Seudónimo Quincey (Parte 3)

POR Óscar Garduño Nájera
Dos mujeres pendulan bajo el roble, acurrucadas apenas por el sol. Como rehiletes de carne que en vez de girar chocan entre sí. A una distancia prudente ladran los perros, siguen el movimiento, bajan la cola. Luego uno de ellos da vueltas, gira y gira. Comportamiento raro la de estos perros
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Dos mujeres, dos. Apariciones, dijeron primero. Eso. Total: una falsa costumbre a la que le atribuyen poderes maléficos. Hacen la cruz: se piensa en el diablo. Anda por aquí. Secó las tierras. Mató a los animales. ¿Qué sigue? De entre cientos de pueblos, vino a escoger este en medio de la nada para aventar su semillero. Luego se fue. Corrimos con suerte. Pero las dejó a ellas: dos mujeres, dos. Sus hijas o sus amantes. Vaya usted a saber. Aquí todavía huele a diablo.

Nadie atina a saber nada. De los chismes, sí. Algunos dicen que fue en la época de los huarachudos. Así llaman a los revolucionarios. Luego les da risa. Voltean hacia abajo y ven que ellos también calzan huaraches. De algún coronel a caballo. Los venía persiguiendo a los huarachudos desde hace varios días. Eran sus amantes las dos mujeres. Montadas en distintos caballos. Cabalgaban a su lado. Estos hombres siempre terminan por fastidiarse. Se parecen a muchos de aquí. Ordenó a un soldado que las ahorcara en el roble. Ahí es donde se aparecen. Se desprenden del follaje. Muchos aquí cierran los ojos en las hamacas e imaginan la escena mientras se columpian. Los rostros horrorizados cuando escuchan las palabras del coronel. Era una orden. Y siempre se deben de cumplir. Jaloneos y gritos. Tal vez pedían perdón por algo. Un hijo, mal sexo, mala comida, qué sé yo. Luego la cuerda. El soldado echa el cabello de ellas hacia atrás para meterla. Una vez finalizada la orden, a escondidas se huele la mano. Un aroma agradable mezclado con olor a tierra. Ya está. Dos mujeres, dos, pendulan bajo el roble, acurrucadas apenas por el maldito sol. Como rehiletes de carne que en vez de girar chocan entre sí. A una distancia prudente, ladran los perros, siguen el movimiento, bajan la cola. Luego uno de ellos da vueltas, gira y gira. Comportamiento raro la de estos perros.
Las tropas dejan el pueblo. Ahora es uno fantasma. Los primeros en salir lo hacen de prisa. Hay que darles alcance a los huarachudos. Ahí va el coronel. A los hombres les gusta pensar que al pasar frente a los cuerpos de las mujeres les dedicó algún amoroso pensamiento. Una caricia de esas que suelen hacerse con los recuerdos. Otros aseguran que sacó su pistola y vació la carga. Balas y caricias. No hay mucho parecido. Los soldados ni siquiera voltearon a ver los cuerpos. Tan acostumbrados estaban a que el coronel colgara mujeres. Y ahí dos mujeres, dos. Se acuerdan del diablo: hacen la cruz.
Sucede casi siempre de noche en el pueblo. Y a altas horas. Justo cuando las calles se hunden en el silencio apenas resquebrajado por los ladridos de los perros. Ninguno de ellos gira mientras lo hace. Eso se podría considerar locura canina. También por los ruiditos que hace algún borracho que a duras penas intenta llegar a casa. Y fue uno de ellos precisamente. Las dos mujeres se le aparecieron tras beber con su compadre. Esa ocasión ya era de madrugada. En el cielo rasgado aparecían los primeros destellos del amanecer. Antes de salir, su compadre insistió: quédate, ahorita pongo una sábana en el sillón, que no está viejo, chingao, se hizo de lado pa’ cambiar de forma, nada más, quédate, pa’ qué te vas, ah, qué pinche compadre tan necio, si por eso te dejó la Amalia. Bastó que mencionara ese nombre. Ebrio silencio y salió a la oscura calle. Incluso cuando no había bebido tanto, sintió el cuerpo adormecido. Cada uno de sus movimientos los hacía de manera torpe: una cámara lenta en la pantalla de un televisor descompuesto. Al llegar a la esquina dudó: mejor si hubiera aceptado. Pero su compadredijo Amalia, no se vale. Aunque igual, ya temprano, hasta desayunaba chilaquiles.
Bajo una grandísima luna volvió a caminar. Aunque no era la primera vez que regresaba a su casa a esas horas, qué extraño le parecía el pueblo vacío. Sus calles empedradas. El ruinoso quiosco. La pequeña iglesia dorada. Y el roble con sus ramas erigidas señalando al cielo. Emiliano se llama este hombre.
Emiliano estaba seguro que se iba a morir de alcohol. O de soledad. También de recordar a Amalia (pinche compadre). De soñar con ella. Insistente. Unas veces viva. Otras muerta. Con los ojos en blanco. La boca abierta. Enterrada en cualquier desierto. Entre víboras. Enterrada. Mejor viva. Parece que el alcohol desata los recuerdos, los confronta. Una caricia a Amalia con un recuerdo. Y casi se va de bruces cuando tropieza con una piedra que han dejado los niños como portería en una ficticia cancha donde el marcador arrojó un horroroso empate. Harían justicia los tantos y tantos reclamos de su esposa.
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Entonces sucedió. Caminar pausado. Casi flotan por sobre las piedritas. Dos mujeres. Borrosa la imagen. Emiliano: es el alcohol. Emiliano: regrésate mejor a casa de tu compadre. Pero Amelia. Se queda ahí: una mirada que intenta fijarse en las dos mujeres que vienen de frente. Tomadas de las manos. ¿Son conocidas? Escuchó que la Teresa tenía sus amoríos con la Josefa, pero… ¿tan de tarde? Se queda ahí. Y pasan frente a él a unos cuantos metros. Moriría de alcohol, y como cierre memorable moriría tras ver a dos mujeres, dos. Una chinga. Y sí, estaba Emiliano aterrado.
Pero no sobrio. Entonces, en medio de los pensamientos aturdidos, del Amalia, Amalia, Amalia, desierto y sonido de cascabel de mortíferas víboras, dijo que al menos se acercaría para ver qué tal estaban de cuerpo. Pensó en las tetas de la Teresa. En el sexo bien plantado y hasta abultado de la Josefa. Eso, las formas y la carne. Quién sabe cómo, pero agarró fuerzas y trastabillando echó a andar tras de ellas. Ahí va Emiliano: un trazar líneas imprecisas sobre las piedritas.
Dio un paso más, cortito, claro, y tocó algo durísimo. Si se trataba de la pantorrilla de la Josefa, ésta debería jugar como defensa en algún equipo de futbol. Se sintió intranquilo. Con todas sus ganas, pidió a Dios y a cuantos santos se le vinieran a la mente que en ese instante su borrachera se esfumara, temía hacer el ridículo cuando al fin se decidiera a tocarle las nalgas a la Teresa. Nada. En cuanto consiguió abrir los ojos, mientras lentamente estiraba el brazo, una banca del quiosco salió a su encuentro. Se dio por vencido y pasó lo que restaba de la noche ahí, no sin antes hacer una cruz. Juró que alrededor olía a diablo.