Seudónimo Quincey (Quinta parte)

POR Óscar Garduño
La voz de Jacinto se torna insistente, molesta. Justo interrumpe ahora sí el armado perfecto del puzzle cuando finaliza su frase, sofocado. … muerta, muerta…Y parece que la palabra se alarga: muerta, muerta…
(es.wikipedia.org)
Detrás de unos abultados matorrales que abanican la sequedad insolente del lugar. Apagados y tristes. Todo alrededor así lo parece. Diminutas ramas entrelazadas bajo un cielo azulísimo. Ahí está: la mujer permanece agachada y se esconde de los inclementes rayos del sol. Buen remedio encontró ahora que pasa la peor época del verano. Aunque quién sabe si tan efectivo: la tierra también arde y no es remedio pegar rostro y pecho contra ella. Luego, sorpresivamente, serpentean las víboras. En una de ésas te agachas, escondes el rostro tras de las ramitas y sientes la infeliz mordida. Aparte del calor sofocante, veneno. Y luego cómo regresas al lado de tu papá.

Pero la mujer no está agachada: está acostada boca abajo sobre la tierra caliente. Inmóvil. Con los brazos abiertos cual si fuese un ángel que se prepara para despegar (alas deja en la tierra). Por entre las ramitas de los matorrales, machacando varias de ellas, asoman unas piernas. También una falda a las rodillas. A cuadritos café. Parecida a la que utilizan en el uniforme de algunas secundarias. O a las que vende el gordo Quixihuitl en el único mercado. Si le insistes, igual y te deja la falda más barata. Eso con tal de que tu hija tenga el uniforme completo. Aunque de nada sirve: la secundaria más cercana se encuentra a muchos kilómetros de distancia. Pero el solo hecho de acudir al puesto del gordo, insistir en el precio, comprar la falda, alimenta las esperanzas de cualquier muchacha. Luego pasa el tiempo, la falda se gasta de tantas puestas y regresan a comprar una nueva. Entonces llega un momento en que la propietaria de la falda tiene que buscar trabajo… se gastan las esperanzas.
Pero si la mujer no está agachada sino acostada, ¿qué demonios hace en ese lugar, bajo la pertinaz lluvia del sol que humedece su piel morena? Un poco arriba de las rodillas la falda a cuadritos: telón que se abre para dar paso a unos tobillos donde aparecen raspones, caminos de sangre seca, moretones como cuarteaduras. Tras de las hojitas secas. En los matorrales.
Fue un sábado. Ese día, desde temprano, comerciantes llegan a ofrecer distintos tipos de mercancía a la plaza del pueblo. Montan puestos metálicos. Mientras lo hacen, les da por la silbada; otros optan por dejar encendido el radio de pilas del gordo Quixihuitl, incluso cuando la recepción de la señal siempre falla y las canciones se cortan al inicio o a la mitad. Cualquier mano cercana se percata de ello y cambia de estación. Con suerte y encuentran en otra estación la parte faltante. Y la unen. Puzzlede canciones. También intercambian saludos y opiniones. Acerca del clima. De los precios de las mercancías (siempre es bueno comparar). De la calidad. De las promociones (aquí no hay sábados de descuentos ni esas cosas). También de la familia. Tal es la confianza que se tienen luego de vender codo a codo durante tantos años. Del hijo que está por concluir la primaria (luego se verá qué hacer con él). De la hija que está por celebrar sus quince años. Del abuelo con la memoria muerta (ya ni de su nombre se…). Y de tantas y tantas cosas más. Hablan. Alboroto de palabras entrelazadas. Y de entre las palabras, repentinamente…
(www1.rionegro.com.ar)
Habla el papá de la quinceañera: la fiesta será en el centro comunitario. Muchas personas. Mariachis también. A ustedes les doy acá la invitación. Soba su voluminoso vientre, entrelaza sus manos arriba de él. Comida: adobo con arroz rojo viene bien. Aunque antes un spaghetti. Como si no fueran tragones. De eso ni hablar: tequilita y cervezas. Presume de conseguir una marca que nadie conoce. El problema del pastel: en este pueblo dejado de la mano de Dios no hay pastelerías. Es lo de menos: se puede encargar. Con su nombre en grande. Letras rosas. Y una muñecota con su vestido. Que parezca que baila su vals. Bracitos de merengue.
—Esa no es la mitad de la canción…
Suena una distinta. Suspiros. Qué se le va a hacer. Han esperado mucho para que la otra mitad aparezca de entre tantas estaciones y nada. Y la que suena ni siquiera consigue el consenso necesario. Cualquier porquería de canción.
Aparece una voz distinta. Es la de Jacinto. Corre a lo lejos, se acerca a los puestos, justo por donde comienza el mercado (si es que tiene un comienzo). Entrado en sus catorce años. Delgadísimo y alto. Al correr parece la delgada línea de una sombra viviente. Fleco de cabello graso y oscuro cae sobre su mirada: ojos alegres que aparecen por entre las persianas de pelos. Van de un lado a otro conforme su voz se hace presente. Pero…
Nadie escucha a Jacinto. ¿Qué demonios puede gritar un muchacho de catorce años? Además, el gordo Quixihuitl se la tiene sentenciada desde que se enteró que se ve a escondidas con Andrea, su hija, muchacha ésta de la misma edad. Dijo su hija:
—Quiero que Jacinto sea mi chambelán.
Se opuso. Ningún hijo de un borracho iba a bailar con su adorada Andrea. Pero la decisión estaba tomada.
La voz de Jacinto se torna insistente, molesta. Justo interrumpe ahora sí el armado perfecto del puzzle cuando finaliza su frase, sofocado.
… muerta, muerta…
Y parece que la palabra se alarga: muerta, muerta…
Que tal palabra venga en femenino no es costumbre en el pueblo. Más allá de las dos mujeres que se les aparecen a algunos. Dicen que ahorcadas por órdenes de un coronel: perseguían huarachudos. Luego se ven los pies. Risas.
… muerta.
Se prolonga el sonido de la palabra. Un muerto es un muerto. Pero una muerta es distinto. Al menos en este pueblo. Que tal o cual mujer fue golpeada por su marido lo celebran. Ahí, en la cantina. Ocupan la mesa del marido para enterarse de los detalles. Para que los demás los memoricen y los pongan en práctica cuando tracen en sus esposas su propia historia. Y tengan algo que contar. Salir del aburrimiento. Pero muertas… bueno, de viejas o de enfermas. Eso da tranquilidad.
Se miran contrariados. La mano que busca la estación queda suspendida. Apaga el radio. Fin del puzzle. Entonces Jacinto tartamudea un nombre, le llora… eso: le llora a las sílabas y las sílabas duelen.
Y el gordo Quixihuitl cae de rodillas con sus más de noventa kilos.