cuerpo. Escucho un ruido antes de avisar al encargado. Desodorante. Sostiene un bote de desodorante en su escuálido y escurridizo brazo. Lo agita. Toda ella es una mariposa muerta colgada de un desodorante. Es la primera persona que me resulta agradable. Un amor.
—¿Para salir hoy?
El encargado: pantalón café y guayabera. Vientre abultado y desparramado a los lados de una silla que se admira pequeñísima bajo semejante trasero. Tez clara y brazos velludos. Cuando habla son palmeras que se escurren por la piel. Repite. Piensa que soy idiota.
—¿Para salir hoy?
En las redes sociales aprendes que la vida es entrar y salir, entrar y salir. Y en los hoteles de paso lo que cuenta es la temporalidad, cuánto mantienes la verga erecta, cuánto tardas en eyacular, cuánto gritan los dos y pueblan de sonidos un lugar por demás desagradable. Tiempo. Digo que para salir hoy. Será rápido. Lo he planeado. Pongo un billete. Me da el cambio y una llave junto con un llavero de madera donde viene pintado el número del cuarto: 13.
—Segundo piso, mano derecha.
Subo por unas escaleras que de ser posible las imaginaría en un castillo del horror. Incluso con las paredes blancas. Incluso con las plantas donde colillas de cigarros danzan. Silencio. Ruiditos lejanos. Música ranchera. Llego al piso. Volteo. Un largo pasillo con puertas multiplicadas en lo absurdo de la igualdad. La única diferencia es que unas están abiertas. Camino. Recamareras hacen la limpieza. Limpian con asquerosos trapos el espejo de un tocador. También su imagen se multiplica junto con el desorden de las cobijas y las sábanas. Gruesas cortinas plastificadas abiertas frente a un sol que parece de invierno. Una recamarera sale sorpresivamente de una habitación, choca conmigo, lleva una cubeta de agua gris en las manos, pide perdón y se aleja mientras volteo a admirar un gordo trasero semejante al del encargado. Todos los que trabajan en hoteles de paso tienen traseros gordos.
Y sigo. 10 cerrada. 11 abierta. 12: se escuchan gemidos dentro. Los mismos de siempre. Tras multiplicarnos en nuestro propio espejo, multiplicamos los vicios. Fumamos de la misma manera. Cogemos de la misma manera. Y hacemos los mismos ruiditos cuando creemos ser originales en la cama, cuando creemos que coger es abrir las piernas, recargar nuestro peso sobre alguien que más pronto nos dirá te odio a te quiero. Toda una mierda. Habitación 13. Entro y enciendo la luz. Resta esperar. Esperar a que un vientre gelatinoso por fin se abra cuando llegue ella.