Cómo apaciguar los celos del demonio

POR Gabriel Ríos
En su ensayo La decadencia del analfabetismo, Bergamín escribe con hermetismo de la voz; habla de los infantes que persiguen palomas en los parques, por miedo a que fuesen ángeles
(Antonio Suárez, elfrancotiradormiope.blogspot.com)
Podemos mentir o decir verdades a medias para apaciguar los celos del demonio. Por eso os digo –expresaba José Bergamín en una charla de los años 70—, que he pecado. Mencionaba a los cristadelfos o escuchaba a Bergson; quizá lo concerniente al desorden espiritual de personas dulces que cantan la voz divina. Fue un poeta que escribía teatro y ensayos aforísticos, tales como La importancia del demonio, el mismo que pertenece, y no, al mundo de la conciencia.

Para el escritor español no querer mirar la figura angélica de la poesía eterna es saberse derrotado a causa de las supersticiones de la ciencia de la moral, de la voluntad de la sombra brillante. Lo inefable de esa proyección lo hace parecerse tanto a Tertuliano, que de la misma manera combatía la gnosis de su tiempo. Tal parece que lo vemos, metido en el cuerpo del converso, invocando el testimonio de su mundo, corroborando conceptos del catolicismo.
Algunos lacanianos abrevan en el fluir de la obra de Bergamín, sin extrañarse de la mascarada sufrida hace tiempo. En las circunstancias actuales no existe dispendio ni siquiera un leve concepto de duelo, aunque se reproduzca una crónica ampliada de la diatriba tan gastada del conocimiento ensimismado.
El compromiso que asume Bergamín es el de probarse como niño, en la bienaventuranza de juego con los dioses; en la conjunción del amor y el combate.
Sin embargo, dudamos del asunto, aunque las lecturas nos hayan concedido la gracia eterna y la fuerza del Creador que se ha entregado al sentir del pueblo.
Al reponernos del monólogo, destrabando la vida, consideramos el orden lógico y aspiramos, con ironía, a que todo mundo entienda con resentimiento y suprema discordancia, incluso, que se autogeneren héroes de la deconstrucción.
En su ensayo La decadencia del analfabetismo, Bergamín escribe con hermetismo de la voz; habla de los infantes que persiguen palomas en los parques, por miedo a que fuesen ángeles: de la confabulación, pasamos sin medirlo, al sueño de Orígenes –el gran erudito de la Iglesia antigua—, que en su extraversión expresa involuntariamente su desarraigo sexual. Esa castración, pensaba Jung, sería la expresión adecuada del sacrificio de la función más valiosa.
Adán y Eva, por Tiziano (bahairants.com)
Despertamos sin dejarnos eclipsar por el contrasentido. El bienestar del nómada nos abriga con su tacto sonoro y equilibrio espacial. Habría que naufragar para tener sentido común; al repasar la prosa de Bergamín se clarifica la frase “lo demás es silencio”, que se ha usado como emergencia.
Se dice que la vida es la muerte y cuando la perdemos de vista entramos al infierno conformado por la culpa. Tiziano, en su cuadro Adán y Eva, asienta Bergamín, se alzó con la victoria al borrar los cuerpos humanos del demonio.
La posición natural de José Bergamín produce un sentimiento estético muy parecido al ocurrido en la antigua Roma. De ahí que al florecer todos los cultos posibles e imposibles, no falten, por supuesto, los teóricos que aspiran a la vida desde la cuna con la ciencia, o los que recurren a la cosmogonía y excogitan numerosos sistemas que demuestran que todo lo que ha pasado en estos 2 mil años es la misma fuente de las molestias consecuentes para la humanidad.
La ternura ejercida en los dos textos compete a un sistema que sólo sabios como el mismo Jung pudo llegar a esclarecer. Echemos un vistazo al estudio que hace de la transubstanciación, en el marco de la historia de la humanidad y del cristianismo. Del abad Pascasio Radberto, quien concreta en la hostia y el vino, la carne y la sangre de Cristo; fija su atención en el discurso de Abelardo y su tentativa de unificación, y llega a discernir los puntos de vista de Freud y Adler, quienes resumieron impulsos elementales e intenciones del yo.
Bergamín se fascina como lo hacía Lutero, por la impresión sensorial; sin dejar desaparecer a la palabra, le confería al rito, la transmisión de la gracia. En sentido estricto el ensayo fue para él, además de género literario, la defensa del espíritu de una comunidad que grita desde el fondo de su corazón. El autor de Los filólogos nos pregunta si queremos caricaturizarnos aún más o preferimos regresar al sabor de la leche alba, a los domingos in albis, a la flor de hierba.